Por acá y en Colombia le decimos todavía camello. En Chile le dicen pega, en Argentina laburo, en España curro. En México y Perú le dicen chamba. La glocalización del dialecto mexicano, al que estamos tan acostumbrados por el doblaje de Dragon Ball y Los Simpson, además del tema musical adaptado con inteligencia artificial y viralizado en internet, «Mi primera chamba», está haciendo que los centennials le digan chamba también.
A mis 19 o 20 años, una casualidad hizo que me reencontrara con Graciela, una chica a quien le gustaba en el colegio, y de quién guardo aún una pequeña tarjeta con la letra de «Patience» de Guns N´ Roses escrita a mano. Me encontraba en cierto lapso incómodo de mi vida: me había retirado de la universidad porque la carrera que había elegido no resultó ser lo que esperaba, y mientras reflexionaba sobre qué mismo estudiar para no volver a meter la pata, decidí buscar empleo. Mi madre dice que trabajó por primera vez a los diez años, cuando escapó de casa de la ogra de mi abuela en Guaranda y se hizo tomar de empleada infantil en un restaurante en Quito; siempre que veíamos un camión de Pílsener se jactaba de haber cargado con su cuerpo de niña aquellas jabas, cuando sus jefes la enviaban a vender cerveza en la Plaza de Toros. Mi padrastro, hombre de campo, trabajó también desde pequeño, acompañando por las madrugadas a sus hermanos a llevar las vacas al potrero y a cultivar y cosechar el fréjol. Tuve la suerte para unos —y la maldición para otros— de no tener que trabajar desde niño; lo más cercano tal vez fue cuando tuvimos una tienda y a mis diez u once años a veces me encargaban el negocio, que probablemente quebró por robarme tantas golosinas.
Ni la Chela ni yo éramos ya esos adolescentes de los noventa, que solían verse cada sábado en el intercolegial de Periodismo. Ella llevaba blusa y traje oscuro. Me preguntó qué había sido de mi vida; le dije que ya era padre y que dentro de nada me convertiría en abuelo. Luego de cagarnos de risa, le dije, al puro estilo de comedia gringa, que «estaba evaluando opciones».
—En el sitio donde trabajo te puedo ayudar, si quieres— propuso, agradable y empoderada a la vez.
—¿En qué estás camellando?
—Trabajo para una funeraria.
—¿Maquillas a los muertos? —no sé por qué me acordé de aquella película, Babycakes, conocida acá como «Caramelos».
—Estúpido, ¿me estás diciendo gorda? ¡Claro que vi esa película que te estás imaginando! —respondió en seguida. —Nah, ¡es joda! No maquillo a los muertos, vendo paquetes funerarios.
—¿Y cómo haces eso?
—En nuestro caso, nos acercamos a la morgue de la Policía y respetuosamente les proponemos a los deudos nuestros servicios. Obviamente debes hallar el tono para hablarles. Haces citas con ellos, y si aceptan alguno de los planes, bingo. ¿Te gustaría intentar?
Luego de darle mi número de celular, que en ese entonces era todavía algo novedoso, le di vueltas al asunto. «¡Bah, solo son muertos! ¡Lo peor que podría pasarme es que me digan que no y ya!»
Al día siguiente, la Chela me dio la dirección de la oficina y bodega de la funeraria. Me recibió una señora, ella sí rechoncha y nada sonriente.
—Me dijo Graciela que está interesado, precisamente buscamos a otro agente. ¿Ya ha tenido experiencia como vendedor?
—Sí, trabajé para una tienda —mentí sereno.
—Y dígame algo, ¿tal vez tiene licencia de conducir? Puede que alguna vez necesitemos llevar una carroza.
En ese instante traté de decir alguna otra mentira, que evidentemente no podría sostener.
—Disculpe, señora, aún no he aprendido a manejar.
—Está bien —respondió afablemente—. El agente anterior nos dijo que sí sabía manejar y resultó que no podía. Bienvenido sea, entonces. Venga mañana para la inducción y a continuación a la morgue.
.........
Mientras iba en el bus de camino a casa, me sentí perturbado. Había conseguido camello, por primera vez. Ganaría mi propia plata; tal vez me vendrían bien unos zapatos nuevos. Mi padrastro me contó que luego de cobrar su primer sueldo acá en Quito, fue lo primero que se compró. Nah, mejor gastaré esos dólares en otra cosa. Podría comprar una guitarra eléctrica; la gente decía (y dice todavía) que un objetivo a corto o mediano plazo siempre es el mejor incentivo para trabajar. Claro, ¡qué mejor incentivo que impedir que tus hijos mueran de hambre! Pero no tenía hijos entonces; aún faltaba mucho para eso.
Al día siguiente, ni bien llegado, la dueña me pegó mi primera puteada.
—Qué, ¿Graciela no le dijo nada? —no entendí a qué se refería; según yo había arribado puntual.
—Son ocho en punto, ¿cuál es el problema?
—Tenía que venir con terno. No puede presentarse así en la morgue.
Tampoco estaba mal vestido; tenía una camiseta blanca polo, un jean azul y zapatillas oscuras. Ese día hacía además un solazo maldito; no comprendía cómo esperaba la señora que esté de traje.
—Bueno, bueno…, recuerde mañana venir al menos con una camisa y corbata, pero tampoco venga como cobrador de bus.
Luego de darme las instrucciones, me dirigí a buscar mi primera venta. Ese día, la morgue de la Policía lucía cual vitrina de trofeos internacionales del Barcelona Sporting Club. Extrañamente, nadie parecía haberse muerto en aquella jornada.
Al día siguiente, llegué con el terno que me hicieron confeccionar un año atrás para caballero de la boda de mi primo. La jefa me dijo que lucía mucho mejor, y que seguro ese día sí lograría una venta. «¡Ni que la muerte dependiera de mi ropa!» pensé casi en voz alta.
En esta ocasión sí me encontré con una ambulancia legal. Casi en seguida llegaron varias personas a la morgue, que no lucían muy bien encaradas. Por un momento pensé que viéndome vestido así, alguna de ellas me robaría. Después llegó otro grupo de personas, de aspecto más amable. Decidí entrar en acción.
—Buenos días, señores. ¿Tal vez son parientes del fallecido que acaba de ingresar?
Nadie contestó, como me sucedería años después, en mi primera cobertura como periodista, cuando el diario me encargó obtener testimonios en el sitio de un accidente de tránsito.
Empezó a llegar más gente. Los nervios me ganaban. Decidí quitarme la leva, que empezó a pesar una tonelada. Esa mañana olvidé ponerme bloqueador solar; el sol, el sudor y la ansiedad me pusieron como un chicle.
—Buen día. ¿Son parientes tal vez del fallecido? —insistí con otro corillo.
—Sí, somos primos de la señora —respondió un hombre, de gafas oscuras. ¿Necesita algo?
—Lamentamos su pérdida. Mi nombre es D…, y represento a la funeraria X. Comprendo que es un momento delicado, pero que precisará de apoyo exequial para el servicio de velatorio y sepelio.
—Me parece que debería hablar con el viudo de la doña o alguno de sus hijos —continuó respetuosamente el de las gafas—. Creo que ingresó con al agente de Judicial. Tal vez si le espera un rato.
Luego de agradecer al sujeto, me acomodé a esperar. En ese instante llegó otro tipo de traje, junto a una señora muy elegante. Supuse de inmediato que serían la competencia. Sin embargo, no se quedaron por mucho. Media hora y algo después, el señor de las gafas me indicó que el viudo salía de la morgue. Era mi momento.
—Buen día, señor, lamento su pérdida. Me presento, soy D…, agente de la…
—¡Lárguense de aquí, mercaderes de la muerte! ¡Ya gestionamos esto además con el Seguro!
La respuesta del hombre me dejó con un nudo en la garganta, que en algún momento me hizo creer que me haría llorar. Y tan aturdido estaba en mis pensamientos, que tardé bastante en enterarme que la señora había muerto de un infarto, tras un asalto. Me di cuenta luego que las personas mal encaradas que vi primero, eran familiares de un preso al que habían acuchillado en el penal García Moreno, cuando ya me repuse e intenté venderles el servicio también, mismo que rechazaron con un parco Dios le pague.
Al día siguiente no regresé a la funeraria. La Chela me llamó al celu tres o cuatro veces. Me dejó incluso un mensaje de voz que preferí no escuchar. Luego, bloqueé su número telefónico y no volvimos a vernos nunca más. Había fracasado en “mi primera chamba”.