Tenía once años cuando finalmente lo encontré. Había salido a dar una vuelta al parque de El Arbolito y me había sentado un rato sobre la hierba, con la bici tumbada de un lado, cuando, mientras espiaba a una hormiga, el amuleto se reveló ante mí. Para estar seguro conté varias veces: era un trébol de cuatro hojas. Desde ese momento, mi vida no sería más la misma. Finalmente la suerte estaría de mi parte y todos mis sueños se harían realidad.
Los días transcurrieron en absoluta normalidad: volví a la escuela, en casa la tía continúo con su máquina de coser y mis hermanos siguieron jugando a la pelota y al club de la pelea por las tardes. Mi trébol se marchitó también. Un día, harto de esperar ya por el gran acontecimiento de mi vida, decidí finalmente revelar a mis ñaños el gran secreto de mi hallazgo.
—Para lo que sirvió esta nota —concluí decepcionado—. Mi hermano mayor me lanzaría a continuación tremenda máxima:
—¿Cómo sabes? ¿Y si ese día estabas destinado a morirte?