La primera vez que vi una escena de felación fue en una revista en blanco y negro: no logré entender por qué una mujer se metía el pene de un hombre a la boca y me parecía asquerosa la posibilidad de que el tipo se le meara encima. Una tía, que me cachó con la revista, intentó convencerme de manera apresurada que eso «era una enfermedad», y que esas fotos eran para ilustrar casos clínicos. Años más tarde, de vacaciones en casa de unos primos en Arenillas, mis hermanos se pusieron a ver una peli porno. Nunca olvidaré la primera escena que vi: era un tipo, con un calzón raro donde tenía sujeto una especie de pito artificial de color negro, que lo hacía con dos chicas a la vez. Por alguna razón ya no sentí el mismo asco que cuándo miré la revista, aunque sí cierto cargo de conciencia religioso qué seguro se debía al catecismo. Luego de «confirmar» que así era como se gestaban los bebés, un día les pregunté a mis hermanos mayores si nuestros padres también nos fabricaron así, lluchos y con juguetes raros, a lo que me respondieron con un desdeñoso «calla, ¿qué te importa?».
Tiempo después, mis ñaños, que eran más vivarachos y sueltos, tuvieron sus amores y cosas. Tímido como era, a mí me costó más tiempo. Mi primer beso lo di recién durante unas vacaciones, jugando a la botella, y no pude hacerme mi primera paja hasta los catorce años, puesto que la primera vez que lo intenté, a los doce, me lastimé sin querer. Durante esos años locos, sin internet en casa, el traficar con películas y revistas de porno era toda una odisea. A veces intercambiábamos revistas a cambio de deberes o golosinas. En una ocasión, mi mamá me encontró una revista prestada y tuve que ayudar en matemáticas a mi amigo Fabricio durante un mes para reponérsela. Cosas de adolescentes.
Un día, decidimos colarnos a un cine para adultos. A finales de los noventa aún teníamos en Quito al al América y al Hollywood. Habíamos escuchado de todo sobre ellos: que iban homosexuales, violadores, parejas que se sentaban atrás para «aprovechar lo oscurito» y viejos pajeros, que se sentaban en las primeras filas. Un día quisimos ir con el Fabricio, pero al rato concluimos que, de hacerlo (en el supuesto caso de podernos colar), la gente nos creería maricas. Fue así que decidimos convencer al Ernesto y al Gabo para que nos acoliten. Luego de evaluar la situación, concluimos que el América era el cine menos foco para intentarlo, ya que por el Granada y el Hollywood pasaba demasiada gente, aunque por otro lado, sería más difícil escabullirnos. Fue entonces que se nos ocurrió intentar sobornar al de los boletos: mil sucres bastarían. Tan ingenuos. No solo que el man se cagó de risa, sino que mil sucres ya no eran nada para entonces (las entradas costaban ocho mil sucres). Desilusionados y sintiéndonos algo ridículos y pervertidos, con un gran sentimiento de culpa (seguramente por haber ido a la catequesis), decidimos no volver a hablar nunca más del asunto y pegarnos con la plata que habíamos juntado unas buenas salchipapas.
Años después, ya en pleno siglo XXI, descocado hace rato y sumergido hasta el fondo en internet, me enteré por un periódico digital que el cine Hollywood cerró sus puertas. Para entonces ya había perdido contacto con mis compañeros del colegio, incluso en Facebook: se los hubiera tragado la tierra. Del Ernesto apenas supe que ya estaba casado, que asistía a alguna iglesia cristiana y que trabajaba instalando techos de yeso. Supuse que el Fabricio y el Gabo habrían hecho lo mismo. Por mi parte, estuve casado durante tres años, aunque no llegué a tener un hijo. Tiempo después conocí a Claudia, quien tenía un hijo de ocho años y nunca se casó. Un día, la Claudia me propuso visitar el teatro América, el último cine porno de Quito. En principio la idea me resultó más que desagradable, inútil, en vista de toda la pornografía que ya había visto durante toda mi vida, tanto en revistas y videos como en internet. Se me hizo incluso pervertido de su parte, debido a que era la madre de un guambra de ocho (a quien obviamente no llevaríamos), edad a la que ingresé en el catecismo.
—Qué, ¿también vas a salir con esas huevadas moralistas? —respondió con picardía—. ¡Dale, vamos!
Ahora, que estoy a punto de entrar de la mano de mi novia al teatro América, me siento como cuando era tenía doce. Cierto impulso insiste en alejarme de ese lugar. Entendí con los años que los orgasmos no duran una eternidad, que no son simultáneos y que el sexo no necesariamente es para dar vacaciones a las cigüeñas. Entendí que los curas deberían dejar aquel voto de castidad que solo podría ocasionarles un cáncer de próstata y disfrutar de la vida sexual como cualquier ser humano, que nadie (o casi nadie) se quedó ciego, le salieron pelos en las manos o se murió por masturbarse y que el cine porno legal es pura ficción, producida sobre todo para nuestros ojos masculinos. Pero sobre todo eso, entendí que las mayores chispas del amor siguen estando en un buen destrampe.
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