viernes, 19 de junio de 2026

Bayo


Se
conoció con Magui a inicios de los ochenta, en la primera cadena global de pizza que se inauguró en Quito; venía de abandonar la carrera de técnico en Construcciones Civiles, que retomaría más adelante, en cuanto pudiera reunir dinero.

     Nació en Tumbabiro, un pueblo de Imbabura muy cercano a las termas de Chachimbiro, cuya visita era el premio más ansiado para aquellos niños que tal vez nunca conocerían el mar, o a los que quizás les tomaría demasiado tiempo. Su hermano mayor, Jorge, impulsado por el deseo de dejarse arrastrar por las olas, fue el primero en irse del pueblo.

     Las faenas empezaban a las 4 o 5 de la madrugada, en que acompañaba a sus otros hermanos a llevar a las a veces escuálidas vacas al potrero familiar que quedaba lejos de la casa. En una ocasión, Galo, quién sería el siguiente en irse, le marcó como a ganado en un cachete inferior. Luego de la visita al terreno, el chico iba hasta la escuela, cuál jinete épico, sobre un burro. Con una habilidad poco común entre los parroquianos para las Matemáticas y la Lectura, se pensó que Bayo estaba para más, y tras terminar la primaria fue enviado a la capital, donde ya vivía y trabajaba otra hermana suya, Gladys, para estudiar en el colegio nocturno mientras invertía la luz del sol en algún empleo.

     Por entonces Quito crecía a costillas de la explotación petrolera en el Oriente, y uno de sus primeros trabajos antes de inscribirse en secundaria fue instalar y pintar postes en una de las vías en construcción hacia la provincia de Napo, donde se encontraban los yacimientos. De regreso a la ciudad, haría varias veces de mandadero y mensajero en distintas oficinas. Vivió entre San Juan y El Tejar, departió con amigos que iban a las cantinas del centro histórico luego de clases y los domingos, cuando había plata, miraba alguna película en el Alhambra, el Bolívar o el cine Pichincha. Cuando no había trabajo o algo mejor que hacer visitaba los museos y la biblioteca. También se hizo hincha de El Nacional, que pese a representar a la dictadura militar que la causaba recelo por lo que pasaba en Chile, era el club de moda.

     Un poco más grande ya, se dejó crecer el cabello y escuchó vinilos atrasados de Pink Floyd o Santana; sin embargo, la música andina de Inti Illimani e Illapu, que los amigos chilenos de la época le hicieron escuchar pudo más, y aprendió a tocar la quena, el charango y la zampoña. Alguna vez, harto de la disciplina que inútilmente sus hermanos mayores intentaron imponerle en Quito, decidió regresar al terruño, donde, con autodidacta espontaneidad, se descubrió como escultor de ramas de árboles, con las que en una ocasión construyó una lámpara con forma de mono que le hizo ganar un premio en Imbaya.

     Volviendo a echar de menos la ciudad, regresó para terminar el colegio, con una monografía sobre Geometría. Intentó inscribirse en alguna ingeniería, pero la caja chica de la familia le exigió volver a trabajar. Alguna vez tuvo una novia de estrato social distinto al suyo, que fue enviada a Estados Unidos para alejarlo de él. Fue después de ello que ingresó como mesero a la pizzería, donde conocería a Magui, la mujer que disimuló hasta los siete meses un embarazo que daría como resultado a un despabilado nene prematuro, que resultaría más mono que su hermano mayor y que su otro ñaño despistado.

     Unos años después, tras separarse y enviudar, Magui y el muchacho polifacético que de campesino pasara a matemático y a artista, se darían una oportunidad pese a las incertidumbres de la familia y el mundo. Tras escuchar ella el llamado de una oportunidad en el extranjero, a puertas del fin de la cortina de hierro en Europa, el chico ahora convertido en hombre se haría cargo  —junto a la hermana mayor que acaso hizo también de una madre postiza para él— de tres niños a los que a veces tendría que dar algún coscacho, pero a los que también presentó al museo de cera, a la biblioteca del Ágora de la Casa de la Cultura y llevó por primera vez al Atahualpa, donde conocería a mi primer ídolo de la infancia, Álex Aguinaga.

     Cuando mamá me lo presentó, se me hizo muy similar al Pepe Cortisona de Condorito. Compartimos muchas cosas, nos soportamos mutuamente y también nos caímos mal. En la primera casa que se compró con mi mamá tuvimos una tienda, donde solíamos poner un colchón para dormir todos juntos los sábados, para venderle trago a los borrachos, mientras mirábamos alguna peli de la tele. Durante la época en que nació su hijo, nuestro hermanito menor, aprendió a batirse solo en Italia, sin mamá, en donde seguramente vivió muchas aventuras, mientras le sacábamos canas verdes a la Magui con nuestros púberes caprichos.

     Un año antes de irse definitivamente junto a mi madre y mi hermano menor se abrió una oficina de asuntos paranormales que me recordó a la de Los Cazafantasmas, su último intento de construir algo para él. Sobrevivió a una ocasión en que un colombiano le apuñaló, fue a la cárcel por servir de aval a un amigo, se cayó de una moto en Italia y en alguno de sus regresos, el avión en qué venía se descarriló. En alguna ocasión que entraron a robarnos, fue tras el choro y le quitó el televisor que se quiso llevar. Si hay una versión nacional cercana a Chuck Norris, definitivamente es el Bayo.

     A los siete años me regaló la primera novela que tardaría algún tiempo en terminar, luego de leer primero la que obsequió a mi hermano mayor que quizás no leyó jamás. Era Enrique Di, de Francis Finn.

     



sábado, 13 de junio de 2026

Viki

Un puente invisible atraviesa el océano;

sobre él, un gato se pasea cada noche.

Viejas y nuevas canciones se escuchan en el horizonte, mientras la luna lo sigue a todos lados.

Es curioso, 

cómo se puede ser tan cercano y a la vez distante; 

cómo se puede pasar de lo concreto a lo abstracto.

Los barcos miran, también invisibles, al gato;

alguien ansiará por su puerto y otros seguirán su rumbo.

Somos pájaros, mientras otros duermen, en algún lugar del mundo.


jueves, 11 de junio de 2026

La chica nacional

Don Manuel llegó a Quito hace veintiocho años; oriundo de Rocafuerte, provincia de Manabí, soñaba de niño convertirse en piloto de Fórmula 1, pero una vez puestos los pies sobre la tierra, se encontró a sí mismo trabajando en una cevichería de la capital, primero sirviendo mesas y luego como ayudante de cocina. Bastante más decidido que sentimental o nostálgico, cuatro años más tarde renunció a su trabajo, y con un coche que no era de carreras empezó a vender encebollado como ambulante, primero junto a la estación del trolebús de El Recreo por donde vivía y más adelante a las afueras del hospital del Seguro. A veces llevaba su carrito incluso hasta el coliseo Rumiñahui, cada vez que había un concierto, y otras, desafiando a la chapería municipal, a la Plaza de Toros, varios años antes de la suspensión de las corridas.

    Con el tiempo y tras muchas privaciones, Don Manuel logró abrir su propia cevichería, a unas cuadras del hospital, donde al parecer le había ido mejor. Empezó primero como cocinero, mesero, cajero y posillero; luego, ya con medios suficientes, contrató un par de muchachos oriundos también de la Costa, una de ellos Mariela, que con el tiempo se convertiría en la madre de sus dos hijos: Boris, quién para tristeza de Don Manuel preferiría ser hincha de Liga que de Barcelona, y Anahí, la consentida de la casa. El negocio continuó de maravilla y tiempo después necesitó de más personal, entre el que apareció Julia, solandeña de dieciocho años, no muy agraciada para el gusto de Doña Mariela, quien en secreto temía que Don Manuel se volviera a enamorar de alguna de sus nuevas empleadas. 

    Julia tenía una nena de dos años, Cristina, a quién conoció luego de un fallido amor eterno de adolescente que no duró ni nueve meses, y por quien tuvo que aplazar indefinidamente su aspiración de ser doctora. Solía dejarla al cuidado de su madre, quien tenía un taller de costura en el barrio y que la habría apoyado más, de no ser porque aún debía cuidar de sus hermanos menores. Bastante torpe al principio, Julia fue de aquellos marineros que tuvo que aprender a navegar entre la tempestad: la tempestad del restaurante de mariscos que abría desde las siete de la mañana con desayunos costeños y encebollados para el chuchaqui, y se iba de largo hasta las cinco de la tarde, o hasta que el último ceviche o arroz con camarón se hubiese acabado. Tras aprender el oficio luego de quebrar muchos platos y vasos, de confundir pedidos y de a veces dar de comer las sobras a un mendigo que solía aparecer por el local, Don Manuel y Doña Mariela le tomaron cariño a Julia, quien a pesar de sus notorios rasgos andinos se había vuelto más mona que el resto de sus compañeros.

    Un día arribó al restaurante una pareja venezolana, Edwin y Mariángel; llegaron con una hoja de vida mal impresa que aseguraba que tenían estudios universitarios, pese a lo cual, mencionaron estar dispuestos a trabajar en lo que sea. Por esa misma temporada, dos de los meseros, Karina y José Carlos, que curiosamente también se habían enamorado en la cevichería, al igual que Don Manuel y Doña Mariela, anunciaron que se irían a vivir a Santo Domingo, donde pondrían un restaurante con otros parientes. Edwin y Mariángel eran muy hábiles; a diferencia de Julia, no tardaron en adaptarse a la rutina del salón, reemplazando a la pareja que se había ido. Los detalles de la manera en que fueron contratados nunca le fueron revelados a Julia ni debían ser de su interés.

    Luego del terremoto de 2016, otra mesera, Viviana, que también era de Manabí, decidió renunciar también con el fin de ir a acompañar a sus abuelos, prometiendo volver si se le daba chance, en cuanto su situación estuviese más resuelta. Fue entonces que Mariángel recomendó para ocupar su lugar a una prima suya, Érika, quien llegaría desde Maracaibo dentro de pocos días. Durante ese lapso, Julia tuvo que doblar turnos y trabajar más fines de semana seguidos. Finalmente Érika reemplazaría a Vivi, de quien no se volvió a saber nada. Maykel, un pelado de Quevedo quien era el menor de los meseros anunció que se iría también, pues finalmente había obtenido un cupo para estudiar medicina en la Universidad Central, provocando un sentimiento mezclado de felicidad y envidia en Julia. No pasó ni un día cuando Isabel, una muchacha de Táchira, lo reemplazó. Alguna vez se le ocurrió a Julia preguntar a Doña Mariela por qué ese empeño en contratar ya solo a extranjeros. «Ellos trabajan más, la gente de acá es vaga», sostuvo la jefa, hace años otra chica nacional que llegó al salón precisamente buscando trabajo.

    Meses después, Julia escucharía sin querer una discusión: eran Edwin y Mariángel reclamando a Don Manuel por negarse a subirles el sueldo. Julia supuso que quizás los trescientos sesenta dólares que les pagaban empezaban a serles insuficientes; después de todo, en un país dolarizado la vida es cara. 

    La hija de Julia, Cristina, tiene ya ocho años; Edwin y Mariángel tienen también una hija, Melanie, de seis. En una fiesta que Don Manuel organizó para el cumpleaños de Anahí y a la que invitó a todos los empleados, las niñas jugaron la tarde entera. Algo borracha ya, y preocupada por la repentina carga horaria que sus patrones le habían impuesto hace poco, Julia se atrevió a preguntar a Edwin y Mariángel el porqué de su pretensión de pedir más paga, si supuestamente todos ganaban lo mismo. Fue entonces que lo supo: a Edwin se le pagaba doscientos cincuenta al mes y a Mariángel, que también ayudaba en la cocina, trescientos.

    La semana siguiente, a Julia le volvieron a doblar los turnos. Para entonces, entendió por fin que los extranjeros eran mejores trabajadores por aceptar menos paga a cambio de más horas de trabajo y exigir menos retribuciones sociales. Julia, en secreto, ya estaba enviando hojas de vida a otros restaurantes e incluso a un supermercado que el amigo de un chico que pretendía salir con ella le había recomendado; sin embargo, la respuesta no pasaba en el mejor de los casos de un «no nos llame, nosotros la llamaremos». 

    Una mañana, Julia no vio más a Edwin ni a Mariángel en el restaurante de Doña Mariela. En su lugar había otras dos venezolanas: Carlota y María Eugenia. Nadie, excepto el cliente, es indispensable.

(Publicado originalmente en 2018)


miércoles, 10 de junio de 2026

El secreto

En aquel sitio oscuro no podía distinguirse si era de día o de noche; con excepción de ciertos momentos en que una descarga eléctrica calaba en lo más hondo de sus huesos, el resto daba igual. Durante los pocos momentos de remembranza intelectual que le quedaban, recordaba ese cuento griego en que un cuervo devoraba día tras día a aquél semidiós cuyo nombre ya no parecía importar.

     Una mañana, llegó la sentencia.

     Estaba resignado; no revelaría el secreto por nada del mundo. La idea de la muerte era terrible, pero a la vez esperanzadora. Si aquel final contribuiría a que en algún otro sitio del mundo la vida continúe, nada sería en vano.

     El rostro detrás de la máscara del verdugo se prestaba para todas las fantasías posibles: podría ser un hombre, una mujer, una bestia o un ser intangible. Moriría para que el secreto no pudiera revelarse. Con los ojos llenos de lágrimas por el miedo, pero con el corazón tranquilo, se acerca lentamente hacia la luz de una espada cuya hoja refleja los primeros y últimos rayos del sol, un sol que no había visto en varios días.

(Publicado originalmente en 2009)

martes, 9 de junio de 2026

Discos y casetes

 Aquí un listado de música que llegué a a tener en formato físico, aunque no llegué a atesorar demasiados álbumes o demos, pues además de chiro, era más de escuchar radio, mirar clips o escuchar trabajos prestados. La mayoría regalé, perdí, me robaron o ya tiré por daños (he excluido copias piratas, grabaciones o descargas y DVD). También me obsequiaron discos o cintas. A quienes lo hicieron, gracias.

-Bajo Sueños, Nada de amor (1999, CD) 

-Black Sun, Silent Enemy (2020, CD)

-Toccata & Bulla, Condena (1996, casete)

-Basca, Hijos de... (1997, casete)

-Chancro Duro, Capítulos que se le olvidaron a Chancrantes (1997, casete)

-Total Death, Silencio de Soledad (1996, vinil)

-Total Death, Lágrimas de ensueño (2000, CD)

-Total Death, El rostro que llevamos dentro (2001, CD)

-Sacrificio Punk, Represión (1997, casete)

-Mortal Decision, No hay Quórum (1994, casete)

-Mortal Decision, Vota por Mí (1996, casete)

-Mortal Decision, El perfil del asesino (2010, CD)

-Pink Floyd, Pulse (1995, CD)

-Guns N' Roses, Use your Illusion I (1991, CD)

-Guns N' Roses, Use your Illusion II (1991, CD)

-Guns N' Roses, Appetite for Destruction (1987, casete)

-Nirvana, MTV Unplugged in New York (1994, casete)

-Nirvana, In Utero (1993, casete)

-Héroes del Silencio, El espíritu del vino (1992, CD)

-Ilegales, Directo (1986, CD)

-Ozzy Osbourne, Ozzmosis (1995, CD)

-Os Paralamas do Sucesso, Arquivo (1990, CD)

-Tears for Fears, Tears Roll Down (1992, CD)

-Dimmu Borgir, Spiritual Black Dimensions (1999, CD)

-Lacrimosa, Elodia (1999, CD)

-Theatre of Tragedy, Aégis (1998, CD)

-Stratovarius, The Chosen Ones (1999, CD)

-Penitent, Deserted dreams (2004, CD)








lunes, 8 de junio de 2026

Miriam

Tendríamos quince; ella iba al colegio Quito, en la época que usaban aquel saco rojo que se hizo mundialmente famoso tiempo después en la película Ratas, Ratones, Rateros de Sebastián Cordero, y yo iba al Montúfar, que aún conserva esa horrible saco azul del diario que a algún rector se le ocurrió como novedoso mecanismo de control, para evitar que guambras ajenos al plantel se colaran en nuestras aulas. Era 1997, y nuestros colegios todavía eran femenino y masculino.

    En el «MH» existían dos tradiciones sonsas: tenías que darte de «piscinazo» (puñetes), al menos por una vez durante toda la secundaria, y nunca, ni por muy desesperado que estuvieras, salir con una chica del Quito, pues quedarías marcado de por vida como bagrero, ya que «un señor Montúfar no podía rebajarse a estar con una del 2001» (una bonita entre dos mil feas... ni que hubiésemos sido guapos, longos adefesios). Podías salir, sí, con chicas del Manuela, Idrobo, Espejo, del Simón o del 24. Por supuesto, si es que te daban chance.

    Se decía que en generaciones anteriores a la nuestra, si te pescaban vacilando con una man del Quito en la calle, al día siguiente eras recibido en el colegio con una lluvia de esputos o centavos de sucres; también corría el rumor que te colocaban ladrillos en la mochila. Personalmente jamás llegué a comprobar que ocurriera; sin embargo, la acosadera y jodedera a la que quedabas expuesto hasta graduarte, tampoco eran algo que dejara en paz los nervios. A muchos lecheros, sin embargo, eso les importaba un pepino (el apodo era por la cercanía del colegio a la pasteurizadora); «cualquier hueco es trinchera», reflexionaban algunos, otros simplemente concluían «el que no bagrea no culea».

    Al club intercolegial de Periodismo, al que acudía los sábados desde tercer curso, empezó a asistir una delegación del «Técnico Humanístico Quito», colegio en el que nos reunimos incluso por algunas semanas, luego que el Círculo de la Prensa nos vetara por un tiempo. Al decir verdad no estaban tan mal; había al menos tres chicas que se me hicieron simpáticas: Lisette, Majo y Miriam. Por ese entonces estaba más o menos obsesionado con otra man del Consejo Provincial que no me pararía bola. Una vez que volvimos al Círculo, luego de San Valentín, mientras alguien nos daba una aburrida charla, empecé a notar que la Miriam me miraba de reojo. Tenía ojos bonitos, las mejillas un poco coloradas y un par de dientes como de conejita que le daban cierto aire coqueto. Me recordaba un poco a la cantante Jewel, que por esos días rotaba en MTV «You were meant for me», aunque no tan suca.

     En una fiesta que hicimos en abril en el colegio Ángel Teófilo Chávez, a la que acudí despechado porque la tipa del Consejo que no me paró bola dejó de presentarse en el club, le propuse a la Miriam que bailemos. Estaba borracho ya. Me preguntó qué me pasaba; le dije que ya no asistiría más al grupo y que por ende era mi despedida. Luego de intentar conversar un rato y bailar alguna Macarena u otra cosa, me dijo que ya tenía que irse. «¿Puedo darte un beso?» le pregunté, sorprendido de mí mismo pese al guaro que traía encima, ya que en circunstancias normales no lo haría ni loco. Sorprendentemente dijo que sí. Más o menos una hora después me besé con otra chica también. Regresé entonado a la casa, y me importó poco que mamá dijera que charlaríamos por la mañana. Me sentía un galán, un señor.

     El sábado siguiente volví al Club con el rabo entre las patas. Al preguntarme por qué, Miriam, que seguía mirándome con ojos de cariño, me preguntó la razón. Me disculpé diciendo que había armado un drama innecesario, y que estaba un poco fuera de mis cabales por el trago. Ella solo se rió. Esa tarde me senté junto a ella, arrimando confianzudamente mi cabeza en su hombro. Ronroneaba cariño por todos sus poros, como una gatita. Fue cómodo estar allí.

     Al salir de la reunión ofrecí acompañarla hasta La Marín para tomar el bus. Al bajar por la Flores, le pedí detenernos.

     —¿Quieres ser mi novia? —me atreví—. La vez anterior, en que fui rechazado por la del Consejo, no había tenido tanto tino.

     —¿Es en serio? —preguntó, con ternura.

     —Sí. ¿Te gustaría que seamos novios?

     No dijo nada. Solo me tomó de las manos y me besó. Fue mi primera novia; no sé si fui su primer novio y no me importó. Durante la siguiente hora que duró la espera por su bus y el trayecto que hicimos en él hasta la parada donde debería tomar el siguiente, quizás fui feliz y no lo supe. Hasta que fui visto por los tipos de mi colegio, en la siguiente parada.

     Esa semana, mis compañeros no pararon de joder. «Te vimos, estabas con una man del Quito». ¿Cómo chchs sabían que la Miriam iba en ese colegio, si ni siquiera llevábamos uniforme? El chisme les venía bien. Malditos desocupados, pero más canalla yo, que no pude más con la presión y el sábado siguiente terminé con Miriam, la primera chica de mi vida que se la jugó por darme una oportunidad, que pudo ver algo a través de mi alma de lechero cabeza hueca.

     Varias semanas después, en que el Club organizó un nuevo baile, alguien colocó en el equipo de sonido «No voy a llorar» de Los Diablitos. De pronto Miriam se me acercó al oído y susurró: «te dedico esta canción». Tras dejar ahora sí el intercolegial por la premilitar y graduarme luego del colegio, algún tiempo después volví a ver a alguien muy parecida a Miriam junto a otro muchacho, cerca del colegio Don Bosco. Él la abrazaba por detrás y ella llevaba pancita. De pronto algo se desbloqueó en mí y sentí deseos de llorar. De haber estado con ella habría hecho lo posible para no ser padres tan jóvenes, para que cada uno logre sus sueños. Quizás, me estaba equivocando de nuevo y ella solo era feliz.

     No me agradan demasiado los vallenatos, por lo que el tema de Los Diablitos no logró hacer mella en mí. La canción de Jewel sí me lastima un poco.

     

domingo, 7 de junio de 2026

Dusan

Hay intrépidos —más bien temerarios— que aseguran que uno no muere de muerte sino de olvido. 

    Dušan Drašković (Dusan, para los amigos) llegó a nuestro país un 5 de marzo de 1988, un año después de la muerte de mi padre y del secuestro de León Fébres-Cordero, y dos meses después de la desaparición de los hermanos Carlos y Andrés Restrepo. Ese año concluiría con Emelec de Guayaquil imponiéndose a Deportivo Quito en la final del campeonato nacional de fútbol; ese año todavía existía Yugoslavia.

    Nacido en Bania Luka, ciudad de la actual entidad subnacional bosnia conocida como «República Srpska», pero criado en Montenegro, llegó a dirigir a nuestra Selección luego de una carrera no muy difundida como jugador y entrenador en los por acá desconocidos clubes serbios de Spartak Subotica, Vojvodina y Radnicki. Contrario a la creencia de que todo por acá se consigue a punte palancazo, se dice que la Federación lo evaluó por sobre el desempeño del brasileño Walder Pereira (Didí) y el vasco Javier Clemente. 

    Según testimonios de la época, hizo scouting por varias provincias del país para conformar el equipo que, según muchos especialistas, iniciaría la revolución de nuestro balompié, si bien muchos críticos sostienen que el mérito le corresponde a Hernán «Bolillo» Gómez (y por partida doble además, tras haber sobrevivido a un atentado). 

    En esa escuadra jugarían Álex Aguinaga, quien ya vestía la tricolor desde 1987; Carlos Luis Morales, Víctor Mendoza, Carlos Muñoz y Jimmy Izquierdo —que partieron ya—, Hólger Quiñónez, Luis Capurro, Jimmy Montanero, Raúl Avilés, Kléber Fajardo y otros nombres, algunos que permanecieron durante la Copa América de Argentina 1989, Chile 1991 y nuestra edición de 1993; otros que rotaron entre las eliminatorias para Italia 90 y Estados Unidos 94 y sobrevivieron hasta la era Maturana rumbo a Francia 98. Álex Aguinaga e Iván Hurtado conquistarían posteriormente el entonces sueño máximo de nuestro fútbol: clasificar al Mundial Japón-Corea 2002, bajo la tutela del Bolillo.

    La Copa América de 1993, disputada en nuestras canchas, sería el prime de Dusan, tras alcanzar las semifinales luego de una hasta ahora insuperable racha continental de victorias frente a Venezuela, EEUU, Uruguay y Paraguay. México, que despedía la carrera de Hugo Sánchez sería nuestro verdugo y el verdugo de Dusan; Colombia nos arrebataría el premio de consuelo. Luego de ese torneo y tras las eliminatorias para la Copa FIFA del siguiente año, Brasil y la entonces sorprendente Bolivia se quedarían con los cupos.

    Luego de aquel duro traspié, Dusan partiría a Brasil para dirigir al Bragantino y regresar luego al Barcelona. Los combinados nacionales de Bolivia y Sierra Leona también le darían una oportunidad, así como el club Comunicaciones de Guatemala. Finalmente optaría por establecerse en nuestro país, que le acogió, aplaudió y criticó mientras su país de origen se desarmaba durante las guerras entre nacionalistas serbios, croatas y musulmanes. 

    Se dice que Dusan estableció el biotipo como característica fundamental del futbolista tricolor y que aplicó en nuestro equipo el principio del jugador táctico polifuncional, que serían las bases de nuestra actual Selección. Dusan fue alegría, tristeza, victoria, derrota, frustración y esperanza. La Historia no suele reconocer a quienes empezaron la obra sino a quienes la concluyeron.

    

jueves, 4 de junio de 2026

Guambrateca

Funcionaba en el actual Centro Cultural Metropolitano, que en la colonia albergó a las universidades San Gregorio y Santo Tomás de Aquino y en la vida republicana a la actual Universidad Central, que se incendió en 1929. 

    Acudí por primera vez en 1991, como parte de una excursión de mi escuela. Las salas que más recuerdo eran las de Dibujo, Carpintería, Música, Computación, Ciencias e Historia. Esta última era una especie de túnel del tiempo, con figuras que representaban a los antiguos griegos, y desembocaba en un escenario espacial que ilustraba el viaje a la Luna. En la sala de ciencias observé por primera vez a una pulga a través de un microscopio. En la de música hicimos una vez un juego que consistía en que te vendaban los ojos y alguien señalaba a un niño o una niña, debías decir “Sí” o “No”, y en cuanto te la quitaban, debías dar un beso donde dijiste que sí. Por supuesto, no había besos en la boca. Mi hermano menor, en otro día que fuimos juntos, se demoró un siglo en probar con una flauta.

    En Computación había un juego de naves, estilo Galaga o Galaxian. Tenían además una sala de audiovisuales, con un televisor enorme, donde vi por primera vez En busca del Valle Encantado, y en otra ocasión un documental sobre cómo eran las escuelas en Japón, y lo arduo que aprender su sistema de escritura. Al final de cada recorrido siempre organizaban una especie de teatro, con animadores y payasos, en el patio ubicado de frente a la esquina de Carondelet, obsequiándonos al final un cartón de leche o naranjada. 

    La Guambrateca abría de lunes a viernes para escuelas primarias y los sábados para todos los niños. La cerraron alrededor de 1994 o 1995. Hoy, lo que alguna vez fueron sus salas temáticas infantiles son galerías destinadas a exposiciones de arte, que a veces suelen estar vacías. Con el internet y la inteligencia artificial que existe hoy, no sé si a los chicos de la actualidad el sitio les parecería la gran cosa; en mis recuerdos sigue siendo uno de los mejores sitios en los que un niño de Quito pudo estar.

martes, 2 de junio de 2026

Una ruta y una promesa


Esa mañana
despertó con una leve resaca tras la despedida de la noche anterior: fue el último show junto a su banda, aquella que conformó veinte años atrás junto con Santiago, a quien conoció en aquel colegio de Chillogallo al que llegó desde aquel otro plantel, donde todos los lunes llevaba saco y corbata, donde todos y nadie eran como él.

     Se había enamorado del metal tras una tarde de discos junto con un curioso amigo, que desde Luluncoto lo llevó en un viaje mágico hacia la lejana Escandinava, a través de una autopista de vinilo. Pasó casi nada desde aquel niño que se divertía cantando temas de Menudo y Raphael e inició una colección de cintas de distintas partes del mundo, a ese hombre que caminaba, con las manos en los bolsillos, junto a las vías del tren de la ciudad, ese que hoy emprendía viaje hacia lo desconocido.

     De escuchar casetes durante el preciso instante entre la última luz del día y las primeras estrellas de la noche se convirtió también en una, junto a la banda que soñó en aquel otro colegio donde todos y nadie eran como él pero los sueños se estrellaban contra un inmenso muro, con una salida tan solo para los más Intrépidos, aquellos que habían renunciado a algo. Junto a las vías del tren, en su yegua metálica, Negrita, hoy vuelve a sentir algo parecido a aquello, a la emoción del primer concierto, en aquella lejana kermés, dónde alguno quizás se burló o le llamó nerd, que inmortalizó en aquella foto entre tantas, que pronto formaron un nuevo mural, esta vez de esperanza.

     Los años pasan y los recuerdos quedan, como las canciones. Un largo viaje de altibajos cada presentación en cada barrio, en cada ciudad, en cada festival. Una alegre caja de anécdotas en cada radio, en cada entrevista, en cada nota de prensa una nostalgia futura. Durante el último show se ha dirigido a la gente sin despedidas difusas: "el que mucho se despide pocas ganas tiene de irse". Se ha abrazado con Santiago, el único que le siguió el paso hasta ese día y le ha deseado suerte a Chava, quien le tomará la posta.

     Se ha ido de madrugada; el aire fresco parece mitigar la resaca y el miedo. Tomará viada, descenderá a gran velocidad, cabalgará junto con Negrita hacia nuevos senderos.