Querido Zi:
Que te diré... casi siempre es más fácil imaginar que hacer realidad los deseos... aunque a veces los sueños parezcan reales, sabes que en el fondo de todo ese desmembramiento no está ocurriendo... y que ese beso tampoco existe. Cuando los objetos perdidos regresan a tus manos, tampoco son los mismos; algo en ellos ha cambiado para entonces. Tus ojos ya no miran del mismo modo, y el aire tampoco es el mismo, ni similar... con cada día el cuerpo parece menos ligero, la carrera más lenta y la respiración más difícil. Con cada día perdemos algo de nosotros, sin darnos cuenta.....
sábado, 16 de octubre de 2010
lunes, 4 de octubre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
Robot
Los días de mi vida habían sido grises y turbios hasta entonces; aquella mañana, en que al fin desperté, lo primero que escuché fue un pájaro que se coló por la ventana. Desde la cama podía ver cómo mis libros no habían cambiado de posición; aparentemente, a nadie le importó en lo más mínimo curiosearlos. Las películas, que estaban apiladas en el estante, simplemente ya no estaban. El viejo póster de Golum, que vino con el periódico de hace varios años, cuando se estrenaba la última parte de El Señor de los Anillos, estaba casi roto.Cuando intenté levantarme, descubrí asustado que la enfermera no estaba. Me habían dicho, a través del enlace cibernético vía R.E.M. que al despertar, una asistente aguardaría por mí. Sin embargo, a esa hora nadie parecía estar despierto; era un jueves, y supuse que mis hermanos estarían rumbo al colegio, y qué mamá estaría en su trabajo.
La situación no me habría molestado en absoluto, de no ser por un pequeño problema: sentía enormes deseos de masturbarme. Sé por mi padre que en el pasado esta práctica era mal vista, y sé por mi abuelo, que su abuelo, le contaba que le saldrían pelos en la mano, si no se quedaba tuerto o ciego primero; el caso es que, siempre me pareció una burrada. Mi profesor de planificación, un hombre que se parecía a Milhouse de Los Simpsons, en pleno siglo XXI solía insinuar que eso también era causa de la calvicie, y que al abstenerse había logrado no sólo mantener una frondosa cabellera, sino también una serenidad digna de los ascetas más fieles. Años más tarde supe por algunos amigos que el tipo murió por sobredosis de viagra.
Como les decía, mis días hasta ese entonces habían sido grises: todo comenzó cuando una terrible infección urinaria sumada a una hemorragia producida por una herida de bala, me había hecho perder el pene. Sí. ¿Pensaban acaso que estaba inválido? No. Sin embargo, gracias a la tecnología y a un experimento de ingeniería biomédica al que accedí a cambio de una cuantiosa suma de dinero que hoy me permite vivir sin incomodidades, ahora tengo un miembro genital robótico, gris, de frío metal. Sin embargo, lo que la ciencia no ha logrado hasta ahora es devolverme el placer que sentía a solas, sin necesidad de conquistar el amor de una mujer, sin necesidad de acudir a un cabancho de mala muerte o de propagar hasta el infinito el rentable negocio de los proxenetas, verdaderos putos a los que la sociedad casi siempre ignoró en detrimento de las hermosas prostitutas que alguna vez, gracias a la generosidad de sus cuerpos, hicieran de hombres vírgenes y casi maricas, hombres machistas y prejuiciosos.
Bueno. Al menos puedo caminar y aparentar una vida normal. Pudo ser peor. Afortunadamente la ciencia estuvo de mi lado. Benditos sean los ingenieros biomédicos. Benditos sean los androides. No sé por qué, pero por alguna razón siento que soy parte de la siguiente generación que dominará este mundo.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Calles de barrio

Solía esperar sentado, caminando, corriendo y divagando durante horas; a veces no me importaba si llovía o si una avalancha humana se lanzaba en estampida. Cerca del lugar, un elefante blanco aguardaba por abrir los ojos; no muy lejos, la niebla negra lo envolvía todo.
Acostumbraba repetir un nombre ahora desconocido en silencio, en voz alta; no faltó nadie que me creyera loco. Lejos, una solitaria cancha aguardaba el grito infantil y extrañaba el furor de los ya envejecidos. Las viejas barandas del estadio se oxidaban al ritmo de las hojas al caer; era un pueblo fantasma.
A veces, para ser el primero en llegar, tomaba un bus cuya terminal era una estación de acero, gris, opaca, como un gallinero de dimensiones espeluznantes, y para partir, casi con el alba, abordaba otro colectivo de colores venidos a menos, de ventanas grasientas y de olores reprimidos. De vez en cuando el aroma de una empanada se colaba por alguna arista, entremezclándose con el anhídrido carbónico.
Me pregunto que habrá sido de mí. Me pregunto qué habrá sido de esas calles de azul oscuro, tendiendo a negro. Me pregunto sí todavía suelen haber estampidas humanas capaces de la carnicería, la brutalidad y la sangre; me pregunto si habrán otros muertos en aquella estación gris.
Acostumbraba repetir un nombre ahora desconocido en silencio, en voz alta; no faltó nadie que me creyera loco. Lejos, una solitaria cancha aguardaba el grito infantil y extrañaba el furor de los ya envejecidos. Las viejas barandas del estadio se oxidaban al ritmo de las hojas al caer; era un pueblo fantasma.
A veces, para ser el primero en llegar, tomaba un bus cuya terminal era una estación de acero, gris, opaca, como un gallinero de dimensiones espeluznantes, y para partir, casi con el alba, abordaba otro colectivo de colores venidos a menos, de ventanas grasientas y de olores reprimidos. De vez en cuando el aroma de una empanada se colaba por alguna arista, entremezclándose con el anhídrido carbónico.
Me pregunto que habrá sido de mí. Me pregunto qué habrá sido de esas calles de azul oscuro, tendiendo a negro. Me pregunto sí todavía suelen haber estampidas humanas capaces de la carnicería, la brutalidad y la sangre; me pregunto si habrán otros muertos en aquella estación gris.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Vórtice
«Despierta», me decía esa voz lejana.
Tenía dificultad para recordar el día anterior; por más que lo intentaba solo habían pedazos y fragmentos de lugares, de cosas y de personas. Lo único que sentía con absoluta certeza era un malestar extendido por todo el cuerpo.
Levantarme a caminar no fue sencillo. Todo estaba bien, me habría quedado a morir en ese lugar sin protestar, de no haber sido por el terrible sol cuyo rayos me abducían como tentáculos de pulpo gigante. Ya no podía dormir; sentía un fuerte dolor de cabeza. Sin embargo tenía que continuar.
Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
—Mierda, ¡no quiero morir así! —susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
—Mierda, ¡no quiero morir así! —susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
Decidí correr, hasta que la última araña de luz anaranjada desapareciera de mi vista. El dolor continuaba, y deseaba echarme a rodar, pero el asfalto hervía. De repente, una alfombra de arena se volvió el lecho más confortante. Mi boca, garganta y lengua seguían resecos. No había nada; no había nadie.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—¿Quién eres? —grité. Fue inútil.
Sigo con sed. Sigo con la angustia de que los perros me encuentren. El asfalto sigue hirviendo. Soy fugitivo. Sigo sin encontrar el camino a casa.
jueves, 26 de agosto de 2010
Flores de plástico

Aquella mañana había olvidado el dinero del pasaje, no sé si por pura casualidad o por el designio de alguna mente macabra. El caso es que tuve que bajarme del bus muchas cuadras antes del cementerio, en donde era prohibido llevar plantas, por lo que, previamente, había conseguido unas flores de plástico en un centro comercial del ahorro. No sé si recordar valga la pena (fue lo que pensé luego de comparar el precio de los falsos crespones con los que había comprado). No sé si exista la telekinesis, el cielo o el infierno. La abuela decía que si visitabas un cementerio luego de cierta hora, era muy posible contraer mal aire, enfermedad tradicional que solía curar al soplar un cigarrillo, cuyo humo impregnaba un ramo de chilca que frotaba sobre nosotros. Hoy en día pienso, tal vez de modo ingenuo, que el cigarrillo es un aliciente para la moderna enfermedad del estrés. Mientras recuerdo a la abuela y sus cigarrillos, estoy fumando uno a la entrada del cementerio.
Una vez adentro, recuerdo canciones como aquella de Mecano, que dice que "los muertos se la pasan bien entre flores de colores". Quizás sea cierto. Quizás el problema allí seamos nosotros, nosotros y nuestras flores de plástico, nuestras lágrimas de cocodrilo, nuestros cuentos que probablemente allí no tengan ninguna importancia y nuestras promesas que parecen líneas mal escritas de alguna telenovela. A veces suponemos cosas, como por ejemplo, que al invocarlos ellos vivirán por un momento, que serán felices mientras los recordemos. A lo mejor no es así. . Quizás cada vez que vamos sólo los disgustamos otro poco. Quizás ellos en realidad sean felices sin nosotros. Quizás lo que en realidad los hace felices, es que ya no los molestemos.
Una vez adentro, recuerdo canciones como aquella de Mecano, que dice que "los muertos se la pasan bien entre flores de colores". Quizás sea cierto. Quizás el problema allí seamos nosotros, nosotros y nuestras flores de plástico, nuestras lágrimas de cocodrilo, nuestros cuentos que probablemente allí no tengan ninguna importancia y nuestras promesas que parecen líneas mal escritas de alguna telenovela. A veces suponemos cosas, como por ejemplo, que al invocarlos ellos vivirán por un momento, que serán felices mientras los recordemos. A lo mejor no es así. . Quizás cada vez que vamos sólo los disgustamos otro poco. Quizás ellos en realidad sean felices sin nosotros. Quizás lo que en realidad los hace felices, es que ya no los molestemos.
sábado, 21 de agosto de 2010
El churo

Esa tarde ella salió por un momento de su cuarto, sin imaginarse que me encontraría de regreso del bosque. Coincidimos en una celda inerte, llena de luces y colores, mismos que luego noté reflejados en sus anteojos.
—Ten, gracias por tu libro —le dije. —Pero he olvidado traerte la peli que te prometí.
—No hay problema —respondió. —Y casi al instante, me regaló unas galletas con chispas de chocolate, golosina que sin darme cuenta, me ha provocado adicción.
—Es curioso que nunca te haya visto —proseguí, mientras ella señalaba con su brazo el colegio donde divagó por seis años, haciendo cuentas e imaginando cuentos.
—¿Vives cerca? —volvió a preguntar.
—Sabes que sí.
—¿Te has subido al Churo alguna vez? —le sugerí, con la esperanza de que me acompañe hasta la cima del mundo, en aquella colina artificial del parque de La Alameda.
—No hace falta —respondió. «Ya estamos en uno».
jueves, 29 de julio de 2010
A veces
A veces me pregunto
si el sol es el mismo en realidad,
en cualquier lugar del mundo;
si la noche nos cobija a todos por
igual,
si las constelaciones sólo difieren
en el norte o en el sur.
A veces desearía sentir al silencio
pero el ruido es más profundo;
desearía escuchar al mar desde
la cordillera,
pero los gritos no me permiten
concentrarme.
Me pregunto si alguien es capaz
de leer todos los libros del mundo,
y me pregunto también si alguien
pudo estar en todas partes;
a veces me pregunto si el sol en
realidad es el mismo para todos.
si el sol es el mismo en realidad,
en cualquier lugar del mundo;
si la noche nos cobija a todos por
igual,
si las constelaciones sólo difieren
en el norte o en el sur.
A veces desearía sentir al silencio
pero el ruido es más profundo;
desearía escuchar al mar desde
la cordillera,
pero los gritos no me permiten
concentrarme.
Me pregunto si alguien es capaz
de leer todos los libros del mundo,
y me pregunto también si alguien
pudo estar en todas partes;
a veces me pregunto si el sol en
realidad es el mismo para todos.
jueves, 8 de julio de 2010
Suele suceder

Esa tarde habían más luces que de costumbre; el aroma de las flores era tan intenso que provocaba nauseas. Pese a que no existía el invierno en ese lugar del mundo, las personas llevaban prendas obscuras, que seguramente provocaban asfixia. Varias mujeres llevaban la cabeza cubierta con velos, a la manera musulmana; pese a estar tristes, todos se abrazaban y repetían "no somos nada".
No entendía aquella situación. Intentaba hacer preguntas, pero a nadie parecía importarle. De pronto, alguien me hizo caso. ¿Por qué todo esto? le interrogué.
—No sé. Pero suele suceder.
martes, 22 de junio de 2010
Vueltas

Esa ordinario día no pensó en nada: simplemente tomó la bicicleta con la esperanza de andar hasta donde más pudiera; no buscaba escapar, ni una aventura, ni ganar un torneo, ni siquiera le interesaba el medio ambiente; simplemente le dio por agarrar los pedales. Sin embargo, la cercanía de la noche le hizo por un momento pisar la tierra, tener intenciones y alcanzar una paradójica meta: volver a casa.
El parque era más grande de lo que se había imaginado; no había gente, apenas se escuchaban unos pájaros y la neblina apareció silenciosa, sin ser invitada por nadie. Fue entonces cuando la vio, sentada, bajo un árbol, con otra bici.
-¿Tienes la hora? preguntó, con cierta timidez, pero también con un ágil quemimportismo.
-¿Acaso crees que el tiempo importa aquí? le respondió dulcemente la extraña.
-Qué raro... ¿porqué dices eso? prosiguió el terrible aprendiz de galán.
-Porque este momento, seguramente, no volverá a suceder- concluyó la chica bajo el árbol, que traía un piercing en el rostro.
Pensó de pronto que todo tenía sentido, que el destino le había conducido precisamente a ese mismo lugar, a ese pedazo de tierra, en donde un pedazo de cielo en forma de neblina se había colado como una sábana entre los árboles, como la metáfora de un sueño.
-¿Cómo te llamas?
-Llámame como tú quieras.
Nunca pude lograr que me dijera su nombre. Han pasado varios años desde entonces; me pregunto si aún suele dar paseos en bicicleta y detenerse a descansar bajo los árboles.
Un día regresé al bosque con la esperanza de encontrarla, pero sólo pude descubrir un rastro infinito de nombres escritos sobre los árboles. La chica del piercing tenía razón; ese día no volvería nunca más a repetirse.
jueves, 17 de junio de 2010
Héroe de nadie
La zancadilla me condujo
a un mundo de verdugos invisibles,
de fantasmas galopantes.
Urano y Neptuno eran dos lejanos
centinelas a quienes
miraba desde viejas páginas de libros.
El olor del café es un aliciente
entre la fetidez de lo doméstico;
los gritos de los detractores se propagaron
en lejanos ecos que acabaron de llegar
hace poco.
No hay tiempo ni regocijo,
sólo un puñado de sueños entretejidos
junto a las perspectivas difusas.
No hallaré otro barco pronto,
tendré que caminar junto a la playa
hasta llegar al otro lado.
No hallaré un globo,
tendré que improvisar un par
de alas para salir de este agujero.
a un mundo de verdugos invisibles,
de fantasmas galopantes.
Urano y Neptuno eran dos lejanos
centinelas a quienes
miraba desde viejas páginas de libros.
El olor del café es un aliciente
entre la fetidez de lo doméstico;
los gritos de los detractores se propagaron
en lejanos ecos que acabaron de llegar
hace poco.
No hay tiempo ni regocijo,
sólo un puñado de sueños entretejidos
junto a las perspectivas difusas.
No hallaré otro barco pronto,
tendré que caminar junto a la playa
hasta llegar al otro lado.
No hallaré un globo,
tendré que improvisar un par
de alas para salir de este agujero.
martes, 8 de junio de 2010
Falaz
El sentir se convierte en vapor
en el horno de la pasión;
se esparce como lluvia ácida sobre
los árboles que nos cobijan
del sol,
ese inmenso sol que mientras
brilla para unos es oscuridad
para el reverso de la esfera.
Como arena entre los dedos el
sentir se difumina con el viento y
vuela lejos,
muy lejos,
tanto como la sensación
de la relatividad,
como las manecillas del reloj
desapareciendo.
Es una sensación fuerte pero
al final pasajera,
es quedarse habitando una
celda de cristal,
un transparente caramelo
agridulce,
una mirada nublada.
Es como un aliento vital
que a ratos se vuelve crucial,
pero que un día se vaciará`
por la tonelada de la cotidianidad.
Es un abismo donde todos
se pierden alguna vez,
y pocos salen en una pieza,
pero al final saldrán todos al fin,
unos a para seguir viajando y
otros para contar estrellas...
en el horno de la pasión;
se esparce como lluvia ácida sobre
los árboles que nos cobijan
del sol,
ese inmenso sol que mientras
brilla para unos es oscuridad
para el reverso de la esfera.
Como arena entre los dedos el
sentir se difumina con el viento y
vuela lejos,
muy lejos,
tanto como la sensación
de la relatividad,
como las manecillas del reloj
desapareciendo.
Es una sensación fuerte pero
al final pasajera,
es quedarse habitando una
celda de cristal,
un transparente caramelo
agridulce,
una mirada nublada.
Es como un aliento vital
que a ratos se vuelve crucial,
pero que un día se vaciará`
por la tonelada de la cotidianidad.
Es un abismo donde todos
se pierden alguna vez,
y pocos salen en una pieza,
pero al final saldrán todos al fin,
unos a para seguir viajando y
otros para contar estrellas...
jueves, 27 de mayo de 2010
Matar, muerte, morir

El día en que asesiné al perro que devoró a Waldo, el pequeño pato que tenía en casa de mi abuelo, entendí definitivamente que no quería ser abogado. La decisión de condenar a muerte a otro ser vivo (un perro, supuestamente con mayor inteligencia y sensibilidad que otros animales), era algo que no me dejaba dormir. En la televisión son comunes las noticias sobre ajusticiamientos indígenas, donde los supuestos criminales son incinerados; la justicia es un elemento tan comercial que muchos no sólo descreen de ella, sino que la han reducido a una máxima vital: eliminar al mal de raíz, matar, sí, matar, como lo disponía la Ley del Talión, como lo dispuso Moises contra quienes trabajaban el sábado, como lo dispuso Hitler con los judíos, como lo dispusieron varios judíos contra varios palestinos. La sed de sangre, de vacío, de silencio, es una necesidad difícil de satisfacer, pero con una gran imposición moral que provoca remordimientos, entre ellos, el miedo a la muerte misma, a ser la víctima, la carne donde se depositará el cuchillo, el pulmón que será atravesado por la bala, la respiración que termina, el alimento de otro ser vivo.
lunes, 10 de mayo de 2010
Quo vadis
Querido Zi:
La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...
La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...
lunes, 3 de mayo de 2010
Mi cuaderno de borrador
Había escrito tantas, tantas, pero tantas veces su nombre en mi cuaderno, que un día de pronto las páginas se volvieron una gran mancha de tinta que transformaron mis apuntes de borrador en un gran agujero negro...
miércoles, 21 de abril de 2010
El hambre
No es sentir
inanición,
es rabia,
la jaqueca
no cesa,
la ira tampoco
se resiste.
No sólo el azúcar
y la sal,
no sólo hiel.
El sueño es un maná
invisible,
el sueño me conduce
a una atmósfera
de humo.
inanición,
es rabia,
la jaqueca
no cesa,
la ira tampoco
se resiste.
No sólo el azúcar
y la sal,
no sólo hiel.
El sueño es un maná
invisible,
el sueño me conduce
a una atmósfera
de humo.
domingo, 18 de abril de 2010
Nube gris
¿Qué es lo que
nos hace dudar,
cuando el camino es sereno?
¿Qué te hace
pensar tanto,
cuál es la culpa
que te agobia?
nos hace dudar,
cuando el camino es sereno?
¿Qué te hace
pensar tanto,
cuál es la culpa
que te agobia?
lunes, 12 de abril de 2010
sábado, 10 de abril de 2010
Nada
Querido Zi:
Las cosas han vuelto a salirse de control... he discutido fuertemente con mi hermano esta mañana y he pronunciado frases hirientes. Mi hermano ha defendido de manera sensata sus argumentos, e incluso me hizo sentir culpable. Sin embargo, ¿Qué puedo hacer? de seguro algo motivó en mí esta actitud. Tampoco soy un idiota.
No sé si es envidia o impotencia; no sé si fue el silencio que quiso implosionar hasta convertirse en un grito interior. Las cosas no están bien; hoy más que nunca me he dado cuenta de que de todo lo que me rodea, la cama en donde duermo, el techo sobre mi cabeza, las puertas, cerraduras, ropas, calzados, cosas... nada es mío realmente; ni siquiera los recuerdos, ya que involucran personas de las que no tengo la certeza de saber si desean ser recordadas; nada es mío. El fisco, las empresas de servicios no se molestan en averiguar si algo te pertenece o no; sólo están para cobrarte impuestos y tasas, entonces las cosas te pertenecen, pero cuando necesitas un crédito nada es tuyo nuevamente. ¿Qué hay de la familia? ¿tus padres? ¿tus hermanos? ¿la persona que amas? nada tampoco. Nadie es de nadie. Todos somos o de Dios, o del dinero, o de la sociedad capitalista, o de la maquinaria estatal socialista, o de los vecinos que no tienen de quien reírse. Sólo las palabras... aunque a veces ni eso. Resulta que cuando dices algo, o crees haber escrito algo novedoso, alguien ya lo dijo primero. ¿El corazón? fácilmente podría dejar de pertenecerte si te inscribes en un programa de órganos. ¿El estómago? jajaja. Que la gastritis no lo devore antes.
¿Qué hacer? No hay nadie...
D
Las cosas han vuelto a salirse de control... he discutido fuertemente con mi hermano esta mañana y he pronunciado frases hirientes. Mi hermano ha defendido de manera sensata sus argumentos, e incluso me hizo sentir culpable. Sin embargo, ¿Qué puedo hacer? de seguro algo motivó en mí esta actitud. Tampoco soy un idiota.
No sé si es envidia o impotencia; no sé si fue el silencio que quiso implosionar hasta convertirse en un grito interior. Las cosas no están bien; hoy más que nunca me he dado cuenta de que de todo lo que me rodea, la cama en donde duermo, el techo sobre mi cabeza, las puertas, cerraduras, ropas, calzados, cosas... nada es mío realmente; ni siquiera los recuerdos, ya que involucran personas de las que no tengo la certeza de saber si desean ser recordadas; nada es mío. El fisco, las empresas de servicios no se molestan en averiguar si algo te pertenece o no; sólo están para cobrarte impuestos y tasas, entonces las cosas te pertenecen, pero cuando necesitas un crédito nada es tuyo nuevamente. ¿Qué hay de la familia? ¿tus padres? ¿tus hermanos? ¿la persona que amas? nada tampoco. Nadie es de nadie. Todos somos o de Dios, o del dinero, o de la sociedad capitalista, o de la maquinaria estatal socialista, o de los vecinos que no tienen de quien reírse. Sólo las palabras... aunque a veces ni eso. Resulta que cuando dices algo, o crees haber escrito algo novedoso, alguien ya lo dijo primero. ¿El corazón? fácilmente podría dejar de pertenecerte si te inscribes en un programa de órganos. ¿El estómago? jajaja. Que la gastritis no lo devore antes.
¿Qué hacer? No hay nadie...
D
sábado, 3 de abril de 2010
Madrugada
Había pasado toda la noche sumergido en sus propios desvaríos; de repente, todas las personas que conoció aparecieron por un instante y desaparecieron en el siguiente. Una mosca que no podía colocar en mute con ningún control remoto se escabullía milagrosamente, a pesar de las palmadas que daba. La comezón era cada vez más insoportable.
La incomodidad llegó a un nivel tan elevado, que ya no pudo más. Hasta llegó a sentir que la tierra temblaba. Preso de una paranoia irreversible, salió del cuarto, se colocó las zapatillas y la bufando y salió para la calle. En ese instante no pudo sentir algo más refrescante que el aire de la noche; ni siquiera le importó que algún maleante estuviera a esas horas vigilando la zona. Una partida de niños minadores merodeaban por los basureros, que hasta entonces no habían sido retirados por el camión recolector, cuyo sonido abismal también le despertó en más de una ocasión. A lo lejos, un perro solitario se paseaba también.
Volvió a mirar por un segundo a todas las personas que protagonizaron sus desvaríos, y las vio desaparecer. Los niños minadores se esfumaron también. De pronto, el sonido de la mosca, del camión de la basura, el aullido del perro y la comezón volvieron todos al mismo tiempo. Ni siquiera la frescura de la noche pudo redimirle. Las horas transcurren y la noche parece prolongarse. La naúsea regresa y el cuerpo se siente ligero nuevamente. En un instante, parece posible escapar del cuerpo, que es como una prisión para el espíritu. Intenta escaparse, pero un invisible hilo umbilical le retiene a las entrañas. No es posible escapar. No se posible irse.
De pronto, el sonido del colibrí aparece de entre la nada como música llena de ternura y libertad. La comezón se vuelve menos frecuente y la mosca se ha ido a descansar. De nuevo, el espíritu y el cuerpo parecen volver a ser uno. El camión se ha ido ya, al igual que los niños. En el cielo un artista ha echado un brochazo celeste que empieza a difuminar la oscuridad.
La incomodidad llegó a un nivel tan elevado, que ya no pudo más. Hasta llegó a sentir que la tierra temblaba. Preso de una paranoia irreversible, salió del cuarto, se colocó las zapatillas y la bufando y salió para la calle. En ese instante no pudo sentir algo más refrescante que el aire de la noche; ni siquiera le importó que algún maleante estuviera a esas horas vigilando la zona. Una partida de niños minadores merodeaban por los basureros, que hasta entonces no habían sido retirados por el camión recolector, cuyo sonido abismal también le despertó en más de una ocasión. A lo lejos, un perro solitario se paseaba también.
Volvió a mirar por un segundo a todas las personas que protagonizaron sus desvaríos, y las vio desaparecer. Los niños minadores se esfumaron también. De pronto, el sonido de la mosca, del camión de la basura, el aullido del perro y la comezón volvieron todos al mismo tiempo. Ni siquiera la frescura de la noche pudo redimirle. Las horas transcurren y la noche parece prolongarse. La naúsea regresa y el cuerpo se siente ligero nuevamente. En un instante, parece posible escapar del cuerpo, que es como una prisión para el espíritu. Intenta escaparse, pero un invisible hilo umbilical le retiene a las entrañas. No es posible escapar. No se posible irse.
De pronto, el sonido del colibrí aparece de entre la nada como música llena de ternura y libertad. La comezón se vuelve menos frecuente y la mosca se ha ido a descansar. De nuevo, el espíritu y el cuerpo parecen volver a ser uno. El camión se ha ido ya, al igual que los niños. En el cielo un artista ha echado un brochazo celeste que empieza a difuminar la oscuridad.
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