viernes, 24 de julio de 2026

Don Beto

Me fue recomendado por la vecina peluquera de la calle; durante la noche del sábado se había roto el codo de uno de los tubos de agua de la terraza y en ese entonces no tenía idea de cómo cambiarlo. Me aseguró que era puntual, bueno y barato, pero sobre todo, que difícilmente podría encontrar a otro plomero dispuesto a venir en domingo. Ese día pensaba ir al estadio, pero la planilla de agua de hace unos meses que vino duplicada en el precio debido a una imperceptible fuga en uno de los inodoros —y que actualmente es aún más cara por incluir la tasa de recolección de basura— me obligó a establecer prioridades.
    Como si se tratara de un reloj suizo, timbró exactamente a las ocho. Ni siquiera había terminado de desayunar, por lo que debí abrirle la puerta en chanclas. El hombre no vestía al estilo de Mario Bros: traía camisa de mangas cortas e impecable pantalón de casimir y zapatos lustrados. Tampoco lucía tan desalineado como los maestros que suelen andar en la Plaza Arenas o que se juntaban en la Gaspar de Villarroel o la Granados a esperar que alguien los contrate. 
    No le tomó demasiado arreglar el daño; supongo que la experiencia de cambiar codos y universales con frecuencia, debió volver la tarea cada vez más fácil. «Listo, son diez dólares». El precio me pareció accesible. Luego de pagarle, me pasó una tarjeta, con un vistoso dibujo hecho a mano con esfero azul. 
    —Qué chévere diseño, ¿se lo hicieron en la imprenta de cortesía? 
    —No, a lo mejor fue uno de mis hijos... espere, ya le busco otra.
    —No se preocupe, lo importante es que se ve su nombre y su número...
    Ni siquiera terminé de hablar cuando me arrebató la tarjeta y me pidió que más bien anote su número en otra parte, pues, según él, ese ya no era su teléfono.
    «Roberto Cabrera» no parecía ser un nombre de otro mundo. Desde luego, jamás le llamaría así, pues desde ese día en adelante para mí sería Don Beto. Volví a llamarlo en dos o tres ocasiones posteriores, ya no para reemplazar codos (tarea que me obligué a aprender para pasar el apuro) sino ya para tareas más densas, por ejemplo, ubicar alguna fuga dentro de una pared o reparar algún baño.
    Una tarde, en que decidí buscar una supuesta nota periodística de los años ochenta que hablaba del accidente fatal en el que murió mi padre, tras hurgar inútilmente entre crónicas policiales y obituarios, decidí pasear mis ojos por las páginas de tiras cómicas. Hacía años que no miraba al Hombre Araña, Roldán el Temerario o Popeye el Marino impresos en blanco y negro. Además de descubrir otras historietas, importadas la mayoría de la United Features Syndicate gringa, di con una tira cuyos dibujos en comparación con los anteriores resultaban un tanto burdos. La historieta se titulaba Auki, y parecía tratar sobre un cuy indígena que debía enfrentarse a unos gallos y cerdos vestidos como conquistadores españoles. Fue entonces que lo reconocí. El gallo con casco de Benalcázar era muy similar al dibujo de la tarjeta de nuestro plomero. Tras revisar más ejemplares de diarios, logré establecer que la obra fue publicada entre 1986 y 1987, firmada precisamente por un tal Beto.
    En vista de que no tenía datos en el celu, una vez en casa intenté googlear a ver si hallaba información o imágenes de la tira. Tras no hallar nada ni siquiera en la web del periódico donde fueron publicadas, busqué en blogs, artículos o publicaciones de Facebook o Instagram, sin encontrar nada tampoco. Era como si a los dibujos se los hubiera tragado la tierra. Algo similar me ocurrió alguna vez cuando intenté investigar a Nelson Jácome, el ilustrador de las portadas de los libros de las colecciones Ariel y Antares, aunque finalmente sí obtuve unas pocas razones sobre él. Sin embargo, Don Beto parecía haber eludido exitosamente al mundo digital.
    Ya que internet sería inútil para mi cometido, aprovechando que debía cambiar una llave del primer piso que me imposibilitaba colocar una manguera, decidí encarar a Don Beto.
    —Usted publicaba Auki en el periódico. Sí, era usted.
    —¿Cómo averiguó eso? Seguro era muy pequeño en esa época.
    —Soy un periodista desempleado, así que a veces tengo tiempo de investigar.
    —Usted lo ha dicho. Yo también era un dibujante desempleado.
    —¿Cómo es eso? Usted al menos publicó en un diario nacional durante dos años...
    —Sí, publiqué. Pero nunca me pagaron.