viernes, 3 de julio de 2026

La suerte

A veces, como cualquiera que necesita abrazar alguna esperanza, era supersticioso. Recé varias veces o dejaba de mirar el encuentro de fútbol para que mi equipo ganara -como si la vaina dependiera de mi voluntad-; pedía deseos de cumpleaños que no revelaba nunca para que no se pasmaran, salté sobre el año viejo en llamas bajo el riesgo de quemarme el culo e incluso di la vuelta al barrio con la maleta encima para viajar al año siguiente por el mundo. Cada vez que podía permitirme un billete de lotería elegía cualquier numero terminado en cinco, revisaba escrupulosamente el horóscopo y por supuesto, creía en los amuletos.

     Tenía once años cuando finalmente lo encontré: había salido a dar una vuelta al parque de El Arbolito. Me había sentado un rato sobre la hierba, con la bici tumbada de un lado, cuando, mientras espiaba a una hormiga, el amuleto se reveló ante mí. Para estar seguro conté varias veces. Era un trébol de cuatro hojas. Desde ese momento, mi vida no sería más la misma. Finalmente todos mis sueños se harían realidad.

     Los días transcurrieron en absoluta normalidad: volví a la escuela, en casa la tía continúo con su máquina de coser y mis hermanos siguieron jugando a la pelota y al club de la pelea por las tardes. Mi trébol de marchitó también. Un día, decidí revelar mi fabuloso secreto a mis hermanos.

     -Para lo que sirvió está nota -concluí decepcionado. Mi hermano me lanzaría a continuación tremenda máxima.
 
     -¿Cómo sabes? ¿Y si ese día estabas destinado a morirte?

jueves, 2 de julio de 2026

El último baile de Bayside

Nos conocimos en alguno de mis arrastres; nunca fui buen estudiante, tenía serios problemas de atención y para colmo dejaba casi todo para el último. Se llamaba Mónica, y en un inicio intenté evitarla, pues tenía algo que me recordaba a una exnovia que tuve en aquella misma facultad.

   Ya ni recuerdo por qué nos acercamos e hicimos amigos: quizás algún trabajo de grupo. Mientras yo era un lobo solitario, la Moshi tenía su respectivo grupo de amigas, un aquelarre que se había conformado desde las aulas del colegio Espejo, que quedaba cerca de mi casa, y qué, oh, casualidad, también fue el colegio de mi ex. Seguramente nos topamos más de una vez en La Alameda, ignorándonos sin querer.

    Una tarde, en que nos dimos a charlar y empezamos a imaginar el futuro, descubrimos que también nos gustaba Salvado por la Campana. «Cuando egresemos o nos graduemos, deberíamos organizar una fiesta, al estilo del último baile de Bayside», me dijo aquella vez.

    Hicimos juntos varias tareas de la facultad; era divertido trabajar juntos. En una ocasión escribimos y grabamos el cortometraje π², que trataba sobre un despistado muchacho que no entendía cómo se había meado en la cama. En otra ocasión grabamos un video de Comunicación Organizacional que se pudrió en mi compu, justo el día que tuvimos un evento. El destino quiso que pese a ese traspié, Mónica se especializara en ese campo. Previo a eso, intentó ayudarme con una plaza para hacer mis prácticas profesionales, que finalmente no me fue asignada. Años después, ya respectivamente casados ambos, me ofreció acceder a un empleo que en cambio rechacé por seguir a mis alocados proyectos que finalmente no llegaron a ninguna parte.

    A pesar de ser muy distintos (ella es cristiana y yo probablemente deísta o agnóstico), la Moshi nunca se rindió, siempre apoyó mi proyecto de revista y aunque tomamos distancia luego de egresar de la facu, en cuyo bar nos desternillábamos de risa cada que la dueña manifestaba «Patrriciaaa... el mote», aún siento que es de las pocas personas con quien puedo ser absolutamente sincero, sin recurrir a poses, como por ejemplo cuando le dije que me gustaba su hermana, que nunca me pararía bola, y otra amiga suya —que tampoco me paró zona—.

    En algún cumpleaños le regalé El diario del Chavo del 8. Se casó con Simón, un compañero que siempre gustó de ella aunque le hizo esperar casi toda la carrera, y quién me ayudó a conseguir un interesante empleo como periodista que aproveché como pude. La última vez que nos vimos todos en la facu, íbamos vestidos de gala para nuestra premier de cortometrajes de fin de semestre y de carrera, como quizás nos imaginamos aquella tarde en el patio. No siempre seguiremos queriendo las mismas cosas; la vida cambia y nosotros con ella. Quizás ese fue nuestro último baile.