domingo, 26 de julio de 2026

Aucas

Muchos desprecian al Quito, detestan a Liga, odian a Barcelona y respetan pero ignoran al Independiente del Valle; sin embargo, en el fondo, todos quieren al Aucas, y lo quieren porque les recuerda al papá mal genio que se ponía buena gente el domingo, al abuelo romántico que llevaba el radio a la misa si no había para ir al estadio, a la dueña de la farmacia con la amarilla bajo el mandil o a la seño del mercado vendiendo camisetas de otros clubes en domingo, pero con el Aucas por dentro.
    En 2022, cuando a muchos de los pioneros de Chillogallo, Solanda, o Guamaní se los había llevado el Covid o la desilusión, Aucas lograría un hito esquivo hasta entonces como una Libertadores para Barcelona, un país sin deuda externa o una sociedad sin corrupción: ser campeón, de la mano de un técnico de un país más experto en baseball y hasta hace poco más jodido que el nuestro, pero sobre todo, con una hinchada que, como la vendedora de camisetas de otros equipos, siempre supo donde tenía el corazón. 
    En la era del fútbol amateur de Quito, entre 1945 y 1949, se adelantaría al pentacampeonato europeo del Real Madrid de los años 50, en el inolvidable estadio de El Arbolito, el actual parque donde deambulan los fantasmas de Gladiador, Titán y Gimnástico. Gonzalo Pozo Ripalda sería de los primeros fichajes nacionales en el extranjero, al ser llamado por América de Cali, en la época de oro del fútbol colombiano. 
    Muchos años más tarde, ya en la era del campeonato nacional, tendría alguna vez en su arco a nada más y nada menos que René Higuita, el escorpión humano que se creía delantero y cuya melena rivalizaba con la de Jacinto Espinoza. Aucas sería la casa también de Ernesto Berrueta, Ariel Graziani, el Loco Abreu y Agustín Delgado.
    Por mucho tiempo considerado un equipo solo de abuelos, que no llegarían a verle campeón, Aucas se volvió un símbolo de paciencia y perseverancia. Cómo decía un hincha en comentarios, “ser hincha de Aucas es un acto de rebeldía”.

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