martes, 25 de abril de 2023
Celine Reuter
sábado, 4 de marzo de 2023
Una flor en España
Mañana moriré,
O quizás algún día;
Como las flores al atardecer,
Que miras por la carretera.
Las ciudades se vuelven de humo,
Los pueblos son como árboles que arrojan hojas al viento,
que a veces crujen con los pasos de los caminantes.
Mañana será ayer y hoy habré querido volar sobre el tiempo y los pensamientos de la gente,
pero no podré y simularé haber conocido a todos a través de unas cuantas palabras.
Los colores se abrazarán y darán vida a mil formas nuevas, que construirán nuevos caminos.
Mañana renaceré o quizás más tarde, aún no lo sé;
Todavía no he caminado hacia la playa donde aguarda la canoa,
que me devuelva a la tierra de los molinos de viento.
miércoles, 31 de agosto de 2022
Androi_d
domingo, 14 de agosto de 2022
Un ciclo sin fin
jueves, 28 de julio de 2022
Para no perder el rumbo
sábado, 19 de febrero de 2022
Sintigo
Soñábamos con conquistar el mundo.
Soñando despiertos a veces,
Atravesando los mares en barcos de papel.
Jugando su juego, ganando y perdiendo casi siempre.
Procrastinando a veces,
reinventándonos a borrones.
Recibiendo por pago a veces una sonrisa,
de aquellas que a veces no tienen cabida en el paraíso capitalista.
A veces confundidos entre el tumulto y empujados, pero vueltos a levantar.
A veces de regreso,
preguntándome inútilmente si pude hacer algo más,
Solo me dejo arrastrar por el horizonte,
cabalgando sobre la ola imaginaria que tras la inmensa noche,
quizás me muestre tierra a la vista.
viernes, 18 de febrero de 2022
Bruja
domingo, 13 de febrero de 2022
El castillo
domingo, 26 de diciembre de 2021
Los años por venir
Tú,
Viento frío del atardecer.
Rayo sereno entre la árida jornada y la oscura tormenta,
Haces en mi vida un espacio donde la ternura y el deseo provocan un torbellino.
Noche de luna abrazando mi alma,
Haces que el universo entero quepa en mi corazón.
martes, 27 de julio de 2021
Interludio
Ella era como una tarde entre la lluvia y la noche.
El sol.
Aquel sol del atardecer y de la madrugada.
Ese que abriga el alma y desgarra la piel.
El sol.
Reflejándose en el rocío de la yerba.
Era como las estrellas,
bajo un cielo de verano.
Esas que se ocultan durante el resto del año.
Las estrellas,
ese destino lejano.
Ese instante entre sus labios,
todos los instantes,
todas las estrellas,
el sol.
Era como la tarde entre la lluvia y la noche.
viernes, 23 de julio de 2021
Autonostalgia
Mi lejano día contigo es una angustia que perfora mi alma pero a la vez me produce una sonrisa; nostalgia de esos días que no volverán, pero invitan a pensar que todo es posible en los sueños.
Tu voz es como día nublado, que depara refrescante lluvia; es pensar que vivir ha valido la pena hasta hoy y que el futuro es algo más que polvo e incertidumbre.
lunes, 21 de junio de 2021
Gara
Somos aquellas historias:
Esas casualidades,
esas elecciones al azar,
esas decisiones por amor.
Somos esos veleros a la mar,
esas opciones únicas,
esas malas decisiones.
Somos aquellos dados,
bailando al acordeón de la cascada;
esos fuegos artificiales,
cuyas cenizas se diseminaron.
Somos hojas ocres de distintos árboles,
que se abrazan en el suelo.
Somos esos árboles,
solos.
Solo este instante.
martes, 25 de febrero de 2020
El último atardecer del feriado
Tan apacibles,
Tan profundos,
Tan ruidosos.
El sol nos engullía en cada atardecer.
Por las noches,
Tus tibias olas azolaban mis castillos,
mientras un barco se alejaba entre la oscuridad,
una lucecita,
Como una estrella perdida entre la bruma.
El invierno y la lluvia son una carretera distante.
Eramos el limo y la espuma,
El limbo,
Las huellas perdidas.
Los solitarios.
Las lucecitas.
domingo, 9 de febrero de 2020
Un vikingo en La Alameda
extenuado de tu viaje.
Te hallabas en una ciudad extraña,
en una época extraña.
La sangre y el fuego ya no brillan como antes,
los dioses han perdido su voz.
Te hallabas cansado,
soñabas exhausto sobre la yerba.
Unos muchachos juegan en un drakkar que ya no es como los de antes.
Las turbias aguas parecen ocultar tu escudo,
bajo las tristes hojas que el viento arrojó impune.
No hay un sitio en el mundo,
dónde hallar las palabras que se extraviaron.
No hay un puerto donde ir,
no hay nada.
La vida parece injusta,
No existe nada.
Sueñas y continúas exhausto,
te preguntas si todos fueron al valhalla.
Te preguntas si es una broma del destino.
¿Hallarás un nuevo puerto de dónde zarpar?
¿Qué tan lejos estará?
Deseas arrojarte,
Ojalá el mar sea profundo.
Esperarás en La Alameda a que sea medianoche.
Águila de sangre:
¿Qué es lo que vi tras el fragor?
¿Qué me arrojó a este mundo sin nombre?
domingo, 27 de octubre de 2019
El último cine porno
La primera vez que vi una escena de felación fue en una revista en blanco y negro: no logré entender por qué una mujer se metía el pene de un hombre a la boca y me parecía asquerosa la posibilidad de que el tipo se le meara encima. Una tía, que me cachó con la revista, intentó convencerme de manera apresurada que eso «era una enfermedad», y que esas fotos eran para ilustrar casos clínicos. Años más tarde, de vacaciones en casa de unos primos en Arenillas, mis hermanos se pusieron a ver una peli porno. Nunca olvidaré la primera escena que vi: era un tipo, con un calzón raro donde tenía sujeto una especie de pito artificial de color negro, que lo hacía con dos chicas a la vez. Por alguna razón ya no sentí el mismo asco que cuándo miré la revista, aunque sí cierto cargo de conciencia religioso qué seguro se debía al catecismo. Luego de «confirmar» que así era como se gestaban los bebés, un día les pregunté a mis hermanos mayores si nuestros padres también nos fabricaron así, lluchos y con juguetes raros, a lo que me respondieron con un desdeñoso «calla, ¿qué te importa?».
Tiempo después, mis ñaños, que eran más vivarachos y sueltos, tuvieron sus amores y cosas. Tímido como era, a mí me costó más tiempo. Mi primer beso lo di recién durante unas vacaciones, jugando a la botella, y no pude hacerme mi primera paja hasta los catorce años, puesto que la primera vez que lo intenté, a los doce, me lastimé sin querer. Durante esos años locos, sin internet en casa, el traficar con películas y revistas de porno era toda una odisea. A veces intercambiábamos revistas a cambio de deberes o golosinas. En una ocasión, mi mamá me encontró una revista prestada y tuve que ayudar en Matemáticas a mi amigo Fabricio durante un mes para reponérsela. Cosas de adolescentes.
Un día, decidimos colarnos a un cine para adultos. A finales de los noventa aún teníamos en Quito al América y al Hollywood. Habíamos escuchado de todo sobre ellos: que iban homosexuales, violadores, parejas que se sentaban atrás para «aprovechar lo oscurito» y viejos pajeros, que se sentaban en las primeras filas. Un día quisimos ir con el Fabricio, pero al rato concluimos que, de hacerlo (en el supuesto caso de podernos colar), la gente nos creería maricas. Fue así que decidimos convencer al Ernesto y al Gabo para que nos acoliten. Luego de evaluar la situación, concluimos que el América era el cine menos foco para intentarlo, ya que por el Granada y el Hollywood pasaba demasiada gente, aunque por otro lado, sería más difícil escabullirnos. Fue entonces que se nos ocurrió intentar sobornar al de los boletos: mil sucres bastarían. Tan ingenuos. No solo que el man se cagó de risa, sino que mil sucres ya no eran nada para entonces (las entradas costaban ocho mil sucres). Desilusionados y sintiéndonos algo ridículos y pervertidos, con un gran sentimiento de culpa (seguramente por haber ido a la catequesis), decidimos no volver a hablar nunca más del asunto y pegarnos con la plata que habíamos juntado unas buenas salchipapas.
Años después, ya en pleno siglo XXI, descocado hace rato y sumergido hasta el fondo en internet, me enteré por un periódico digital que el cine Hollywood cerró sus puertas. Para entonces ya había perdido contacto con mis compañeros del colegio, incluso en Facebook: se los hubiera tragado la tierra. Del Ernesto apenas supe que ya estaba casado, que asistía a alguna iglesia cristiana y que trabajaba instalando techos de yeso. Supuse que el Fabricio y el Gabo habrían hecho lo mismo. Por mi parte, estuve casado durante tres años, aunque no llegué a tener un hijo. Tiempo después conocí a Claudia, quien tenía un hijo de ocho años y nunca se casó. Un día, la Claudia me propuso visitar el teatro América, el último cine porno de Quito. En principio la idea me resultó más que desagradable, inútil, en vista de toda la pornografía que ya había visto durante toda mi vida, tanto en revistas y videos como en internet. Se me hizo incluso pervertido de su parte, debido a que era la madre de un guambra de ocho (a quien obviamente no llevaríamos), edad a la que ingresé en el catecismo.
Ahora, que estoy a punto de entrar de la mano de mi novia al teatro América, me siento como cuando era tenía doce. Cierto impulso insiste en alejarme de ese lugar. Entendí con los años que los orgasmos no duran una eternidad, que no son simultáneos y que el sexo no necesariamente es para dar vacaciones a las cigüeñas. Entendí que los curas deberían dejar aquel voto de castidad que solo podría ocasionarles un cáncer de próstata y disfrutar de la vida sexual como cualquier ser humano, que nadie (o casi nadie) se quedó ciego, le salieron pelos en las manos o se murió por masturbarse y que el cine porno legal es pura ficción, producida sobre todo para nuestros ojos masculinos. Pero sobre todo eso, entendí que las mayores chispas del amor siguen estando en un buen destrampe.
domingo, 28 de julio de 2019
La una de la medianoche
Nos juntaríamos ese día para comernos un chaulafán y comparar unas guías que nos habían dado para los nuevos cursos que iniciaríamos en septiembre; el pre abriría una nueva sucursal, y debíamos discutir si seguiríamos con el mismo manual de clase o si haríamos unas adaptaciones. Mi compañero no suele ser impuntual; de hecho, me extrañaba que no llegara todavía. Supuse que quizás se encontraría de camino con Diana, su novia de ya siete años, y que una nave extraterrestre los habría abducido y llevado a una exótica playa en las Galápagos o el Caribe, donde tendrían sexo desenfrenado hasta que terminara el verano. O que quizás, un agente llegó a su casa para anunciarle que se ganó la lotería, por lo que decidió de manera sigilosa mandar al carajo a nuestro trabajo, en donde no teníamos ni contrato ni prestaciones sociales. El punto es que el Diego no llegaba, y sentía algo de pereza de salir a buscar una cabina para llamarle a su celular, por lo que decidí pedir un chaulafán con Coca-Cola y un plato de wantán.
Mi comida transcurría normal, hasta que, en medio de una canción de reguetón que sonaban en la radio y el español mal pronunciado de una de las meseras (supongo, hija de la dueña), una llamada telefónica en una mesa vecina llamó mi atención. La charla, protagonizada por alguien que parecía colombiano decía más o menos: «…Sí pues, nos vemos entonces a la una de la medianoche, bien pueda mijo, nos lo quebramos.» «Nos lo quebramos»… ¿Dónde había escuchado esa frase? ¿No fue en algún episodio de aquella serie Pandillas: Guerra y Paz? ¿Sería posible que estuviera contemplando el plan de asesinato de alguna persona, y que el amable comensal de la mesa vecina fuera un sicario?
Por un momento pensé en salir del chifa, buscar la cabina más cercana y llamar cuidadosamente a la policía para que detenga al sospechoso. Pero al recordar que nuestros chapas son más lentos que tortuga y que para cuando llegara alguna patrulla seguramente el potencial sicario se habría marchado, concluí que sería mejor hacerme el loco y seguir con mi comida. Sin embargo, los pedazos de carne de cerdo y camarones muertos de mi plato me recordaron de nuevo el carácter frágil de la vida, y de nuevo me entró una duda, de que quizás mi silencio sería el culpable de que algún tipo cualquiera de la ciudad muriera esa madrugada, o mejor dicho esa medianoche, la una de la medianoche, ¿o la una de la madrugada? qué importaba. Quizás era algún lenguaje en clave... o quizás no se trataba de algún asesinato, quizás mi polisemia estaba fuera de lugar y «quebrar» no se refería a matar, como se suele interpretar en la jerga colombiana, sino cerrar algún negocio o romper alguna cosa. Mientras divagaba, el hombre del celular ordenó una cerveza.
El Diego seguía sin llegar; supuse que definitivamente ya no vendría. De todos modos estaba comiendo ya, y no dejaría mi plato a medias, a más que el arroz estaba bueno. En eso, el celular del hombre sonó de vuelta. Pero esta vez, el tipo salió a contestar afuera. Fue entonces que confirmé que no debía tratarse de nada bueno, y que tal vez notó su imprudencia de hace un momento, de contestar en público. Pensé en escaparme entonces del restaurante, pero había un problema: todavía no había pagado, y seguro la china creería que intentaba salir sin pagar. Nuevamente me senté, respiré un poco y quise suponer que veía demasiada tele y cucos por todas partes, que probablemente aquella conversación fue producto de mi imaginación y que tal vez estaba estresado por el trabajo que aquel día ya no podría hacer por causa del promiscuo del Diego. Entonces, el tipo regresó. Volvió a la mesa como si nada.
Ya no me sentía para nada cómodo, y mi arroz que estaba aún por la mitad se quedaría a medias. Decidí ir al baño; me quedaría allí durante algunos minutos, hasta que el personaje salido de Pandillas Guerra y Paz abandonara el lugar. Pero el tipo no se iba, y por el contrario, lo vi de nuevo con el celular. Algo me decía que el man supuso ya que lo había escuchado y que al dejar el chifa me iría siguiendo. De repente, mi pana Diego apareció en el chifa, mientras espiaba desde la puerta del baño. Dio una ojeada, pero al no verme, supuso quizás que ya me había ido. Ni siquiera reparó en las guías de estudio en la mesa. Salí entonces corriendo a decirle que le estuve esperando, y que se siente, tranquilo; supuse que la repentina aparición de mi compañero produciría una especie de giro de tuerca en esta historia, y que el sicario quizás supondría cualquier cosa sobre nosotros, menos que uno de nosotros fuese un sapo con la policía.
Preferí ahondarme en la discusión sobre las guías con el Diego, para distraerme; pero el potencial pistolero no se iba. Por el contrario, se pidió unos camarones a la plancha cuyo ruido y vapor escandaloso seguro llenaban más el plato que los camarones. Sumido en mis pensamientos, y casi quedándome en blanco, decidí salirme corriendo del chifa, dejando un billete de diez dólares. El colombiano se levantó también. Corrí sin mirar atrás durante varias cuadras. Corrí y seguí sin parar. Entonces vi al sujeto correr junto a mí. Imaginé que me alcanzaría, apretaría el gatillo de su pistola y... un momento, ¿por qué no iba en su moto? ¿No que los sicarios andan en moto? Seguí corriendo. Hasta que me choqué con un negro, como de tres metros de estatura y un uniforme de guardia de seguridad.
Luego de las respectivas disculpas, le conté al guardia sobre mis suposiciones. Me dijo lo mismo, que tal vez veía demasiada televisión y que me calme. El colombiano se había esfumado; varios minutos después, con algo de recelo, decidí volver al chifa, con la excusa de pedir el vuelto. Al regresar, me encontré al colombiano de nuevo, junto con el Diego. Resultó que eran amigos, que habían sido compañeros en la universidad, y que no se quebrarían a nadie, sino que estaban burlándose de aquellos programas estilo Pandillas: Guerra y Paz.
viernes, 21 de junio de 2019
Sol de Chernobyl
bajo la ardiente farola del universo
el cálido aliento de la muerte
Cada pájaro,
cada hoja de árbol desvaneciéndose
cada cerveza que se evapora en tu insípida existencia.
Has de correr,
pero no hallar salida;
solo fingir que el mundo acaba cada noche,
y mañana a la misma rutina.
Sentirte a gusto con las migajas que te da el mundo,
con encajar en algún rompecabezas,
con no morir en la miseria.
Con gritar aunque a nadie le importe tu intrascendente historia,
en una ciudad de los Andes.
Desbarata un muro,
quiebra unas cuántas cabezas;
juega a la revolución,
mientras llega el ocaso del sol.
Esta noche caerá un nuevo imperio en tu cabeza,
quizás mañana otro similar;
no te conformes tan solo con la luz a través del cristal.
martes, 11 de junio de 2019
Vivi
Días más tarde quedamos en vernos, precisamente en el mismo sitio donde nos habíamos conocido: el Ágora de la Casa de la Cultura. Caminamos en sus alrededores; no bebimos siquiera un café, solo charlamos. Entonces me contó que le agradaba el black metal, y me contó con entusiasmo sobre un festival que se celebraba cada año en Noruega. Su expresión se llenaba de entusiasmo al hablarme de Bathory; unos años después me enteré de la muerte de su vocalista, Quorthon; también mencionó que practicaba judo y que le gustaba nadar.
No recuerdo si fui yo quien la besó, o si me dejé llevar; la oscuridad y sus pinceladas de smog fueron nuestros únicos testigos. Me encantaban sus pelos zambos, entre sucos y castaños. Unos días después, en que quise volver a buscarla, la oscuridad terminó de envolvernos y no volvimos a coincidir más, hasta la ocasión en que la encontré cerca del teatro Malayerba de El Belén. Se había encontrado con otro tipo. Nunca nos hicimos novios o nada parecido. Supuse que por ese lado no había lío. Pero con el tiempo algo empezó a no hacerme sentir muy bien. Días después, le escribí por el Latinmail. Le dije que me había parecido algo importante. "No lo sabía" me respondió. Tiempo después volví a verla, esta vez por la iglesia de El Sagrario: estaba con quien asumí era ya su esposo, en el bautizo católico de su hija. Tiempo después, no sé por qué, al volver a coincidir, le pregunté si gustaba aún del black metal. Me dijo que ya no lo escuchaba.
En un libro de caricaturas, todavía guardo una foto que nos hicimos juntos, un 31 de diciembre en la Concha Acústica. Para entonces ya no éramos nada.
jueves, 6 de junio de 2019
La buena nueva
Un día, por morbosa curiosidad, decidí perseguir al predicador luego de su quizá infructuosa jornada por salvar almas del infierno. Bajó por la Venezuela tres cuadras hasta la Plaza 24 de Mayo. Creí que iría con alguna prostituta, pero se metió en una casa amarilla. De pronto sentí un tremendo escalofrío. Mientras miraba a una puta de aspecto bastante mayor, discutiendo con quien al parecer era su proxeneta, se me bajó la presión; entonces unas luces blancas como de ovnis se apoderaron del paisaje, seguidas de un sacudón oscuro que de repente, me hicieron creer que recién me levantaba de la cama y que todo había sido un sueño.
Entre el negro lienzo de mi cabeza escuché una tosca voz femenina; era la mujer de hace un momento, preguntándome si estaba bien. Un poco asustado, me levanté de inmediato para emprender la huida, pero enseguida noté que tenía sangre en la oreja.
—Joven, parece que se rompió la cabeza. Venga, le llevo a que por lo menos le pongan alcohol.
Tanta cortesía me parecía sospechosa.
—Gracias, no importa, ya me consigo algo en la farmacia —respondí, mientras me preparaba a correr otra vez—. Sin embargo, sentía el cuerpo amortiguado y me costaba permanecer de pie.
Retraído y todo, logré volver a la Plaza Grande; las personas, que hace rato parecían no darme importancia, empezaron de pronto a mirarme con cierto escozor. Supuse que la gente se hacía demasiado lío por apenas unas gotas de sangre; sin embargo, otro repentino dolor de cabeza volvió a pincharme en lo más profundo, como si intentara sustraer por la fuerza mi masa encefálica. Sentí mucho miedo entonces. Empecé a creer que quizás eso del fin del mundo era cierto. Me senté por un momento en una de las bancas del parque.
Mi esposa estaba en su trabajo y no quise interrumpirla; hace pocos días volvió a laborar, y no creí que a sus nuevos jefes les hiciera gracia que pidiera permiso tan pronto. Mis padres y hermanos viven en otra ciudad, y no creí que pudieran teletransportarse hasta la Plaza Grande. En cuanto intenté llamar al 911, descubrí que mi celular estaba sin batería. Decidí esperar al menos que me pasara el hormigueo en brazos y piernas para volver a andar.
Entonces ocurrió lo inesperado: el predicador se acercó hacia mí. Me preguntó qué había ocurrido; enseguida, llamó a una persona cuyo nombre no recuerdo, que a su vez llamó a un agente metropolitano, quien se quedó conmigo hasta que llegó una enfermera con alcohol y gasas. Después me subieron en una patrulla y condujeron hasta el centro de salud del Centro Histórico.
Durante varias semanas tuve miedo de regresar por Carondelet. De repente, cierta superstición se apoderó de mí y me hizo creer que todo eso me había ocurrido por descreer de quienes creen. En casa, mi esposa llegó incluso a suponer que ese día había ido a buscar prostitutas. Cada vez que volvía a contarle al detalle lo sucedido, ella se convencía más de que le estaba mintiendo, y que seguramente fui asaltado por buscar lo que no se me había perdido.
Meses después, un trámite en el Municipio me obligó a regresar a la Plaza Grande y volví a ver al predicador. Por un instante me sentí en la obligación de acercarme a él y darle las gracias por haberme pedido ayuda. Sin embargo, la suspicacia y cierta vergüenza me impidieron hacerlo. Entonces, se me ocurrió lo que consideré la mejor idea posible: regalarle una biblia nueva, pues noté que la que traía estaba vieja y desgastada. Una hora más tarde, me acerqué finalmente a él.
—Gracias, de no ser por usted, no sé que hubiese pasado conmigo ese día.
—¿Quién es usted?
—Soy yo, el de la cabeza rota de la otra vez, ¿no se acuerda?
—¡IMPÍOS, IMPÍOS, ME ASEGURARÉ DE QUE ARDAN EN EL INFIERNO JUNTO A LA TENTACIÓN Y A LA CONCUPISCENCIA! —recitó de inmediato, marchándose sin siquiera darme tiempo de ofrecerle la biblia nueva que había comprado para él.
Pensé entonces que se trataba de otro loco, de esos que abundan en el Centro de Quito, ciudad mojigata pero beata por conveniencia. Curado por fin del golpe en la cabeza y atenuada la cicatriz, por un tiempo intenté encontrar en aquella flamante biblia la cita que el predicador pronunció al verme otra vez. Nunca encontré el pasaje, por lo que deduje eran frases inventadas para llamar la atención. Después de todo, seguro era un vago o un actor, que ejercía una rutina diaria a cambio de unas monedas para comer.
La Biblia finalmente terminó por causarme de nuevo una extraña sensación de malestar, que no pude evitar relacionar con el día en que me partí la cabeza en la 24 de Mayo, y a diferencia del Juan Dahlmann de Borges que se atrevió a releer el ejemplar de Las Mil y Una Noches, decidí quemar mi nuevo y antiguo Testamento para que ningún rastro de ellos, nunca más, me recordara ese día en que pude haberme desangrado frente a las narizotas del presidente de la República en la Plaza Grande.
Al día siguiente, un domingo, resuelto a seguir con mi vida y simular que nada había pasado, agarré la bici y me dirigí hacia el centro. En la calle Venezuela, donde se forma una pendiente, olvidé apretar bien los frenos y en cierta parte perdí el equilibrio y caí. Volví a sentir temor de quedar inconsciente otra vez, pero a pesar del raspón en la pierna, me sentía lúcido. «No hay nada que temer, todo está bien» pensé. Entonces, volví a ver al predicador, con la cara llena de hollín y una biblia quemada entre sus manos.
lunes, 27 de mayo de 2019
Vida en Marte
sola,
frente al televisor.
El cielo permanece nublado esta noche,
aunque una luz solitaria te mira a lo lejos.
La luna no ha venido esta noche,
¿dónde habrán ido los hombrecillos verdes?
Te decides por salir,
el viento llegó sin ser invitado;
caminas junto al lago de La Alameda,
mientras te preguntas si hay vida en Marte;
todos están lejos.
La calle es un grito ahogado,
también los autos se fueron a dormir.
¿Qué habría sido de tu vida,
sí te subías en aquel autobús?
El miedo a morir ya no es miedo,
es tedio.
Entre tus pensamientos alguien ha muerto,
los hombrecillos verdes se dispersan sobre el cementerio.
Las mismas preguntas adolescentes conviven con tus canas.
Quisieras volver,
pero el nublado cielo ha descendido a la ciudad.
El amor no late tan fuerte como ayer.
Sentada frente al lago,
todavía te preguntas si hay vida en Marte;
la calle es un grito ahogado.