«Despierta», me decía esa voz lejana.
Tenía dificultad para recordar el día anterior; por más que lo intentaba solo habían pedazos y fragmentos de lugares, de cosas y de personas. Lo único que sentía con absoluta certeza era un malestar extendido por todo el cuerpo.
Levantarme a caminar no fue sencillo. Todo estaba bien, me habría quedado a morir en ese lugar sin protestar, de no haber sido por el terrible sol cuyo rayos me abducían como tentáculos de pulpo gigante. Ya no podía dormir; sentía un fuerte dolor de cabeza. Sin embargo tenía que continuar.
Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
—Mierda, ¡no quiero morir así! —susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
—Mierda, ¡no quiero morir así! —susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
Decidí correr, hasta que la última araña de luz anaranjada desapareciera de mi vista. El dolor continuaba, y deseaba echarme a rodar, pero el asfalto hervía. De repente, una alfombra de arena se volvió el lecho más confortante. Mi boca, garganta y lengua seguían resecos. No había nada; no había nadie.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—¿Quién eres? —grité. Fue inútil.
Sigo con sed. Sigo con la angustia de que los perros me encuentren. El asfalto sigue hirviendo. Soy fugitivo. Sigo sin encontrar el camino a casa.
1 comentario:
Me encantan los cuentos asi.. misteriosos e inconclusos..
Saludos.. :)..
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