domingo, 23 de agosto de 2026

Angie

Me escribió hace días, a través del Messenger de Facebook; hacía años que no sabía nada de ella. 
    Luego de retirarme del Montúfar, que junto con el Mejía eran los únicos colegios fiscales masculinos que quedaban en Quito —después de jalarme cuarto curso—, fui a dar a un fiscomisional de Solanda donde repetí el año y posteriormente me pasé a otro cole nacional cercano, el Emilio Uzcátegui. Allí conocí a Santiago, quien me contó que el año pasado había armado una banda de rock con otros compañeros, luego de escucharme cantar un tema de Barón Rojo. Al Santi le gustaba una compañera, Paola, chica nada extraordinaria para mis ojos, pero toda una inspiración para mi nuevo amigo. Sospecho que su empeño con el grupo del que luego me invitó a formar parte, se lo debemos mucho a ella.
    En una ocasión, Paola organizó una fiesta a la que invitó a gran parte del curso; en el Montúfar solo había acudido a una que otra kermés de colegio femenino, por lo que la farra no era precisamente mi fuerte. La casa de la Pao era más grande que la mía y la del Santi, y probablemente de las más grandes que había conocido hasta entonces. También invitó al evento a varias amigas, más guapas que las del Emilio.
    Estaba un poco ebrio ya cuando de pronto, una de esas chicas se me acercó. En el colegio al que fui luego del Montúfar algo aprendí a tratar con ellas; sin embargo, me consideraba muy tímido todavía.
    —Me llamo Angélica.
    —Soy Luca.
    —No pareces argentino y menos italiano… pero qué bonito nombre.
    —Gracias.
    Mientras mi amigo intentaba inútilmente que Paola le parara bola, habíamos repasado ya la mitad de nuestras vidas a pesar de la bulliciosa música de Sandy y Papo y Los Cuentos de la Cripta. Antes de marcharse, le di mi teléfono casi sin ninguna esperanza de volver a verla. Había además otra chica en clase con quien tenía cierta onda, y no quería echarlo a perder.
    Tiempo después y contra mis expectativas, Angélica me llamó. Quedamos en tomar un helado o algo así; volvimos a salir un par de veces. Nos besamos. Hicimos el amor. Del puberto tímido del Montúfar al que nadie paraba bola no quedaba casi nada. Me había convertido en un galán de barrio con el poder de saber qué les gustaba exactamente a las chicas. La pasión me desbordaba por los poros. Sin embargo, también estaba consciente que esa historia sería pasajera, que seguramente para la Angie solo sería un pasatiempo antes de otro man que le gustara más, por lo que solo debía aprovechar el momento, aunque por otro lado también estaba mi compañera, con quien había creado un vínculo especial que simplemente no se podía explicar con palabras, y con quien estábamos ya a un paso de concretar.
    Angie finalmente dejó de llamarme y tampoco la busqué. Mi compañera y yo nos hicimos novios; esos días que fueron apenas un par de meses sucedieron muy lento, tan lento que parecieron años. Dicen que cuando estás solo no se te acercan ni las moscas, pero que cuando ya andas con alguien, te vuelves inexplicablemente atractivo. Angélica me volvió a buscar.
    Nunca fui de piedra y quizás no lo sea hasta que me convierta en polvo, pero decidí echarme otro polvo con Angie. Era una pasión adolescente inefable, que me hacía hervir la sangre. No obstante, así como intenso fue el momento también lo fue el rompimiento de mi corazón, cuando finalmente me redescrubí a mí mismo como novio de alguien y me ganó el cargo de conciencia.
    En enero del año siguiente, agobiado de tanta pasión adulta para la que aún no estaba listo, les pedí a mis padres que me regresaran al colegio fiscomisional dónde aprobé el cuarto curso. Pese al cambio, mi novia y yo seguimos juntos, aunque Angie también me volvió a buscar de vez en cuando. 
    Tras terminar bachillerato, un tiempo después mi novia y yo nos casamos, tuvimos un hijo y años después nos divorciamos. Angie me contó que le ocurrió algo parecido, pero que luego finalmente se empató con alguien más. Todavía luce hermosa en sus fotos de redes sociales, y aún me siento especial cada vez que me habla.