jueves, 30 de julio de 2026

Deportivo Quito

En 2009, mientras conseguía su cuarto título dirigido por Rubén Insúa y en serie B ascendía un club casi desconocido llamado Independiente del Valle y descendía a Segunda Categoría el Aucas, nadie imaginaba que esa odisea del cuadro oriental sería poco con lo que le esperaría al Quito en 2018, cuando por un tema de deudas, la FIFA decidiría enviarlo aún más abajo del infierno: en 2019 jugaría en el fútbol amateur. 

    Los hinchas de Liga le arrojaron pan en su última participación en Serie A y la Federación lo descalificó de la primera edición de Copa EC sin haber perdido. Aún así, continúa llevando más aficionados a la preferencia del Atahualpa que Cumbayá, Católica, América o el mismo Nacho.

    Nacido en la plaza del Teatro, donde al reencontrarse con el campeonato nacional en 2008 luego de cuarenta años sus hinchas ya no encontraron la pileta, sus colores son inspiración para muchos, como lo fueron una lejana mañana de los años 60 para Ernesto Guerra o una tarde de los 80 para Álex Aguinaga. Fue el primer campeón nacional de la capital, ha llenado el estadio de Chillo Jijón más veces que el IDV y aunque a diferencia del Aucas muchos le anticiparon el pésame en vida y le descendieron a barriales y colegiales, es más zombie que The Walking Dead, más inmortal que taraxaco y es eslabón entre ser humano y calamar al tener dos corazones.

miércoles, 29 de julio de 2026

Aucas

 Muchos desprecian al Quito, detestan a Liga, odian a Barcelona y respetan pero ignoran al Independiente del Valle; sin embargo, en el fondo, todos quieren al Aucas, y lo quieren porque les recuerda al papá mal genio que se ponía buena gente el domingo, al abuelo romántico que llevaba el radio a la misa si no había para ir al estadio, a la dueña de la farmacia con la amarilla bajo el mandil o a la seño del mercado vendiendo camisetas de otros clubes en domingo, pero con el Aucas por dentro.

   En 2022, cuando a muchos de los pioneros de Chillogallo, Solanda, o Guamaní se los había llevado el Covid o la desilusión, Aucas lograría un hito esquivo hasta entonces como una Libertadores para Barcelona, un país sin deuda externa o una sociedad sin corrupción: ser campeón, de la mano de un técnico de un país más experto en béisbol y hasta hace poco más jodido que el nuestro, pero sobre todo, con una hinchada que, como la vendedora de camisetas de otros equipos, siempre supo donde tenía el corazón.

   En la era del fútbol amateur de Quito, entre 1945 y 1949, se adelantaría al pentacampeonato europeo del Real Madrid de los años 50, en el inolvidable estadio de El Arbolito, el actual parque donde deambulan los fantasmas de Gladiador, Titán y Gimnástico. Gonzalo Pozo Ripalda sería de los primeros fichajes nacionales en el extranjero, al ser llamado por América de Cali, en la época de oro del fútbol colombiano. Muchos años más tarde, ya en la era del campeonato nacional, tendría alguna vez en su arco a nada más y nada menos que René Higuita, el escorpión humano. Aucas sería la casa también de Ariel Graziani, el Loco Abreu y Agustín Delgado.

    Pese a la moda, los descensos y los camisetazos, el equipo oriental ha sabido mantenerse vivo. Cómo decía alguien en comentarios, “ser hincha de Aucas es un acto de rebeldía”.

martes, 28 de julio de 2026

El Nacional

Fue la máquina gris, roja y tornasol. Primer bitricampeón, primer club no guayaco que se dio una vuelta olímpica en el estadio Monumental del Barcelona y uno de los tres cuadros profesionales del mundo en jugar exclusivamente con talento local, hasta aquella vez en que un cafetero con documentos alterados ensució esa tradición.

     Fundado por miembros de las Fuerzas Armadas y auspiciado por ellas hasta que un jefe de estado hincha de Emelec eliminara su aporte obligatorio, el Nacho compartió la hegemonía de nuestro campeonato y fue probablemente la primera escuadra con más aficionados de la Sierra y la segunda a nivel país entre los 70 y 80, durante la dictadura militar y los nebulosos años del retorno a la democracia.

     No ha ganado aún la Libertadores como el Nacional colombiano o el Nacional uruguayo; lo más cerca que estuvo fue en el 85, cuando otro poderoso rojo, América de Cali, que tampoco sería campeón ese año, ocupó su lugar. Hace poco regresó de la B, volvió a la B y dentro de poco quizás descienda a Segunda Categoría. 

    En redes sociales muchos sugieren salvarlo, a pesar de hinchar por otros equipos. Y es que el cuadro militar, como los demás clubes capitalinos, hasta 1997 en que Liga de Quito inauguró su estadio, fue protagonista de varias dupletas en el estadio Atahualpa, donde era común acudir entre familia y panas con camisetas de distintos colores. Érmen Benítez, Cléber Chalá, Byron Tenorio, Ítalo Estupiñán, Polo Carrera, Antonio Valencia, Juan Carlos Burbano, Édison Méndez y muchos más, fueron y son parte de esta gran cancha.

lunes, 27 de julio de 2026

Liga de Quito

Club de paradojas e hipérboles: su camiseta es llevada por aficionados en la San Pancho, la UDLA y la Cato; sus hazañas conquistaron el corazón de un Oliver de carne y hueso en Japón, al otro lado del mundo. Fue el primero del país en alzar una Libertadores en 2008, esa noche de penales en que la altura celebraba y el puerto reprochaba que uno de sus rivales alcanzara lo que ellos no, en aquel nuevo Maracanazo.

    Carrera, Berrueta, Marsetti, Manso, Bieler, Salas, Cevallos: ese mismo que no pudo ser profeta en su propia tierra. 

    Es ese uniforme blanco que en una noche de neblina disputó un clásico de paz contra otra camiseta amarilla y uno de guerra contra una lejana azulgrana, mientras arrancaba camisetazos en Solanda o Carapungo. Es un estadio que se mira desde lejos, una copa que aún no se toca y un aliento que parece ventisca por la Universidad Central en cada tarde de pileta.

domingo, 26 de julio de 2026

Solanda

De puberto adoraba visitar Solanda. Proveniente de La Alameda, quizás el barrio más solitario de Quito, el contraste era inmenso. Lo admito: las chicas me parecían hermosas, y aunque escuchaba a veces sobre unos tales MKS, Slymers u otras pandillas, era lo de menos. En el parque central había una gran rueda moscovita que por años fue para mí como la entrada a ese lugar, y si bien nunca me hice algún levante por allá, tenía y hasta ahora tengo algunos amigos que viven en la zona, cuyo eje central era la calle J. A veces iba en Solanda-Marín y más tarde (muy tarde) descubrí el Solanda-U Central, cuyo soundtrack de vallenatos hacía incluso ameno mi viaje.

    Un pana se emocionó en aquella ocasión que el noticiero Semana Rock de MTV mencionó a Solanda, por un concierto de punk donde Abdalá Bucaram intentó una cacería de brujas para coronar el siglo XX. Hace días escuché que tres muchachos, que pudimos ser mis amigos y yo de aquellos años, murieron abaleados en un confuso incidente. Hoy, Solanda, que antaño fue parte de una gran hacienda, tiene dos supermercados, un estación de metro, varios Tuti, una Pizza Hut y probablemente dentro de poco tenga un Mac Donald´s. Me enteré hace poco que La J ahora se llama José María Alemán.

    Hace tiempo que la gran rueda moscovita del parque central se fue, como se fueron quizás también las peladas que nunca me hicieron caso y los Solanda-U Central. Que sea el tiempo quien se lleve nuestros recuerdos y no la violencia.

(Publicado originalmente en la fanpage de Caricato el 20 de agosto de 2024)

viernes, 24 de julio de 2026

Auki

Me fue recomendado por la vecina peluquera de la calle; durante la noche del sábado se había roto el codo de uno de los tubos de agua de la terraza y en ese entonces no tenía idea de cómo cambiarlo. Me aseguró que era puntual, bueno y barato, pero sobre todo, que difícilmente podría encontrar a otro plomero dispuesto a venir en domingo. Ese día pensaba ir al estadio, pero la planilla de agua de hace unos meses que vino duplicada en el precio debido a una imperceptible fuga en uno de los inodoros —y que actualmente es aún más cara por incluir la tasa de recolección de basura— me obligó a establecer prioridades.
    Como si se tratara de un reloj suizo, timbró exactamente a las ocho. Ni siquiera había terminado de desayunar, por lo que debí abrirle la puerta en chanclas. El hombre no vestía al estilo de Mario Bros: traía camisa de mangas cortas e impecable pantalón de casimir y zapatos lustrados. Tampoco lucía tan desalineado como los maestros que suelen andar en la Plaza Arenas o que se juntaban en la Gaspar de Villarroel o la Granados a esperar que alguien los contrate. 
    No le tomó demasiado arreglar el daño; supongo que la experiencia de cambiar codos y universales con frecuencia debió volver la tarea cada vez menos difícil. «Listo, son diez dólares». El precio me pareció accesible. Luego de pagarle, me pasó una tarjeta, con un vistoso dibujo hecho a mano con esfero azul. 
    —Qué chévere diseño, ¿se lo hicieron en la imprenta de cortesía? 
    —No, a lo mejor fue uno de mis hijos... espere, ya le busco otra.
    —No se preocupe, lo importante es que se ve su nombre y su número...
    Ni siquiera terminé de hablar cuando me arrebató la tarjeta y me pidió que más bien anote su número en otra parte, pues, según él, ese ya no era su teléfono.
    «Roberto Cabrera» no parecía ser un nombre de otro mundo. Desde luego, jamás le llamaría así, pues desde ese día en adelante para mí sería Don Beto. Volví a llamarlo en dos o tres ocasiones posteriores, ya no para reemplazar codos (tarea que me obligué a aprender para pasar el apuro) sino ya para tareas más densas, por ejemplo, ubicar alguna fuga dentro de una pared o reparar algún baño.
    Una tarde, en que decidí buscar una supuesta nota periodística de los años ochenta que hablaba del accidente fatal en el que murió mi padre, tras hurgar inútilmente entre crónicas policiales y obituarios, decidí pasear mis ojos por las páginas de tiras cómicas. Hacía años que no miraba al Hombre Araña, Roldán el Temerario o Rabanitos impresos en blanco y negro. Además de descubrir otras historietas, importadas la mayoría de la United Features Syndicate gringa, di con una tira cuyos dibujos en comparación con los anteriores resultaban un tanto burdos. La historieta se titulaba Auki, y parecía tratar sobre un cuy indígena que debía enfrentarse a unos gallos y cerdos vestidos como conquistadores españoles. Fue entonces que lo reconocí. El gallo con casco de Benalcázar era muy similar al dibujo de la tarjeta de nuestro plomero. Tras revisar más ejemplares de diarios, logré establecer que la obra fue publicada entre 1986 y 1987, firmada precisamente por un tal Beto.
    En vista de que no tenía datos en el celu, una vez en casa intenté googlear a ver si daba con información o imágenes de la tira. Tras no hallar nada, ni siquiera en la web del periódico donde fueron publicadas, busqué en blogs, artículos o publicaciones de Facebook o Instagram, sin encontrar nada tampoco. Era como si a los dibujos se los hubiera tragado la tierra. Algo similar me ocurrió alguna vez cuando intenté investigar a Nelson Jácome, el ilustrador de las portadas de los libros de las colecciones Ariel y Antares de la editorial Libresa, aunque finalmente sí obtuve unas pocas razones sobre él. Sin embargo, Don Beto parecía haber eludido exitosamente al mundo digital.
    Ya que internet sería inútil para mi cometido, aprovechando que debía cambiar una llave del primer piso que me imposibilitaba colocar una manguera, decidí encarar a Don Beto.
    —Usted publicaba Auki en el periódico. Sí, era usted.
    —¿Cómo averiguó eso? Seguro era guagua en esa época.
    —Soy un periodista desempleado, así que a veces tengo tiempo de investigar.
    —Usted lo ha dicho. Yo también era un dibujante desempleado.
    —¿Cómo es eso? Usted al menos publicó en un diario nacional durante dos años...
    —Sí, publiqué. Pero nunca me pagaron.

jueves, 23 de julio de 2026

Guardarraya

No me gusta Guardarraya. No he comprado ninguno de sus discos ni me ha intentado bajar alguna de sus canciones. Los conocí por una ex, siglos atrás, un día que tarareaba una canción sobre un pastelillo parlante que salía de una nave espacial y no sé qué. Detesté que telonearan a Caifanes en 2019, durante su show en el Ágora. No colaboré en su crowfounding ni pedí jamás una de sus canciones en la radio.

    Hay algo, sin embargo, que debo reconocer de ese grupo a pesar de mi corazón de mandril: sabe conectar. Ha sabido cómo llegar al origen de esta tierra mestiza, que por muy trend o reguetón no ha olvidado ese legado de los discos viejos del abuelo: la música popular. Guardarraya sabe qué, cómo escuché alguna vez en la serie "El Más Querido" (último puntazo de Peki Andino), a la gente de acá le gusta bailar con música triste.

    No conozco a Álvaro Bermeo (cada vez que ponían a Damiano lo confundía con él), y probablemente jamás le conozca, pero admiro su postura social. Quizás para muchos sea incluso pose o 'fan service', pero es más difícil arriesgar la posición en el siempre tambaleante mainstream nacional que pretender una migaja de él, como Fausto Miño. 

(publicado originalmente el 5 de junio en el Facebook de Caricato)

viernes, 3 de julio de 2026

La suerte


A veces, como cualquiera que necesitara abrazar alguna esperanza, era supersticioso. Recé varias veces o dejaba de mirar el encuentro de fútbol para que mi equipo ganara —como si la vaina dependiera de mi voluntad—; pedía deseos de cumpleaños que no revelaba nunca para que no se pasmaran, salté sobre el año viejo en llamas bajo el riesgo de quemarme el culo e incluso di la vuelta al barrio con la maleta encima para viajar al año siguiente por el mundo. Cada vez que podía permitirme un billete de lotería elegía cualquier número terminado en cinco, revisaba escrupulosamente el horóscopo y por supuesto, creía en los amuletos.

     Tenía once años cuando finalmente lo encontré. Había salido a dar una vuelta al parque de El Arbolito y me había sentado un rato sobre la hierba, con la bici tumbada de un lado, cuando, mientras espiaba a una hormiga, el amuleto se reveló ante mí. Para estar seguro conté varias veces: era un trébol de cuatro hojas. Desde ese momento, mi vida no sería más la misma. Finalmente la suerte estaría de mi parte y todos mis sueños se harían realidad.

     Los días transcurrieron en absoluta normalidad: volví a la escuela, en casa la tía continúo con su máquina de coser y mis hermanos siguieron jugando a la pelota y al club de la pelea por las tardes. Mi trébol se marchitó también. Un día, harto de esperar ya por el gran acontecimiento de mi vida, decidí finalmente revelar a mis ñaños el gran secreto de mi hallazgo.

     —Para lo que sirvió esta nota —concluí decepcionado—. Mi hermano mayor me lanzaría a continuación tremenda máxima:
 
     —¿Cómo sabes? ¿Y si ese día estabas destinado a morirte?

jueves, 2 de julio de 2026

El último baile de Bayside

Nos conocimos en alguno de mis arrastres; nunca fui buen estudiante, tenía serios problemas de atención y para colmo dejaba casi todo para el último. Se llamaba Mónica, y en un inicio intenté evitarla, pues tenía algo que me recordaba a una exnovia que tuve en aquella misma facultad.

   Ya ni recuerdo por qué nos acercamos e hicimos amigos: quizás algún trabajo de grupo. Mientras yo era un lobo solitario, la Moshi tenía su respectivo grupo de amigas, un aquelarre que se había conformado desde las aulas del colegio Espejo, que quedaba cerca de mi casa, y qué, oh, casualidad, también fue el colegio de mi ex. Seguramente nos topamos más de una vez en La Alameda, ignorándonos sin querer.

    Una tarde, en que nos dimos a charlar y empezamos a imaginar el futuro, descubrimos que también nos gustaba Salvado por la Campana. «Cuando egresemos o nos graduemos, deberíamos organizar una fiesta, al estilo del último baile de Bayside», me dijo aquella vez.

    Hicimos juntos varias tareas de la facultad; era divertido trabajar juntos. En una ocasión escribimos y grabamos el cortometraje π², que trataba sobre un despistado muchacho que no entendía cómo se había meado en la cama. En otra ocasión grabamos un video de Comunicación Organizacional que se pudrió en mi compu, justo el día que tuvimos un evento. El destino quiso que pese a ese traspié, Mónica se especializara en ese campo. Previo a eso, intentó ayudarme con una plaza para hacer mis prácticas profesionales, que finalmente no me fue asignada. Años después, ya respectivamente casados ambos, me ofreció acceder a un empleo que en cambio rechacé por seguir a mis alocados proyectos que finalmente no llegaron a ninguna parte.

    A pesar de ser muy distintos (ella es cristiana y yo probablemente deísta o agnóstico), la Moshi nunca se rindió, siempre apoyó mi proyecto de revista y aunque tomamos distancia luego de egresar de la facu, en cuyo bar nos desternillábamos de risa cada que la dueña manifestaba «Patrriciaaa... el mote», aún siento que es de las pocas personas con quien puedo ser absolutamente sincero, sin recurrir a poses, como por ejemplo cuando le dije que me gustaba su hermana, que nunca me pararía bola, y otra amiga suya —que tampoco me paró zona—.

    En algún cumpleaños le regalé El diario del Chavo del 8. Se casó con Simón, un compañero que siempre gustó de ella aunque le hizo esperar casi toda la carrera, y quién me ayudó a conseguir un interesante empleo como periodista que aproveché como pude. La última vez que nos vimos todos en la facu, íbamos vestidos de gala para nuestra premier de cortometrajes de fin de semestre y de carrera, como quizás nos imaginamos aquella tarde en el patio. No siempre seguiremos queriendo las mismas cosas; la vida cambia y nosotros con ella. Quizás ese fue nuestro último baile.