domingo, 24 de mayo de 2026

La juguería

Nunca fui bueno trabajando. Tampoco es que fuese un vago. O, ¿lo era? A los treinta y tantos años me pasó algo que tal vez le pudo ocurrir a cualquiera.

    A un año de iniciada la pandemia mundial por coronavirus, la situación era tan o más complicada que ahora. Las medidas de bioseguridad obligaron a muchas restricciones, con varios efectos colaterales, entre ellos, el cierre de varios negocios. El preuniversitario donde trabajaba no fue la excepción, luego de intentar infructuosamente llevar las clases en modalidad virtual, que los pocos estudiantes que quedaban consideraron inútil. Antes de aquella crisis, mi esposa también llevaba dos años sin trabajar, desde que fue empujada a renunciar.

    Mi madre que vivía aún en el extranjero decidió apoyarnos. Uno de sus sueños frustrados, según me contó alguna vez, fue poner una cafetería. Sin preguntarme mucho, decidió que aprovecháramos un local desocupado de la casa, que pasó de ser panadería, bar, karaoke, sucursal de tintorería, distribuidora de bolos helados y museo de caricaturas a sastrería. El maestro tuvo su negocio allí durante seis o siete años, y vivía con un pequeño perro; sin embargo, desde antes de la pandemia ya tenía dificultades para pagar el arriendo a tiempo, y finalmente, en aquel «veinte-veinte» no pudo más. 

    Tras un año de cerrado, y con el aporte económico de mi madre, mi pareja y yo decidimos poner la juguería. Luego de buscar el exprimidor de metal, el extractor eléctrico, vasos, un cooler, una pequeña caja móvil de aluminio y vidrio y un microondas, que compramos en su mayoría cerca del Ipiales —donde estaban más baratos—, y de dejar pendiente la compra de un pequeño refrigerador que estaba más caro, nos lanzamos a reabrir el local, dejando un detalle pendiente: el nombre que le pondríamos a la juguería. 

    Mi vocación frustrada de corresponsal de guerra y curiosidad por los libros de Historia me sugirió el nombre «Jugoslavia», que años después le parecería a mi cuñado genial, pero que en ese momento mi esposa detestó. «El jugo de La Alameda» se nos hizo un nombre muy genérico y ñoño, así como otras opciones que ya he olvidado. Finalmente hallamos uno que encontramos simpático, juguería «El Arupo». Mas, una pequeña incursión en Facebook e Instagram nos hizo descubrir que ya había más de un local llamado así en Quito. Un tanto tristes, pues el nombre habría sido fantástico, decidimos, fastidiados ya, llamar «Jugos y Punto» al emprendimiento, en vista que además no teníamos otra cosa que ofrecer. 

    Me sentía bastante ahuevado. Mi esposa tenía experiencia en restaurantes: antes de su último empleo en el call center, había hecho de mesera, asistente de cocina, cajera y posillera. Yo solo había sido hasta entonces el lavaplatos oficial de la casa. Decidimos abrir la juguería un domingo de febrero que coincidió con las elecciones presidenciales de 2021; era la ocasión perfecta, pues, habría muchas personas en la calle. Me levanté a las seis de la mañana a comprar naranjas y zanahorias; eran los jugos más pedidos, al menos en nuestro barrio. También nos hicimos de alcohol y mascarillas, ya que regía todavía el distanciamiento social. A eso de las nuevo o diez de la mañana, nadie ingresaba aún a nuestro Jugos y Punto; fue entonces que mi esposa decidió jugársela y llevar el dispensador cerca de la escuela que hacía de recinto electoral. Luego de torear a un policía que nos prohibió vender en la fila de espera, vendimos nuestros primeros vasos.

    Regresamos al local para hacer más naranjada e intentar volver a la fila; sin embargo, al regresar a la escuela las personas habían desaparecido. Volvimos entonces, y a eso de las doce recibimos al primer cliente en el local. Era un oficial de Policía, y nos pidió uno de naranja. Fue entonces que sucedió la tragedia: un cabello de mi esposa se coló en el vaso. Avergonzado (mi esposa había subido a la casa para hacer el almuerzo), me disculpé con el chapa y le obsequié otro vaso gratis. Me pagó un dólar. Tras el pequeño incidente, nadie más ingresó en el negocio.

    Al día siguiente, lunes, nada ingresó al local. Tuvimos abierto el negocio hasta la una de la tarde. Nos habíamos bajado la radio, que fue nuestra única compañía. A la hora del almuerzo bebimos bastante naranjada. El martes, un vecino de la calle, que manejaba un negocio de suministros offset cuya mejor época ya era un recuerdo, nos compró dos jugos de naranja. A continuación vino otro vecino que siempre andaba en muletas, que trabajaba para un local que alquilaba sillas plegables. Los dos se convirtieron en nuestros clientes más frecuentes durante aquellos días. Al ver que el negocio no atraía, mi mujer decidió que debíamos ampliar nuestra oferta. Fue entonces que empezamos a ofrecer sánduches con queso, jamón y pan cortado, que ofrecíamos en combo con un vaso de jugo del día a un dólar con cincuenta. Alguno que otro vecino nos hizo el gasto. Un día, una señora me preguntó si le podía prestar el baño, que quedaba fuera del local en un patio exterior. Agradecida, me compró dos sánduches y dos jugos. Fuera de eso, el local volvió a pasar vacío, salvo cuando venía el señor de Sumigráficas o el hombre de las sillas.

    Debido a que nos quedamos sin plata para insumos, decidimos hacer una pausa de unos días, hasta la segunda vuelta electoral que se celebraría el 11 de abril. Aprovechamos además para darle un poco de color al local, pues tanto blanco lo hacía parecer una bóveda de cementerio. Llegado el siguiente domingo, en que la gente elegiría al sucesor del cuántico Lenin Moreno, vendimos cuatro jugos durante todo el día. Quisimos repetir la estrategia de acercarnos con el recipiente a la fila, pero esta vez nos lo prohibieron de una. Los siguientes días se repitió la rutina: aparte del señor de los repuestos de imprenta y el hombre de la silla que creo nos hacía el gasto más por pena, y un tipo que un día apareció merodeando por ahí y que se encaró con mi esposa, el Jugos y Punto finalmente se pasmó en despegar.

    Cerramos definitivamente a mediados de mayo. Mi madre, que volvió a finales de ese año al país, concluyó que el lugar no pudo ganar rentabilidad debido a nuestra posible ineptitud y vergüenza para hacer publicidad. Mi esposa se solía parar a la puerta del local a gritar «¡jugos y sánduches, jugos y sánduches!». Por mi parte hice algunos posts en redes sociales. Fue entonces que mi madre propuso convertir el lugar en una cafetería: se compró tres mesas con sus bancas, la refri que nunca pudimos adquirir, otra licuadora, una estufa y a una prima que es diseñadora gráfica le encargó diseñar unas volantes con un menú que jamás cocinaríamos, pues, tras acusar a mi esposa de ser una vaga, y de contagiarnos finalmente de coronavirus en enero del 2022, mi madre, que le tenía pavor a la Covid por la cantidad de ancianos que se llevó en Europa, decidió alejarse por precaución de nosotros y regresar a su otro hogar.

    Hace meses, mi hermano, que creció con mi madre y se formó como cocinero, se abrió una pequeña pizzería donde fue alguna vez el Jugos y Punto. Estuve con él en el local cuando tuvo su primera venta, a un grupo de estudiantes de Medicina que ya no tuvieron que ingresar con mascarillas y que probablemente solo recuerdan la pandemia como un evento histórico. Ha tenido también sus días y días, y la pizza no está mal; seguro sabe lo que hace.

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