Tendríamos quince; ella iba al colegio Quito, en la época que usaban aquel saco rojo que se hizo mundialmente famoso tiempo después en la película Ratas, Ratones, Rateros de Sebastián Cordero —reemplazado luego por su uniforme actual—, y yo iba al Montúfar, que aún conserva esa horrible saco azul del diario que a algún rector se le ocurrió como novedoso mecanismo de control, para evitar que guambras ajenos al plantel se colaran en nuestras aulas. Era 1997, y nuestros colegios todavía eran femenino y masculino.
En el «MH» existían dos tradiciones sonsas: tenías que darte de «piscinazo» (puñetes), al menos por una vez durante toda la secundaria, y nunca, ni por muy desesperado que estuvieras, salir con una chica del Quito, pues quedarías marcado de por vida como bagrero, ya que «un señor Montúfar no podía rebajarse a estar con una del 2001» (una bonita entre dos mil feas... ni que hubiésemos sido guapos, longos adefesios). Podías salir, sí, con chicas del Manuela, Idrobo, Espejo, del Simón o del 24. Las chicas del 10 de Agosto pasaban. Por supuesto, si es que te daban chance.
Se decía que en generaciones anteriores a la nuestra, si te pescaban vacilando con una man del Quito en la calle, al día siguiente eras recibido en el colegio con una lluvia de esputos o centavos de sucres; también corría el rumor que te colocaban ladrillos en la mochila. Personalmente jamás llegué a comprobar que ocurriera; sin embargo, la acosadera y jodedera a la que quedabas expuesto hasta graduarte, tampoco eran algo que dejara en paz los nervios. A muchos lecheros, sin embargo, eso les importaba un pepino (el apodo era por la cercanía del colegio a la pasteurizadora); «cualquier hueco es trinchera», reflexionaban algunos, otros simplemente concluían «el que no bagrea no culea».
Al club intercolegial de Periodismo, al que acudía los sábados desde tercer curso, empezó a asistir una delegación del «Técnico Humanístico Quito», colegio en el que nos reunimos incluso por algunas semanas, luego que el Círculo de la Prensa nos vetara por un tiempo. Al decir verdad no estaban tan mal; había al menos tres chicas que se me hicieron simpáticas: Lisette, Majo y Miriam. Por ese entonces estaba más o menos obsesionado con una chica del Consejo Provincial que no me pararía bola. Una vez que volvimos al Círculo, luego de San Valentín, mientras alguien nos daba una aburrida charla, empecé a notar que la Miriam me miraba de reojo. Tenía ojos bonitos, las mejillas un poco coloradas y un par de dientes como de conejita que le daban cierto aire coqueto. Me recordaba un poco a Jewel, que por esos días promocionaba en MTV «Meant for me», aunque no tan suca.
En una fiesta que hicimos en abril en el colegio Ángel Teófilo Chávez, a la que acudí despechado porque la tipa del Consejo que no me paró bola dejó de presentarse en el club, le propuse a la Miriam que bailemos. Estaba borracho ya. Me preguntó qué me pasaba; le dije que ya no asistiría más al grupo y que por ende era mi despedida. Luego de intentar conversar un rato y bailar alguna Macarena u otra cosa, me dijo que ya tenía que irse. «¿Puedo darte un beso?» le pregunté, sorprendido de mí mismo pese al guaro que traía encima, ya que en circunstancias normales no lo haría ni loco. Ella solo lo hizo. Más o menos una hora después me besé con otra chica. Regresé entonado a la casa, y me importó poco que mamá dijera que charlaríamos por la mañana. Me sentía un galán, un señor.
El sábado siguiente volví al Club con el rabo entre las patas. Al preguntarme por qué, Miriam, que seguía mirándome con ojos de cariño, me preguntó la razón. Me disculpé diciendo que había armado un drama innecesario, y que estaba un poco fuera de mis cabales por el trago. Ella solo se rió. Esa tarde me senté junto a ella, arrimando confianzudamente mi cabeza en su hombro. Ronroneaba cariño por todos sus poros, como una gatita. Fue cómodo estar allí.
Al salir de la reunión ofrecí acompañarla hasta La Marín para tomar el bus. Al bajar por la Flores, le pedí detenernos.
—¿Quieres ser mi novia? —me atreví—. La vez anterior, en que fui rechazado por la del Consejo, no había tenido tanto tino.
—¿Es en serio? —preguntó, con ternura.
—Sí. ¿Te gustaría que seamos novios?
No dijo nada. Solo me tomó de las manos y me besó. Fue mi primera novia; no sé si fui su primer novio y no me importó. Durante la siguiente hora que duró la espera por su bus y el trayecto que hicimos en él hasta la parada donde debería tomar el siguiente, quizás fui feliz y no lo supe. Hasta que fui visto por los tipos de mi colegio, en la siguiente parada.
Esa semana, mis compañeros no pararon de joder. «Te vimos, estabas con una man del Quito». ¿Cómo chchs sabían que la Miriam iba en ese colegio, si ni siquiera llevábamos uniforme? El chisme les venía bien. Malditos desocupados, pero más canalla yo, que no pude más con la presión y el sábado siguiente terminé con Miriam, la primera chica de mi vida que se la jugó por darme una oportunidad, que pudo ver algo a través de mi alma de lechero cabeza hueca.
Varias semanas después, en que el Club organizó un nuevo baile, alguien colocó en el equipo de sonido «No voy a llorar» de Los Diablitos. De pronto Miriam se me acercó al oído y susurró: «te dedico esta canción». Tras dejar ahora sí el intercolegial por la premilitar y graduarme luego del colegio, algún tiempo después volví a ver a alguien muy parecida a Miriam junto a otro muchacho, cerca del colegio Don Bosco. Él la abrazaba por detrás y ella llevaba pancita. De pronto algo se desbloqueó en mí y sentí deseos de llorar. De haber estado con ella habría hecho lo posible para no ser padres tan jóvenes, para que cada uno logre sus sueños. Quizás, me estaba equivocando de nuevo y ella solo era feliz.
No me agradan demasiado los vallenatos, por lo que la canción de Los Diablitos no logró hacer mella en mí. «Meant for me» de Jewel sí me lastima un poco.