domingo, 26 de julio de 2026

Liga de Quito

Club de paradojas e hipérboles: su camiseta es llevada por aficionados en la San Pancho, la UDLA o la Cato; sus hazañas conquistaron el corazón de un Oliver de carne y hueso en Japón, al otro lado del mundo. Fue el primero en conquistar un título continental en 2008, esa noche de penales en que la altura celebraba y el puerto reprochaba que uno de sus cercanos alcanzara lo que ellos no, en aquel nuevo Maracanazo.

    Es esa camiseta blanca que en una noche de neblina disputó un clásico de paz contra otra camiseta amarilla, uno de guerra contra una roja y otro de orgullo contra una lejana azulgrana, mientras arrancaba camisetazos en Chillogallo, Solanda, Carcelén o Carapungo. Es un estadio que se mira desde lejos, una copa que no se toca y un espíritu que parece deambular por la Universidad Central en cada tarde de pileta.

Deportivo Quito

En 2009, mientras conseguía su cuarto título dirigido por Rubén Insúa y en serie B ascendía un club casi desconocido llamado Independiente del Valle y descendía a Segunda Categoría el Aucas, nadie imaginaba que esa odisea del cuadro oriental sería poco con lo que le esperaría al Quito en 2018, cuando por un tema de deudas, la FIFA decidiría enviarlo aún más abajo del infierno: en 2019 jugaría en el fútbol amateur. 

    Los hinchas de Liga le arrojaron pan en su última participación en Serie A y la Ecuafútbol lo descalificó de la primera edición de Copa Ecuador sin haber perdido. Aún así, continúa llevando más aficionados a la preferencia del Atahualpa que Cumbayá, Católica, América o el mismo Nacho.

    Nacido en la plaza del Teatro, donde al reencontrarse con el campeonato nacional en 2008 luego de cuarenta años sus hinchas ya no encontraron la pileta, sus colores son inspiración de alegría y perseverancia para muchos, como lo fueron una lejana mañana de los años 60 para Ernesto Guerra o una tarde de los 80 para Álex Aguinaga. Fue el primer campeón nacional de la capital y muchos esperan que también sea el último.

Aucas

Muchos desprecian al Quito, detestan a Liga, odian a Barcelona y respetan pero ignoran al Independiente del Valle; sin embargo, en el fondo, todos quieren al Aucas, y lo quieren porque les recuerda al papá mal genio que se ponía buena gente el domingo, al abuelo romántico que llevaba el radio a la misa si no había para ir al estadio, a la dueña de la farmacia con la amarilla bajo el mandil o a la seño del mercado vendiendo camisetas de otros clubes en domingo, pero con el Aucas por dentro.
    En 2022, cuando a muchos de los pioneros de Chillogallo, Solanda, o Guamaní se los había llevado el Covid o la desilusión, Aucas lograría un hito esquivo hasta entonces como una Libertadores para Barcelona, un país sin deuda externa o una sociedad sin corrupción: ser campeón, de la mano de un técnico de un país más experto en baseball y hasta hace poco más jodido que el nuestro, pero sobre todo, con una hinchada que, como la vendedora de camisetas de otros equipos, siempre supo donde tenía el corazón. 
    En la era del fútbol amateur de Quito, entre 1945 y 1949, se adelantaría al pentacampeonato europeo del Real Madrid de los años 50, en el inolvidable estadio de El Arbolito, el actual parque donde deambulan los fantasmas de Gladiador, Titán y Gimnástico. Gonzalo Pozo Ripalda sería de los primeros fichajes nacionales en el extranjero, al ser llamado por América de Cali, en la época de oro del fútbol colombiano. 
    Muchos años más tarde, ya en la era del campeonato nacional, tendría alguna vez en su arco a nada más y nada menos que René Higuita, el escorpión humano que se creía delantero y cuya melena rivalizaba con la de Jacinto Espinoza. Aucas sería la casa también de Ernesto Berrueta, Ariel Graziani, el Loco Abreu y Agustín Delgado.
    Por mucho tiempo considerado un equipo solo de abuelos, que no llegarían a verle campeón, Aucas se volvió un símbolo de paciencia y perseverancia. Cómo decía un hincha en comentarios, “ser hincha de Aucas es un acto de rebeldía”.

El Nacional

Fue la máquina gris, roja y tornasol. Primer bitricampeón, primer club no guayaco que se dio una vuelta olímpica en el estadio Monumental del Barcelona y uno de los tres cuadros profesionales del mundo en jugar exclusivamente con talento local, hasta aquella vez en que un cafetero con documentos alterados ensució esa tradición.

    Fundado por miembros de las Fuerzas Armadas y auspiciado por ellas hasta que un un jefe de estado hincha de Emelec eliminara su aporte obligatorio, el Nacho compartió la hegemonía de nuestro campeonato y fue probablemente la primera escuadra con más aficionados de la Sierra y la segunda a nivel país entre los 70 y 80, durante la dictadura militar y los grises años del retorno a la democracia.

No ha ganado aún la Libertadores como el Nacional colombiano o el Nacional uruguayo; lo más cerca que estuvo fue en el 85, cuando otro poderoso rojo, América de Cali, que tampoco sería campeón ese año, ocupó su lugar. Hace poco regresó de la B, volvió a la B y dentro de poco quizás descienda a Segunda Categoría. 

    En redes sociales muchos sugieren salvarlo, a pesar de hinchar por otros equipos. Y es que el cuadro militar, como los demás clubes capitalinos, hasta 1997 en que Liga de Quito inauguró su estadio, fue el protagonista de varias dupletas en el estadio Atahualpa, donde era común acudir entre familia y panas con camisetas de distintos colores. Érmen Benítez, Cléber Chalá, Byron Tenorio, Ítalo Estupiñán, Polo Carrera, Antonio Valencia, Juan Carlos Burbano, Édison Méndez y muchos más, fueron y son parte de la alegría de los seguidores de los Puros Criollos.

Solanda

De puberto adoraba visitar Solanda. Proveniente de La Alameda, quizás el barrio más solitario de Quito, el contraste era inmenso. Lo admito: las chicas me parecían hermosas, y aunque escuchaba a veces sobre unos tales MKS, Slymers u otras pandillas, era lo de menos. En el parque central había una gran rueda moscovita que por años fue para mí como la entrada a ese lugar, y si bien nunca me hice algún levante por allá, tenía y hasta ahora tengo algunos amigos que viven en la zona, cuyo eje central era la calle J. A veces iba en Solanda-Marín y más tarde (muy tarde) descubrí el Solanda-U Central, cuyo soundtrack de vallenatos hacía incluso ameno mi viaje.

    Un pana se emocionó en aquella ocasión que el noticiero Semana Rock de MTV mencionó a Solanda, por un concierto de punk donde Abdalá Bucaram intentó una cacería de brujas para coronar el siglo XX. Hace días escuché que tres muchachos, que pudimos ser mis amigos y yo de aquellos años, murieron abaleados en un confuso incidente. Hoy, Solanda, que antaño fue parte de una gran hacienda, tiene dos supermercados, un estación de metro, varios Tuti, una Pizza Hut y probablemente dentro de poco tenga un Mac Donald´s. Me enteré hace poco que La J ahora se llama José María Alemán.

    Hace tiempo que la gran rueda moscovita del parque central se fue, como se fueron quizás también las peladas que nunca me hicieron caso y los Solanda-U Central. Que sea el tiempo quien se lleve nuestros recuerdos y no la violencia.

(Publicado originalmente en la fanpage de Caricato el 20 de agosto de 2024)