Apareces como luz,
en un día en que no sabes si estará despejado o nublado,
mientras te preguntas si aún estás dormido o despierto,
y si será tu voz,
o el susurro del viento.
Apareces como luz,
en un día en que no sabes si estará despejado o nublado,
mientras te preguntas si aún estás dormido o despierto,
y si será tu voz,
o el susurro del viento.
Mi barco naufragó en algún sitio del fin del mundo,
donde las sirenas moribundas confirman a los perdidos que sí existen.
El cielo parecía el de un día de invierno,
cuando el tiempo parece detenerse como un niño,
que de camino a casa se pone a dar trampolines.
Jamás escribiré un libro o seré un pirata famoso;
nunca empuñaré una espada, más que en sueños.
He llegado al fin del mundo...
¿Quién ha dicho que he llegado?
Los caminos del universo son infinitos.
Mañana moriré,
O quizás algún día;
Como las flores al atardecer,
Que miras por la carretera.
Las ciudades se vuelven de humo,
Los pueblos son como árboles que arrojan hojas al viento,
que a veces crujen con los pasos de los caminantes.
Mañana será ayer y hoy habré querido volar sobre el tiempo y los pensamientos de la gente,
pero no podré y simularé haber conocido a todos a través de unas cuantas palabras.
Los colores se abrazarán y darán vida a mil formas nuevas, que construirán nuevos caminos.
Mañana renaceré o quizás más tarde, aún no lo sé;
Todavía no he caminado hacia la playa donde aguarda la canoa,
que me devuelva a la tierra de los molinos de viento.
Soñábamos con conquistar el mundo.
Soñando despiertos a veces,
Atravesando los mares en barcos de papel.
Jugando su juego, ganando y perdiendo casi siempre.
Procrastinando a veces,
reinventándonos a borrones.
Recibiendo por pago a veces una sonrisa,
de aquellas que a veces no tienen cabida en el paraíso capitalista.
A veces confundidos entre el tumulto y empujados, pero vueltos a levantar.
A veces de regreso,
preguntándome inútilmente si pude hacer algo más,
Solo me dejo arrastrar por el horizonte,
cabalgando sobre la ola imaginaria que tras la inmensa noche,
quizás me muestre tierra a la vista.
Tú,
Viento frío del atardecer.
Rayo sereno entre la árida jornada y la oscura tormenta,
Haces en mi vida un espacio donde la ternura y el deseo provocan un torbellino.
Noche de luna abrazando mi alma,
Haces que el universo entero quepa en mi corazón.
Ella era como una tarde entre la lluvia y la noche.
El sol.
Aquel sol del atardecer y de la madrugada.
Ese que abriga el alma y desgarra la piel.
El sol.
Reflejándose en el rocío de la yerba.
Era como las estrellas,
bajo un cielo de verano.
Esas que se ocultan durante el resto del año.
Las estrellas,
ese destino lejano.
Ese instante entre sus labios,
todos los instantes,
todas las estrellas,
el sol.
Era como la tarde entre la lluvia y la noche.
Mi lejano día contigo es una angustia que perfora mi alma pero a la vez me produce una sonrisa; nostalgia de esos días que no volverán, pero invitan a pensar que todo es posible en los sueños.
Tu voz es como día nublado, que depara refrescante lluvia; es pensar que vivir ha valido la pena hasta hoy y que el futuro es algo más que polvo e incertidumbre.
Somos aquellas historias:
Esas casualidades,
esas elecciones al azar,
esas decisiones por amor.
Somos esos veleros a la mar,
esas opciones únicas,
esas malas decisiones.
Somos aquellos dados,
bailando al acordeón de la cascada;
esos fuegos artificiales,
cuyas cenizas se diseminaron.
Somos hojas ocres de distintos árboles,
que se abrazan en el suelo.
Somos esos árboles,
solos.
Solo este instante.
2026, DAVID NICOLALDE DEL POZO