En aquél sitio oscuro no podía distinguirse si era de día o de noche; con excepción de ciertos momentos en que una descarga eléctrica calaba en lo más hondo de sus huesos, el resto daba igual. Durante los pocos momentos de remembranza intelectual que le quedaban, recordaba ese cuento griego en que un cuervo devoraba día tras día a aquél semidiós cuyo nombre ya no parecía importar.
Una mañana, llegó la sentencia.
Estaba resignado; no revelaría el secreto por nada del mundo. La idea de la muerte era terrible, pero a la vez esperanzadora. Si aquel final contribuiría a que en algún otro sitio del mundo la vida continúe, nada sería en vano.
El rostro detrás de la máscara del verdugo se prestaba para todas las fantasías posibles: podría ser un hombre, una mujer, una bestia o un ser intangible. Moriría para que el secreto no pudiera revelarse. Con los ojos llenos de lágrimas por el miedo, pero con el corazón tranquilo, se acerca lentamente hacia la luz de una espada cuya hoja refleja los primeros y últimos rayos del sol, un sol que no había visto en varios días.
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