No me gusta Guardarraya. No he comprado ninguno de sus discos ni me ha intentado bajar alguna de sus canciones. Los conocí por una ex, siglos atrás, un día que tarareaba una canción sobre un pastelillo parlante que salía de una nave espacial y no sé qué. Detesté que se presentaran antes de Caifanes en 2019, durante su show en el Ágora. No colaboré en su crowfounding ni pedí jamás una de sus canciones en la radio.
Hay algo, sin embargo, que debo reconocer de ese grupo a pesar de mi corazón de mandril: sabe conectar. Ha sabido como llegar al origen de esta tierra mestiza, que por muy trend o reguetón no ha olvidado ese legado de los discos viejos del abuelo: la música popular. Guardarraya sabe que a cada quiteño o paisano de a pie (como escuché alguna vez en la serie El Más Querido de Peki Andino) le gusta bailar con música triste.
No conozco a Álvaro Bermeo (cada vez que ponían a Damiano lo confundía con él), y probablemente jamás le conozca, pero admiro su postura social. Quizás para muchos sea incluso pose o fan service, pero es más difícil arriesgar la posición en el siempre tambaleante mainstream nacional que pretender una migaja de él, como Fausto Miño.