Don Manuel llegó a Quito hace veintiocho años; oriundo de Rocafuerte, provincia de Manabí, soñaba de niño convertirse en piloto de Fórmula Uno, pero una vez puestos los pies sobre la tierra, se encontró a sí mismo trabajando en una cevichería de la capital, primero sirviendo mesas y luego como ayudante de cocina. Bastante más decidido que sentimental o nostálgico, cuatro años más tarde renunció a su trabajo, y con un coche que no era de carreras empezó a vender encebollado como ambulante, primero junto a la estación del trolebús de El Recreo por donde vivía y más adelante a las afueras del hospital del Seguro. A veces llevaba su carrito incluso hasta el coliseo Rumiñahui, cada vez que había un concierto, y otras, desafiando a la chapería municipal, a la Plaza de Toros, varios años antes de la suspensión de las corridas.
Con el tiempo y tras muchas privaciones, Don Manuel logró abrir su propia cevichería, a unas cuadras del hospital, donde al parecer le había ido mejor. Empezó primero como cocinero, mesero, cajero y posillero; luego, ya con medios suficientes, contrató un par de muchachos oriundos también de la Costa, una de ellos Mariela, que con el tiempo se convertiría en la madre de sus dos hijos: Boris, quién para tristeza de Don Manuel preferiría ser hincha de Liga que de Barcelona, y Anahí, la consentida de la casa. El negocio continuó de maravilla y tiempo después necesitó de más personal, entre el que apareció Julia, solandeña de dieciocho años, no muy agraciada para el gusto de Doña Mariela, quien en secreto temía que Don Manuel se volviera a enamorar de alguna de sus nuevas empleadas.
Julia tenía una nena de dos años, Cristina, a quién conoció luego de un fallido amor eterno de adolescente que no duró ni nueve meses, y por quien tuvo que aplazar indefinidamente su aspiración de ser doctora. Solía dejarla al cuidado de su madre, quien tenía un taller de costura en el barrio y que la habría apoyado más, de no ser porque aún debía cuidar de sus hermanos menores. Bastante torpe al principio, Julia fue de aquellos marineros que tuvo que aprender a navegar entre la tempestad: la tempestad del restaurante de mariscos que abría desde las siete de la mañana con desayunos costeños y encebollados para el chuchaqui, y se iba de largo hasta las cinco de la tarde, o hasta que el último ceviche o arroz con camarón se hubiese acabado. Tras aprender el oficio luego de quebrar muchos platos y vasos, de confundir pedidos y de a veces dar de comer las sobras a un mendigo que solía aparecer por el local, Don Manuel y Doña Mariela le tomaron cariño a Julia, quien a pesar de sus notorios rasgos andinos se había vuelto más mona que el resto de sus compañeros.
Un día arribó al restaurante una pareja venezolana, Edwin y Mariángel; llegaron con una hoja de vida mal impresa que aseguraba que tenían estudios universitarios, pese a lo cual, mencionaron estar dispuestos a trabajar en lo que sea. Por esa misma temporada, dos de los meseros, Karina y José Carlos, que curiosamente también se habían enamorado en la cevichería, al igual que Don Manuel y Doña Mariela, anunciaron que se irían a vivir a Santo Domingo, donde pondrían un restaurante con otros parientes. Edwin y Mariángel eran muy hábiles; a diferencia de Julia, no tardaron en adaptarse a la rutina del salón, reemplazando a la pareja que se había ido. Los detalles de la manera en que fueron contratados nunca le fueron revelados a Julia ni debían ser de su interés.
Luego del terremoto de 2016, otra mesera, Viviana, que también era de Manabí, decidió renunciar también con el fin de ir a acompañar a sus abuelos, prometiendo volver si se le daba chance, en cuanto su situación estuviese más resuelta. Fue entonces que Mariángel recomendó para ocupar su lugar a una prima suya, Érika, quien llegaría desde Maracaibo dentro de pocos días. Durante ese lapso, Julia tuvo que doblar turnos y trabajar más fines de semana seguidos. Finalmente Érika reemplazaría a Vivi, de quien no se volvió a saber nada. Maykel, un pelado de Quevedo quien era el menor de los meseros anunció que se iría también, pues finalmente había obtenido un cupo para estudiar medicina en la Universidad Central, provocando un sentimiento mezclado de felicidad y envidia en Julia. No pasó ni un día cuando Isabel, una muchacha de Táchira, lo reemplazó. Alguna vez se le ocurrió a Julia preguntar a Doña Mariela por qué ese empeño en contratar ya solo a extranjeros. «Ellos trabajan más, la gente de acá es vaga», sostuvo la jefa, hace años otra chica nacional que llegó al salón precisamente buscando trabajo.
Meses después, Julia escucharía sin querer una discusión: eran Edwin y Mariángel reclamando a Don Manuel por negarse a subirles el sueldo. Julia supuso que quizás los trescientos sesenta dólares que les pagaban empezaban a serles insuficientes; después de todo, en un país dolarizado la vida es cara.
La hija de Julia, Cristina, tiene ya ocho años; Edwin y Mariángel tienen también una hija, Melanie, de seis. En una fiesta que Don Manuel organizó para el cumpleaños de Anahí y a la que invitó a todos los empleados, las niñas jugaron la tarde entera. Algo borracha ya, y preocupada por la repentina carga horaria que sus patrones le habían impuesto hace poco, Julia se atrevió a preguntar a Edwin y Mariángel el porqué de su pretensión de pedir más paga, si supuestamente todos ganaban lo mismo. Fue entonces que lo supo: a Edwin se le pagaba doscientos cincuenta al mes y a Mariángel, que también ayudaba en la cocina, trescientos.
La semana siguiente, a Julia le volvieron a doblar los turnos. Para entonces, entendió por fin que los extranjeros eran mejores trabajadores por aceptar menos paga a cambio de más horas de trabajo y exigir menos retribuciones sociales. Julia, en secreto, ya estaba enviando hojas de vida a otros restaurantes e incluso a un supermercado que el amigo de un chico que pretendía salir con ella le había recomendado; sin embargo, la respuesta no pasaba en el mejor de los casos de un «no nos llame, nosotros la llamaremos».
Una mañana, Julia no vio más a Edwin ni a Mariángel en el restaurante de Doña Mariela. En su lugar había otras dos venezolanas: Carlota y María Eugenia. Nadie, excepto el cliente, es indispensable.
(Publicado originalmente en 2018)
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