miércoles, 29 de abril de 2026

Lunes

Antonio y yo teníamos varias cosas en común: éramos casi de la misma edad y nos gustaban más o menos las mismas cosas. También llevábamos bastante tiempo en la desocupación.

     Una tarde, se me había ocurrido una idea de emprendimiento. El Toño era psicólogo, por lo que supuse que podría ayudarme. Sin embargo, encontrar a mi pana era como pretender sacar cita con el presidente. Extrañamente, ese inicio de semana aceptó que nos reuniéramos.

     Luego de acompañarlo a pagar de unas cuentas, que sospecho, fueron la principal razón para venir de mi hikikomori amigo, decidimos ir por un café. Tras sentirme un poco ñoño, propuse buscar cerveza, aunque sea en alguna tienda.

     —Es lunes, pareces albañil, chch —refutó.

     Pese a ello, logramos dar con un bar abierto, ubicado frente al cuasi legendario Epicentro. Tras preguntar a la dueña a cómo estaba el combo de bielas, nos respondió que solo tenía litronas de Pílsener a cinco dólares. Algo cansados ya, decidimos quedarnos. Luego de pagar a la entrada, la señora nos pasó canguil y limón también, prometiendo el respectivo refill.

     Mientras contemplaba la peculiar botella de tono caramelo oscuro, el Toño me recordó una vez más que «no era él cuando se chumaba». «Qué, te crees la Melo?» le respondí. 

     Entre vaso y vaso la charla cobró forma. Me contó cosas que hasta entonces no me había revelado, por ejemplo, que se había jalado el primer curso del colegio y que por ello, su madre, como escarmiento, lo inscribió en otro del centro histórico, considerado un gulag. Me contó además otras cosas más personales, mientras intercambié confidencias también. Bebernos esa horrenda botella fue como atravesar el tiempo de la teoría de la relatividad de Einstein, o tomar una siesta durante la tarde: unos cuantos minutos parecieron horas. Al final, nunca hablamos de mi idea de negocio.

     Tras salir del bar, el Toño ofreció acompañarme caminando hasta mi casa, con el fin de disipar nuestra borrachera. De ser por nosotros, las compañías de alcohol quebrarían todas. Resultamos bastante económicos. 

     

John Jay Smith

Lo vi por primera vez hace unos meses: eran casi las diez de la noche, el supermercado más cercano ya había cerrado y en la tienda de la veci, bastante carera pero a la vez la única con el valor de abrir su negocio hasta tarde, había pedido avena y leche deslactosada. Llevaba gafas y mascarilla; por un momento creí se trataría de algún vacunador, pero su suave voz de acento extraño, que descarté de inmediato fuese colombiana o venezolana, me hizo suponer que se trataba quizás de una persona gay.

    Desde aquella vez, volví a verlo en dos o tres ocasiones; una tarde, en que me dolía la rodilla y no quise caminar hasta el supermercado, mientras compraba unas papas fritas, me atreví a preguntar a la veci si lo ubicaba.

    —Ni idea, veci; solo sé que no es de acá. A lo mejor está huido de su país.

    Unas semanas más tarde, en que salí a dejar la basura en la esquina y por casualidad me encontré con el misterioso vecino, decidí seguirlo a distancia. El hombre se alojaba en una de las hostales de la calle Ríos. Avergonzado por mi impertinencia, resolví dar media vuelta y volver del modo más sigiloso posible hasta mi casa, cuando de pronto, sentí unos dedos de frío cuero sobre mi espalda.

    —No sé qué pretendes al seguirme, no tengo nada que esconder —dijo en perfecto castellano, antes que pudiera dar la vuelta siquiera.

    —Perdón, amigo, no quise molestarlo —respondí con algo de temor—. Espero que su estancia en nuestro barrio sea lo más cómoda posible.

    Luego de aquel incidente, durante algún tiempo intenté evadir lo más que pude la zona de las hostales y la tienda de la veci, tanto así, que en una ocasión que se me terminó el tanque de gas que solía comprarle, tuve que buscarlo en otra parte. Sin embargo, durante otra noche que tuve que volver a dejar la basura en la esquina, volví a encontrarlo.

    —¿Te molesta si te invito a un trago?

    —No hay muchos bares por acá —respondí—. Pero si gustas podemos ir hasta la Antepara, cerca de la plaza de toros Belmonte, me parece que allí hay alguno que otro café.

    Durante la caminata que hicimos bordeando el parque La Alameda, un silencio espectral pareció envolvernos. Una vez en el café, que estaría abierto hasta medianoche, le pedí al mesero una manzanilla. Mi extraño vecino pidió algo al empleado, hablándole al oído. 

    —Mi nombre es John Jay Smith. Mucho gusto.

    —Damián Salguero. Mucho gusto también.

   »Te preguntarás por qué estoy acá. Bien; vine aquí porque nadie me conoce y a nadie importo, y si alguien me conocía ya me habrá olvidado. De dónde vengo he muerto ya; pronto estaré muerto aquí también. Por favor, no vuelvas a seguirme y no comentes con nadie sobre mí, pero si te ves obligado a decir algo, solo di que trataste con John Jay Smith.

    Luego de otro incómodo silencio, mi vecino pagó la cuenta en efectivo, sin exigir el vuelto.

    Desde ese día no volví a verlo. En una nueva ocasión, en que debí volver a la tienda para buscar algún analgésico, la veci me contó que tampoco volvió a ver a JJ Smith.

   —Qué buena gente era. Siempre me regaló los vueltos —concluyó.