martes, 14 de abril de 2009

El vecino


Regresó una tarde cualquiera; lo único especial de aquel momento era el gris del cielo que tampoco era especial, pues, desde hace dos años que eso era común. Quizás habría sido distinto de ser una tarde soleada.

    El punto es, que volvió, sí, Mario, el vecino que había desaparecido hace dos años, había vuelto luego de la ausencia, de la incertidumbre y de las suposiciones más absurdas, por ejemplo, que fue secuestrado por alienígenas o que fue víctima de algún neófito asesino en serie. Esa tarde se cumplían tres meses desde que bajé al cuarto que el Mario había abandonado para tomar prestada su tele: bueno, en realidad también creí que se había muerto, y por lo tanto, no tomé prestado su televisor, sino que me había apoderado de él. No, no piensen que soy alguna especia de cleptómano o abusivo dueño de casa: esto no habría ocurrido de no ser porque una tarde mi proveedor de televisión por cable me cortó la señal sin una explicación aparente, y cuando revisé la instalación de la antena por accidente rompí el plug. Nada que ver. Fue por eso no más. Pero aparte de eso, también descubrí un montón de revistas deportivas en ediciones especiales dedicadas al Emelec, el club favorito del Mario, y una caja con recortes de fotos de candidatas a reinas de belleza, desde los años ochenta.

    El Mario era tipo muy fresco. Bastante atento, incluso en alguna ocasión que me escuchó quejarme porque no tenía nada qué comer, me subió un plato de sopa, que luego de vaciar con mi voraz apetito nunca le devolví. Cuando mamá, la verdadera dueña de casa regresó en alguna de sus vacaciones, el Mario nos ayudó a reparar el medio departamento que ocupaba. Un día hasta se jugó el cuello cuando mamá y yo, par de despistados ambos, olvidamos las llaves dentro; nuestro vecino se subió por la ventana, bajo el riesgo de caerse tres pisos abajo, en donde para colmo había una piedra de lavar tan dura que ya me imaginaba yo la sangre recorriendo ese monolito en donde los demás vecinos suelen enjuagar sus vergüenzas.

    Los amigos del Mario eran muy extraños: siempre supuse que el vecino era homosexual, sin embargo, sus amantes no tenían un buen aspecto. Por el contrario, eran bastante mal encarados, y se me hace que se aprovechaban de lo buena nota que era el Mario para sacarle alguna cosa. Entre sus pertenencias también encontré la foto de un niño, que meses después supe que se trataba de un hijo que tenía en la provincia de Los Ríos. También encontré la foto de una mujer mayor, que supuse su madre.

    Les conté que las tardes se habían vuelto grises, y por ende, el frío se volvió un compañero inseparable de cada noche. Habían pasado dos años exactamente, y decidí quemar las revistas y demás cosas del Mario, suponiendo que, si no había vuelto al menos por sus cosas debido a que ya no tenía para el arriendo, sería porque estaba muerto, o quizás preso en alguna cárcel de la Costa.

    Esa mañana estaba leyendo en la sala; de pronto escuché una voz muy familiar desde la calle. Al principio creí que se trataba de alguna alucinación, quizás por lo alto del volúmen de la tele que le robé al Mario. Decidí apagar el televisor. Entonces, alguien llamó a la puerta.


A Eddi Quinto

miércoles, 25 de marzo de 2009

Postal de una fría mañana


A eso de las 5 am, los pájaros suelen cantar cerca de la casa. Vivo a una cuadra del parque de La Alameda, por lo que presumo que las aves viven cerca de los botes, que, a esas horas, están varados en medio de la oscuridad. No los he visto, pero me han contado que a medianoche, además de delincuentes furtivos, varios gatos hambrientos protagonizan una orgía de sangre invisible. Hasta hace un par de años, el parque estaba en ruinas, y la cantidad de escombros daban la razón a esta improvisada leyenda urbana. Hoy, el parque remodelado, me hace pensar que se trata de una fantasía alimentada por la imaginación de varias mentes golpeadas por el insomnio, como la mía. Sí. Resulta que últimamente, a eso de las cinco de la mañana, ya no puedo dormir.
     Un día, aburrido de fracasar en el intento de regresar al sueño, decidí subir a la terraza. En nuestro país casi todos los días del año tienen la misma duración, y si hay diferencias, son muy tenues. Ocasionalmente, como hoy, Quito amanece envuelta en una densa niebla. Como era obvio, y aún a estas horas, el paisaje se encuentra obstruido. En un día normal, desde la terraza puedo ver al Pichincha en casi todo su tamaño. Hoy solo alcanzo a ver algunos árboles; por la mañana ni siquiera alcanzaba a la casa del horrendo de mi vecino, un hombre al que sinceramente detesto, pues, en una ocasión tuvo la desfachatez de reclamarme por un alambre de ropa que colgamos, mientras que el tipo hace unos años, cuando hacía unas reparaciones de su casa, había logrado cuartear una de las paredes de mi cuarto, sin haberse disculpado ni nada. En fin, decidí salir a caminar por la ciudad para explorar.
     No sé si un día pueda visitar Londres, pero me han contado que es una ciudad bastante nublada. Resulta que Quito hoy no tuvo nada que envidiarle: nunca vi tanta neblina junta, nunca vi las calles llenas de neblina, es decir siempre vi al smog, pero nunca a la neblina, tan cerca del asfalto de la calle, tan cerca de las aceras. Era algo simplemente fantástico. Era como estar en otra ciudad. Mientras divagaba, una señora que empezaba a abrir su negocio, me pidió que le ayude a subir la puerta corrediza de su local. Luego de escuchar un gracias, seguí caminando. Estaba en el sector de La Mariscal, uno de los sectores bohemios de la ciudad, que por la noche está lleno de turistas, bares y agencias de viajes. Continué por la avenida Patria, y subí por la 6 de Diciembre bordeando el parque de El Ejido. Regresé a la Alameda. La niebla empezó a disiparse.

Empezó a llover de nuevo.

lunes, 16 de marzo de 2009

Sólo un momento


Este instante,

mientras tu risa es la que miro

y no la que imaginaré mañana,

mientras transcurre este día que

no tendrá reprisse.

Este momento,

mientras eres tú y no el

futuro recuerdo,

mientras te miro con esos

ojos que no volveré a ver

mañana.

Sólo un momento para

amar que no se repetirá.

Sólo este espacio exclusivo

para el calor.

Mientras escribo estas líneas

es posible que ya sea tarde.

miércoles, 11 de marzo de 2009

lunes, 23 de febrero de 2009

Carnaval


"Vas escuchando la voz,
del que suspirando canta,
qué bonito es carnaval"


(copla popular guarandeña)




Anoche no pude dormir por un profundo dolor en mi oído izquierdo: el motivo, un accidente al saltar de la tabla a la piscina en Cununyacu (Pichincha) a donde fui el sábado. Sin embargo, la razón de este post es el carnaval ecuatoriano, que tradicionalmente celebramos lanzándonos agua los unos a los otros, por lo menos acá en Ecuador, práctica que poco a poco se ha ido prohibiendo dada la cantidad de accidentes y el desgaste del líquido vital.


Guaranda en Bolívar y Ambato en Tungurahua son las ciudades con la celebración más concurrida, aunque tampoco se quedan atrás Chimbo (Bolívar) Guamote (Chimborazo) o las playas del litoral, que por estas fechas están a reventar.


Como dato especial, históricamente la ciudad de Ambato ha tenido siempre restringido el juego de carnaval con agua, a diferencia de Guaranda en donde todo el mundo se baña y moja, en una especie de batallas campales espontáneas. Otro detalle relevante es que la ocasión en Ambato se denomina "Fiesta de las flores y las frutas", y que tuvo su origen luego del terremoto de 1949. Respecto a Guaranda, allá se elige al "Taita Carnaval", personaje elegido de entre los ciudadanos más destacados de la ciudad.


En nuestro país se celebran cuatro días de feriado con ocasión de los carnavales. Cuántos días celebran ustedes en sus países?

jueves, 12 de febrero de 2009

Quizás para entonces ya estemos muertos


Entre mis reflexiones aparentemente intrascendentes (de esas que ocurren cuando, en medio de la calle o de la nada te hacen hablar en voz alta y hacen creer al resto que estás loco) recordé una escena de la película Lucas (1986) cuando el chico, interpretado por Corey Haim, le pregunta a Maggie (Kerri Green) con respecto a la visita de las langostas, que visitaban la ciudad cada diecisiete años, Qué pasará cuando ellas[las langostas] vuelvan? a lo que la chica responde "no lo sé" y Lucas replica "Espero que estemos juntos entonces". Bueno, aparte de la película que merece una reflexión aparte, y tomando en cuenta que de 1986 a 1998 pasé la primaria y la secundaria, y que para concluír el siguiente ciclo de visita de estos animales voladores restan seis años, supongo (es obvio) que podrían ocurrir otras tantas cosas, que tal vez ni las imagino.


Se hará realidad el ciclo del calendario Maya que asegura "el final de un ciclo" para el 2012? Clasificará la selección de Ecuador al mundial de Brasil en 2014? (Clasificaremos siquiera a Sudáfrica?) Concluirá Obama su mandato presidencial? Qué nuevos azotes nos deparará el calentamiento global? Cuántos nacerán? Cuántos morirán? Y luego de los diciesiete años próximos, y de los siguientes mil? (al menos me queda la absurda esperanza de que en cinco mil millones de años el sol se hará tan grande que absorberá el planeta, y luego también morirá como una estrella enana).


A propósito, entre las cosas que me inspiraron a escribir al respecto, está el recuerdo de un amigo del colegio fallecido hace casi un año, quién solía decir que "volvería desde el infierno para jalarme de las patas": de eso han transcurrido casi 10 años. No intento hacer una reflexión banal sobre el tiempo y su valor, tampoco sobre la pregunta tan trillada parecida a un drama mocoso, titulada "Qué estoy haciendo con mi vida" ni mucho menos. Tal vez quise dedicarle unas palabras a los recuerdos, no lo sé, a la nostalgia tal vez, o quizás me ha causado alguna sensación rara el ver en Youtube episodios de "Verano del 98" (teleserie argentina que por cierto, acá se pasó inconclusa), o tal vez he sentido cierta envidia del espectacular título del último post de Marcelo Dance denominado "Recuerdos del futuro".


Dónde estaremos cuando las langostas regresen? Quizás para entonces ya estemos muertos.


A José Luis Trujillo

jueves, 29 de enero de 2009

¿Quién tiene la razón?


Realizando un análisis de editoriales de los más grandes medios de comunicación del Ecuador me di cuenta de que todo el mundo reclama mayor libertad de expresión; sin embargo, ese "todo el mundo" tampoco representaba a todo el mundo: por todas partes se exalta a la oposición del oficialismo, y en ningún apartado o "defensor del lector" había un espacio para que alguien del otro bando pudiera defenderse. Ayer, en una de las ediciones de diario El Comercio, en una de esas contadas excepciones en que se publica la opinión de algún lector adverso a la línea editorial del diario, la "nota del editor" no se hizo esperar, resaltando la supuesta "libertad de expresión" en respuesta a una queja sobre una columna del cubano disidente Carlos Alberto Montaner (muy conocido por su oposición al régimen socialista de Fidel Castro).


No soy abogado del presidente Rafael Correa ni militante de Movimiento PAIS, sin embargo, al percibir las contradicciones que editores, columnistas y analistas de coyuntura camuflan tan perfectamente para no decir mucho, uno puede darse cuenta de que ese papel del periodista, tan cuestionado y a la vez tan defendido de "buscar la verdad", no es tal: por el contrario, y en muchos casos, el papel se convierte en un "redefinir la verdad", según tal o cuál sector la necesite.


¿Quién tiene la razón? ¿Será la derecha conservadora y omnipresente o la seudo izquierda dogmática y prorrevolucionaria? ¿Será la centroizquierda socialdemócrata tantas veces silenciada y subestimada o la anarquía que pretende convertirse en fuerza "política" luego de años de apolitismo? ¿Serán el mercado y sus tesis darwinistas y keynesianas que hace mucho desecharon los modelos de estado de bienestar por una mayor acumulación? ¿Serán los chinos, los hindúes, los judios, los musulmanes, los cristianos? ¡Quién tiene la razón!


Mientras conceptos como democracia, libertad de expresión, bienestar social, economía social de mercado y otros tantos sean ambiguos y relativos, el objetivo de la tan anhelada verdad parece estar cada vez más lejos de nuestro alcance.

martes, 20 de enero de 2009

Destroyer





Algo dentro de mí,


fluye fuerte y es gris,


no te siento aquí,


sólo al silencio.


Algo dentro de tí,


es oscuro así,


no consigo dormir,


no es lo que siento.


Ya,


la ciudad ya no,


es una respuesta al dolor


y no,


puede que no,


nada será igual,


nada, no.


Algo dentro de mí,


algo dentró de ti.


Algo cerca de aquí,


sólo el silencio.


Algo dentro de tí,


tenue lluvia de abril,


el recuerdo que no,


regresa nunca.


Algo dentro de mí,


algo inútil al fin,


algo cerca de mí,


es lo que siento.


Algo dentro de tí,


la ausencia al fin,


la respuesta que no,


tiene sentido.


Algo dentro de mí,


algo dentro de tí,


nada, nada así,


sólo el silencio.

martes, 13 de enero de 2009

Martes 13


No, no hablaré sobre algún monstruo al estilo de Freddy Krueger o Jason ni tampoco repetiré el ya conocido refrán que te recomienda no emprender nada en esa fecha. Simplemente quiero compartir una experiencia que me ocurrió durante esta mañana de martes 13 de enero de un año cualquiera.


Llegaba a la Universidad para dictar un taller en la Facultad de Comunicación Social cuando, en medio de mi acostumbrada distracción, escuché el fuerte llanto de un perro. Nunca me agradaron del todo ese tipo de animales; siempre me he sentido más familiarizado con los gatos. Sin embargo, he visto muchos perros, y creo que después de las personas son los seres vivos que más se dejan ver en la ciudad. Estaba justo en el ingreso oeste de la U. Central, la mayor Universidad del Ecuador. Los chicos llegaban apurados a clases: eran las siete y media de la mañana (acá se entra a las siete), por lo que la ansiedad se respiraba en el ambiente y también dentro de los vehículos que, sin ningún tipo de consideración aceleraban al cruzar el control de rutina de la guardia universitaria. "Era una man locaza en un carro plomo" escuché poco después a uno de los muchachos que había presenciado el accidente del infortunado animal.

Ya concentrado en el pequeño perro, cuya raza desconozco pero puedo describir que era uno de aquellos muy peludos y de color gris, lo siguiente que sentí fue un tipo de angustia causado por el agudo lamento de su interior. El perrito daba varias vueltas; entonces empezó a vomitar. "Creo que se va a morir" pensé. El animalito estaba en medio de la vía; de mi lado, unos metros más abajo estaban unos chicos aparentemente sin nada que hacer con varias expresiones: unos tenían cara de asombro, alguno trataba de esconder una carcajada inexplicable. Fue entonces cuando decidí acercarme. "Al menos voy a colocarlo sobre el jardín del otro lado para que muera con algo de dignidad", reflexioné ingenuamente. Entonces apareció alguien: tenía el aspecto de los chicos ecuatorianos que gustan del heavy metal. "¿Vas a acolitar a llevarle al perro? Más acá hay una clínica en la Facultad de Veterinaria" me dijo mientras levantabamos entre los dos al desafortunado perro.

El consultorio veterinario de la Universidad de no se hallaba demasiado lejos. Mientras llevábamos al perro, no decía nada. Por un momento me detuve a examinar sus grandes ojos negros, que bajo ese pelaje abundante brillaban a pesar del dolor.

-"La consulta cuesta seis dólares, ¿alguno de ustedes es el dueño del perrito?" nos dijo la joven practicante encargada del consultorio.

-No, sucede que le acaban de atropellar y decidimos traerle para acá- respondió el chico con quien intentamos socorrer a la criatura.

-"Chuta, le puedo dar desinflamantes y examinar si no tiene otras fracturas, pero no podemos tenerlo acá... pero si quieren asegurarse al menos de que le den hospedaje les recomiendo llevárselo a Protección Animal, que no queda muy lejos de aquí de la Universidad" continuó.

Por fortuna mi nuevo y a la vez desconocido amigo estaba en un vehículo junto a sus compañeros de facultad y trasladamos al perro hasta el Consultorio de Protección Animal Ecuador, ubicado unas calles más abajo de la Facultad de Veterinaria.

Al volver a amarcar al peludito animal, me acordé de todos los perros que alguna vez formaron parte de mi vida: una perrita que vivió con nosotros cuando eramos más chiquitos, otra perrita que encontré bajo un árbol y adopté por un tiempo pero que murió por un descuido mío, y otra perrita arrugada que mamá me obsequió durante la última navidad. Al bajarnos del carro para ingresar al PAE, el perro volvió a chillar con fuerza: una de sus patas estaba sangrando.

Hasta allí llego nuestra travesía. Tuve que seguir mi camino hasta la Facultad, en donde aguardaban mis alumnos del taller. El chico rocker y sus dos amigos se quedaron con el perro en el consultorio. Hoy me he puesto a pensar en lo duro que debe ser vivir no sólo para estas criaturas, sino para todos los seres vivos que se encuentran sólos en tantas circunstancias. No sé que pasará con el perro; me alienta un poco el hecho de que en el consultorio universitario la doctora nos dijo que el animal no tenía un mal aspecto y que parecía que estaba bien alimentado, por lo que posiblemente se trataba de la mascota perdida de alguien. Espero que así sea. Sin embargo, no puedo estar seguro.
Nunca le pregunté cómo se llamaba al chico que me acompañó a llevar al perrito. Supongo que en el dolor los nombres, etiquetas o refranes son lo que menos importa.

martes, 9 de diciembre de 2008

Aquella despedida


En ese instante ignoraba que ese café que bebíamos juntos sería el último. Hacía frío; eran como las seis de la tarde, y debido a mi origen equinoccial, no sabía si aún era de tarde o si ya era de noche. En todo caso no importaba; mañana volvería a casa.

-Quisiera conversar sobre tantas cosas- le decía a mi cabeza. -¿Por qué será que siempre reaccionamos un poco tarde? concluí.

Casi de inmediato recordé todas esas cosas que quise hacer pero de las que sólo me quedaron las ganas: trotar junto al río, caminar a solas por el bosque, caminar sobre el puente. Sólo pude recoger un poco de nieve entre mis manos.

Frente al televisor que estaba apagado, estábamos ella y yo, sin decirnos nada. Las horas transcurrieron. Nunca más nos dijimos nada.

El invierno siguiente supe que su madre había fallecido; hacía tiempo que dudábamos sobre dar un paso hacia adelante. Hace no mucho que decidí dar varios pasos atrás. Ella volvió con su antigua pareja; yo quise volver con la mía pero ya no fue posible.

Hoy hemos charlado por teléfono unas pocas palabras. Algo me advirtió en secreto que ella estaba enferma; me alivia saber que se encuentra reestablecida.

Al volver a hablarnos, la sensación que sentía al charlar con ella ya no fue la misma.


A Leticia

lunes, 8 de diciembre de 2008

El duende


Había una vez un duende que tocaba la guitarra; mientras hablaba con él cada noche, los vecinos murmuraban que estaba loco y que necesitaba de una buena paliza de mi padre para dejar de alucinar. Nunca hablé con los vecinos. Mi padre nunca me llevó al psiquiatra. Una noche, el duende desapareció. Tenía 7 años.
    Cuál salto cinematográfico, ha pasado medio siglo y me he divorciado un par de veces. Un día, luego de buscar la foto de mi hijo fallecido aquella tarde de otoño que he preferido olvidar, escuché unas notas lejanas. Era el duende; estaba parado junto a la ventana. Quise preguntarle si sabía algo del Jonathan, o si había charlado con mi madre. El duende no dijo una sola palabra. Solo me hizo una señal, para que lo acompañe.
    En medio del parque, aquél místico ser me condujo hasta un árbol que tenía un nombre inscrito con una llave. No lo podía creer; a veces, cuando algo fuera de lo común sucede simplemente pasa desapercibido. El duende me entregó la llave, y casi de inmediato regresé a mi casa.
    Una vieja y sucia caja de madera aguardaba desde siempre en el fondo de un armario. Junto a la caja encontré un álbum con fotos del Jonathan y de Lucía, mi exesposa. Una emoción inexplicable acompañada de un temor profundo hicieron latir mi corazón como nunca. Era un momento solemne. Pero no pude con él.
    Mañana abriré la caja.

A Fernanda


martes, 25 de noviembre de 2008

Nunca más el mar


Sensación de olvido,
el aire que hoy respiro;
las hojas de los árboles no
cesan de caer.

Las lejanas olas han borrado
tus huellas,
ya no reconozco ningún centímetro
de nuestro espacio común;
en un libro de la inmensa biblioteca
he perdido la hoja donde
inscribí el primer poema;
era preciso,
la memoria era frágil.
En medio de la cordillera se ahogó
el último grito por tí;
ya no puedo hacer que tu alma
me hable.
Mi interior es un espacio hueco
ahora;
se siente tan extraño...
La flor que plantamos juntos
se ha secado.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Sobrevuelo


A cada instante algo que intento
olvidar sin éxito,
mi mente se fragmenta con cada
despertar.
Largo es el divagar por
la ausencia.
El ruido se hace intenso
a media noche,
en el límite entre la vigilia y
el insomnio.
Miles de luces atravesando
el aire,
me elevo sin querer,
no puedo parar.
El corazón parece obedecer
algún mensaje subliminal,
no hay escape,
volar parece posible por
primera vez,
atravesar las paredes como un
fantasma también.
El éxtasis se acelera,
no quiero despertar,
el aire empieza a descender,
el aterrizaje ha sido forzado.
Ignoro cuan cerca estoy a veces
de perderme.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Adictos al dolor


Muchas veces el sentimentalismo oculta una faceta a la que pretendemos oponernos precisamente por buscar el afecto o alguna de sus formas derivadas: somos adictos al dolor, necesitamos del sufrimiento como elemento para el balance de nuestras vidas, a veces como una justificación de la alegría, a veces como el reconocimiento pleno y fundamental de nuestra humanidad. Cuando la desgracia nos es esquiva nos empeñamos en inventar cruentos monstruos que nos acompañen para no estar solos, y cuando estamos demasiado inmersos ya en esa sensación considerada como negativa por los lógicos y tecnócratas de la moral, de inmediato volvemos a buscar a la alegría como el placebo para el día siguiente volver a enfrentar la cotidianidad con valor.

Una venda sobre nuestros ojos es la indumentaria que nosotros mismos colocamos en nuestra cabeza, un sueño es lo que intentamos recordar día tras día para no sucumbir ante la atmósfera de la etiqueta y las buenas costumbres que la abuela tanto se empeñó en defender y la iglesia en amparar... mientras escribo estas líneas un terrible vacío me invade, pero en cuanto miro al cielo no puedo evitar llenarme de esperanza otra vez.


a Adriana

sábado, 1 de noviembre de 2008

viernes, 24 de octubre de 2008

Sole


Entre un sueño y
el insomnio,
entre el recuerdo
y el porvenir,
entre el mar y
el cielo.
Mis pensamientos
y mi corazón
son suyos.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Saudade


La tristeza encuentra mil
maneras de expresarse,
en mil idiomas,
siempre con un mismo
significado profundo.
Saudade,
melancolía,
sadness,
que más da,
que importa la forma
cuando el fondo es
el mismo,
una sensación de querencia,
un atardecer adormecido...

viernes, 12 de septiembre de 2008

Convalecencia


De pronto, todos los fantasmas de mi mente se quedaron encerrados en un cajón. Esa noche no pude dormir: algo no andaba bien, era como una imagen persistente que sin embargo, al levantarme, ya no pude recordar.
    —Qué agradable es respirar— fue lo primero que se me ocurrió decir esa mañana.
    Afuera el sol era insoportable; el médico me había sugerido cuidarme del frío, pero toda esa luminosidad era excesiva. Alguien me dijo en una ocasión que pretendía parecer un tipo todo oscuro; hoy mientras escribo estas líneas eso solo me causa gracia. Personalmente, creo que la oscuridad o la mente en blanco son más nobles que una mente gris.
    Cuando te quedas en cama luego de tres días de fiebre, las horas pueden parecer tortuosas. Durante la primera noche deseaba con fervor escuchar a alguien: las alucinaciones empezaban a surtir efecto. Sentía como si me hubiesen dado una gran paliza. En la tele pasaban los mismos enlatados de siempre.
    Durante el segundo día, las voces amigas empezaron a hacerse escuchar. Fue agradable: creo que solo en esos instantes realmente aprecias a quienes ya no están o a quienes crees detestar. Al abrir una de las ventanas, una brisa de verano irregular fue la bocanada más dulce de todas.
    Ayer, mucho más repuesto ya, una alucinación más se hizo presente: alguien que creí muerto, me hizo una llamada telefónica...


miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ese momento


Un día,
cuando las palabras
ya no tengan sentido.
Cuando hayamos dominado
al silencio,
cuando nuestros pensamientos
dejen de atormentarnos y
sólo nos permitan crear.
Un día,
cuando despierte y
mis fuerzas no flaqueen,
cuando mi voluntad se
haga más grande,
Un día,
cuando deje de soñar
y empiece a construir
los castillos que eran
sólo anhelos.
Un día,
cuando simplemente
me decida pa vivir.
En ese momento...