Nos acabábamos de mudar desde Itchimbía; mamá había regresado a Italia, tras encargar a mi padrastro el trasteo hasta la nueva casa cerca de La Alameda y del cuidado de mis hermanos y mío. No hacía demasiado desde que inicié el primer curso en el colegio Montúfar, luego del paro nacional de profesores de fines del 93; se me hacía extraño que ahora me llamaran «señor» cuando todavía era un niño de doce años recién cumplidos.
La casa que compraron mis padres, que estaría hipotecada hasta 1998, todavía estaba arrendada por personas cuyos contratos con el dueño anterior aún estaban vigentes, por lo que debimos ocupar una parte del primer piso, único espacio desocupado. Mi pa, mis dos hermanos y yo debimos compartir la misma habitación, en dos literas: toda una barraca de machos. El tercer piso, que sería nuestra morada, no estaría desocupado hasta después de nuestro verano equinoccial, en tanto que en el segundo piso habitaba una familia conformada por la vecina cuyo nombre no recuerdo, a quien solía mirar lavando ropa en el patio del segundo piso; su esposo, cuyo nombre tampoco recuerdo pero que supuestamente era operador o locutor en la ya desaparecida radio Bolívar; un perro pastor alemán llamado Dinky y finalmente los hermanos: Gianni y Dimitri, y las hermanas, Priscila y Krupskaya. Kaya era la mayor de ellos.
Más alta que yo (tendría entonces quince años), su rostro me recordaba al de Irán Castillo, la actriz que interpretaba a Cecilia en Agujetas de Color de Rosa. Era una chica muy bonita, de nombre muy peculiar y ojos de miel con cereal, y parecía tener el carácter liviano. Priscila, menor que ella, tampoco estaba mal; tenía un novio que solía venir a verla, ataviado con la moda de esos años, con una camisa que parecía de pakistaní y un chaleco. Mi hermano mayor, apuesto pero sobre todo muy seguro de sí mismo, no tardó en desplazar al galán noventero del corazón de Priscila.
A mi padrastro no le agradaba que fraternizáramos tanto con ellos, debido a la cuestión de arrendadores y arrendatarios; de todos modos, terminado el contrato con el dueño anterior se irían. Por supuesto, a los doce años no piensas demasiado en aquellas cosas y nos hicimos amigos de todos modos. En una ocasión nos pusimos a asar un pollo en la terraza, cuando por fin pudimos pasar a ella; seguro más de un vecino se asustó por el humo. En otra ocasión jugamos verdad o desafío. Ya en vacaciones, el patio de nuestra antigua escuela solía abrir para que los chicos del barrio jueguen al básquet o al fútbol, debido a que en el sector no había canchas cercanas. Cuando finalmente nos pasamos al tercer piso, la Pris y la Kaya nos pasaron café con azúcar a través de un vaso con una cuerda, desde las ventanas de nuestras cocinas.
Desde luego, jamás tendría una oportunidad con Krupskaya. Con mi entonces cuñada, la Pris, asistían al colegio 24 de Mayo. Nunca conocí al novio de la Kaya si es que tenía alguno por esos días, y agradezco que así fuera. Me habría puesto celoso.
Una tarde, en que salimos a buscar sigses para hacer cometas en el potrero de Itchimbía que años después sería convertido en parque, le dije que me sentía triste. Al preguntarme por qué, le respondí que se debía a que me parecía y muy linda y a que lamentaba no ser más grande para preguntarle si podría salir con ella. Luego de sonreír —espero que no por burla— me respondió que no era cierto, que le parecía un niño simpático (allí comprendí que estaba lejos aún de ser un «señor» como me decían en el colegio), y que dentro de no mucho todas las chicas también empezarían a fijarse en mí. «Bah, solo dices eso para que no esté triste», le respondí con alguna lágrima. «Te lo digo de verdad. Es más, un día no te gustará solo una, sino todas las chicas», concluyó, dándome un abrazo.
Unos días antes de empezar segundo curso, ya en octubre del 94, la Kaya y su familia desocuparon el departamento del segundo piso. Mi ñaño me contó que la Pris le contó que se mudarían a la casa de sus abuelos, pero que no sería posible que se llevaran a su perro Dinky con ellos. Sorpresivamente mi padrastro estuvo de acuerdo en que adoptemos al Dinky, pero el perro empezó a raspar la puerta de madera de ingreso a ese piso, y un día le permitió salir. Nunca más supimos de él. Supuse que mi ñaño, antes de terminar con Priscila, le habría contado.
Una tarde, el 12 de julio de 1998, el mismo año en que nuestros padres terminaron de pagar la casa, recibimos una sorprendente visita. Eran Dimitri, Priscila y Krupskaya, quienes vinieron a ver la final del mundial de fútbol, entre Brasil y Francia. Mientras veíamos el partido, todos amontonados en la cama de mi hermano mayor, la Kaya nos contó que se había convertido en madre, y que su hijo, Yoshua, estaba ese día con el papá.
Ese día comprendí que aquella tarde de verano del 94, la Kaya había tenido razón: ahora me gustan todas las mujeres.
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