jueves, 21 de mayo de 2026

Hotel

En un episodio de Los Años Maravillosos, escuché alguna vez una frase que siempre me dejó pensando: «no eres dueño de nada, excepto de tu corazón y tus temores». A veces, cuando digo «mi casa», olvido que es la casa de mis padres. A veces, cuando digo «mi casa», olvido que es una casa arrendada, por la que debo pagar cada mes. Así, simplemente, no se puede estar en privado.

    En una ocasión, durante un inicio de año, decidí salir de la ciudad, a cualquier parte, para estar solo. Tomé un bus en el entonces aún flamante nuevo Terminal terrestre de Quito y me trasladé a Ambato. Me alojé en el Hotel Amazonas, un establecimiento nada lujoso pero confortable, ubicado en la avenida Bolivariana, por donde pasan los buses a Baños y al Puyo. De haber tenido más plata habría ido hasta Baños. Sin embargo, era lo que había, tomé mi llave, me di una ducha y me puse a mirar Superman Returns —según la crítica, la peor del Hombre de Acero—, y me quedé dormido. Al despertar, decidí salir un rato a la ciudad, que todavía hedía a ceniza y petardos de monigotes de Año Viejo. Tras comer de merienda un pastelillo con leche, y poner en el cable un canal de dibujos animados antiguos, me dormí sin pensar en nada.

    Varios años después, un romance me llevó esta vez a un motel. La idea había sido de Vivi, con quien tenía una relación indefinida, pues andábamos quizás en un punto intermedio entre vacile y noviazgo. La noche se pintaba perfecta; imaginé por un momento que haríamos el amor ni qué estrellas de porno. Nada más lejos de la realidad. Además de no tirar como los dioses y no poder dormir, el jacuzzi jamás funcionó. Para rematar, al día siguiente pasamos por una farmacia y me recomendó tomarme no sé qué pastillas, en caso de que haber pescado alguna infección.

    En otra ocasión, luego de mi frustrado intento emular a Rocco Siffredi, debí dirigirme a la provincia de Bolívar, para rendir un examen de postulación para ingresar como servidor público en el Municipio del cantón Chimbo. Ya que esa ciudad quedaba a más de cinco horas de Quito, decidí por precaución viajar el día anterior hasta Guaranda y pasar la noche en un hotel. Ya que andaba con las justas de dinero, busqué un sitio barato, con la esperanza de que no fuese un cuchitril. La fortuna quiso que escoja el peor lugar posible: el cuarto tenía una ventana del tamaño de un plato de comida, las cobijas parecían sucias y en el cuarto adjunto, unos tipos de la Costa no paraban de hablar en voz alta. Intenté quejarme con la dueña, pero resultó más brava. De haber tenido plata me habría ido a otro lugar. Para colmo, había olvidado empacar una piyama y tuve que dormir con el jean que traía puesto. Al día siguiente, con cara de mal chuchaqui, me presenté al examen que días después me enteraría que obtuvo la segunda mejor nota, pues la primera, sospechosamente, la obtuvo un tipo que ya trabajaba en ese Municipio, en una plaza de comunicador social pese a ser diseñador gráfico, obteniendo perfecto además en la evaluación psicológica.

    Hay quienes dicen a veces, con mucha soberbia, que preferirían dormir debajo de un puente que estar en ciertos lugares. Hay dos sitios en los que preferiría no dormir jamás: las calles y la cárcel. Me pregunto si quienes viven en situación de calle realmente llegaron a acostumbrarse a esa vida. Me pregunto si existen personas que viven cada semana de motel en motel. Qué difícil debe ser trabajar en un hotel, motel u hostal y tener que vigilar el sueño de los demás. Kevin Arnold tenía razón: no somos dueños de nada, excepto de nuestro corazón y temores.

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