Se llamaba Diego; le pusieron así como homenaje a Diego Maradona, aquel futbolista e ídolo que sus padres empezaron a considerar de barro, tras aquel escándalo de drogas. Ese nombre, sin embargo, crearía en él una admiración que no tardó en denominar conexión con Argentina, país del que se enamoraría durante aquel Mundial donde su tocayo y compatriota platónico marcaría su último gol, que celebró con un primer plano ante la cámara, mostrando sus colmillos cual licántropo excitado para decir «aún estoy aquí», un partido y unos días antes de ser nuevamente acusado de doping.
Unos nacen y otros mueren, unos caen y otros se levantan y en Barcelona, ese puerto que compartía nombre con su equipo preferido de por acá, una nueva estrella ascendería junto con otro milenio y otra época: Lionel Messi, nacido en Rosario, la misma ciudad de Fito Páez. La posta traspasada reviviría en Diego ese inexplicable amor por la albiceleste que en la tierra equinoccial acaso pocos podrían entender.
En Río de Janeiro pudo haber sido la primera; el calor tropical donde le habría gustado cantar junto a la barra «Brasil, decime qué se siente... tener, en casa a tu papá» solo le regaló otro Maracanazo por televisión, tras una nueva victoria alemana. Rusia 2018, donde Francia finalmente reivindicó su derrota en Waterloo, tampoco sería para la tierra del dulce de leche. Catar 2022 sería por fin el pináculo. En Doha, cuando Lionel le dijo a alguien «Andá pa´shá, bobo», Diego volvería a ver esos ojos de hombre lobo que encontró de niño en Diego Armando Maradona. A catorce mil kilómetros de Quito, Diego sería uno de esos extravagantes aficionados que festejaría aquella victoria como propia, en la Plaza Argentina.
Pero Nueva Jersey no sería el cierre con broche de oro. Tras esa nueva victoria frente a Inglaterra, donde Argentina aprovechó para recordarle al mundo que las Malvinas eran parte de su cancha de local, la escaloneta se reventaría cual globo, luego de volar tan alto y tan cerca del sol. El día en que Messi anunció su retiro, Diego sintió, como un pez de agua dulce entre el gran mar de agua salada, que algo de la razón de ser de su vida se apagaba, y que difícilmente volvería estar vivo para mirar otro cometa Halley u otro relevo de postas, como aquel M y M de Sudáfrica, en 2010, cuando un barbudo Diego Maradona, ahora dirigiendo a Argentina como entrenador, le deseara a Messi la misma suerte que tuvo con la blaugrana.