
Regresó una tarde cualquiera; lo único especial de aquel momento era el gris del cielo que tampoco era especial, pues, desde hace dos años que eso era común. Quizás habría sido distinto de ser una tarde soleada.
El punto es, que volvió, sí, Mario, el vecino que había desaparecido hace dos años, había vuelto luego de la ausencia, de la incertidumbre y de las suposiciones más absurdas, por ejemplo, que fue secuestrado por alienígenas o que fue víctima de algún neófito asesino en serie. Esa tarde se cumplían tres meses desde que bajé al cuarto que el Mario había abandonado para tomar prestada su tele: bueno, en realidad también creí que se había muerto, y por lo tanto, no tomé prestado su televisor, sino que me había apoderado de él. No, no piensen que soy alguna especia de cleptómano o abusivo dueño de casa: esto no habría ocurrido de no ser porque una tarde mi proveedor de televisión por cable me cortó la señal sin una explicación aparente, y cuando revisé la instalación de la antena por accidente rompí el plug. Nada que ver. Fue por eso no más. Pero aparte de eso, también descubrí un montón de revistas deportivas en ediciones especiales dedicadas al Emelec, el club favorito del Mario, y una caja con recortes de fotos de candidatas a reinas de belleza, desde los años ochenta.
El Mario era tipo muy fresco. Bastante atento, incluso en alguna ocasión que me escuchó quejarme porque no tenía nada qué comer, me subió un plato de sopa, que luego de vaciar con mi voraz apetito nunca le devolví. Cuando mamá, la verdadera dueña de casa regresó en alguna de sus vacaciones, el Mario nos ayudó a reparar el medio departamento que ocupaba. Un día hasta se jugó el cuello cuando mamá y yo, par de despistados ambos, olvidamos las llaves dentro; nuestro vecino se subió por la ventana, bajo el riesgo de caerse tres pisos abajo, en donde para colmo había una piedra de lavar tan dura que ya me imaginaba yo la sangre recorriendo ese monolito en donde los demás vecinos suelen enjuagar sus vergüenzas.
Los amigos del Mario eran muy extraños: siempre supuse que el vecino era homosexual, sin embargo, sus amantes no tenían un buen aspecto. Por el contrario, eran bastante mal encarados, y se me hace que se aprovechaban de lo buena nota que era el Mario para sacarle alguna cosa. Entre sus pertenencias también encontré la foto de un niño, que meses después supe que se trataba de un hijo que tenía en la provincia de Los Ríos. También encontré la foto de una mujer mayor, que supuse su madre.
Les conté que las tardes se habían vuelto grises, y por ende, el frío se volvió un compañero inseparable de cada noche. Habían pasado dos años exactamente, y decidí quemar las revistas y demás cosas del Mario, suponiendo que, si no había vuelto al menos por sus cosas debido a que ya no tenía para el arriendo, sería porque estaba muerto, o quizás preso en alguna cárcel de la Costa.
Esa mañana estaba leyendo en la sala; de pronto escuché una voz muy familiar desde la calle. Al principio creí que se trataba de alguna alucinación, quizás por lo alto del volúmen de la tele que le robé al Mario. Decidí apagar el televisor. Entonces, alguien llamó a la puerta.
A Eddi Quinto