viernes, 15 de marzo de 2019

Jesús y Satán

¿De verdad te llamas así? le dijo el niño pastor, carisucio y con la cara llena de mocos al otro, más recatado y que aparentemente andaba perdido.
   —No tengo idea; hace cuarenta días que no he visto a mis padres— respondió, extrañado.
   —¿Tienes hambre? en la mochila tengo choclos y habas cocinadas.
   El muchachito de ciudad no acostumbraba a comer ese tipo de cosas, pero ya que no le quedaba de otra, tuvo que aprovechar el pequeño banquete.
   —¿Y me dices que no vas a la escuela?— prosiguió el fuereño, mientras miraba fijamente las manos del pequeño pastor.
   —Mi papá dice que debo cuidar los borregos.
   —¿Pero no lo harías mejor si supieras sumar y restar, el proceso de fotosíntesis o de donde vienen las cosas?
   —Se supone que ya lo sé.
   —Por ejemplo... ¿quién es el rey del universo?
   —Mi padre.
   —Jajaja... ya quisiera ser tu hermano.
   —¿Y quién te ha dicho que no lo somos?   —respondió plácido el pequeño campesino, ante la mirada desconcertada del niño de ciudad.
   Mira...si te doy un caramelo, ¿me dejarías jugar con alguna de tus ovejas? —propuso el niño de cara más aseada.
   —Dale. Pero si llegas a perderla, tendrás que darme dos de vuelta.
   —¿Y por qué lo haría? ¿no sería una nada más? veo que sabes de intereses...
   —No puedo arriesgar mi capital.
   —Eres un pillín —reaccionó el citadino sorprendido—. De acuerdo, dejaré en paz tus ovejas, pero un día morirás también.
   —Sí, pero volveré —replicó el pastorcillo.
   —Nadie regresa de morir —respondió Satán.
   —Solo morimos en el pensamiento de los que existen —concluyó Jesús.
   —¿Y ambos, existimos en verdad?

sábado, 9 de marzo de 2019

Mariana

Cada vez que pronuncio su nombre, no puedo dejar de recordar la leyenda de Mariana de Jesús, aquella que dice que «el país no se acabará por algún terremoto, sino por los malos gobiernos». Se me hacía un nombre tan clerical, como de monja; supongo tuvo que ver también el personaje de la novela A la Costa de Luis A. Martínez, Mariana, interpretado por Verónica Noboa, quien pese a tener senos pequeños, tenía un aire muy sensual.

        Todo empezó a unos meses de abrir mi cuenta de Instagram; un grupo de fotos de aficionados a Star Wars, la saga más geek del universo, captó mi atención. Era un muñeco stormtrooper sobre una roca; me pareció una composición genial. Miré entonces a su autora: llevaba el cabello negro corto, como emulando a la chica del video de Pearl Jam, «Do the evolution». Supuse era un cuadro como los del Andy Warhol, en una ciudad distante para él, en una época extraña, en un multicolor andino.

        La gente hoy emplea filtros para todo, desde caras de perros en Snapchat hasta cejas dibujadas sobre gorras de color fucsia, pasando por rodillas que algunas chicas hacen pasar por senos. Por un momento temí que Mariana fuera un producto de mi imaginación, quizás un proyecto de personaje de ficción basado en la malograda Mariana de Jesús y a la vez en la sensual Mariana de A la Costa. Por eso, la tarde en que la vi por primera vez, el mismo día que en Quito habría un festival de luces de colores mientras iba a la farmacia a comprar una medicina para mi gata, me costó creer que fuera real.

        Ya en confianza, una tarde quedamos vernos en el parque María Angula (el nombre es un alias del parque Navarro de La Floresta) para salir a tripear. Esa tarde andaba chiro; descaradamente hice que ella me invitara el plato de tripas.

        —Cuando te conocí pensé que no eras real —manifesté con la boca llena.
        —¡Ja, ja, ja! —respondió austeramente.

        Volví a verla en otra ocasión, durante un partido del Deportivo Quito. Conocí a su hijo, a quien le compró una camiseta para obligarlo a entrar en nuestra onda. «¡Hinchada! ¡hinchada! ¡hinchada hay una sola! ¡hinchada hay una sola y las demás son hijueputas!... Yo te quiero AKD, a vos te quiero, vos sos, mi vida... siempre te voy a a alentar». Un hincha viejo sentado junto a nosotros creyó que éramos esposos; decidimos no sacarle de su ficción. Al final, el Quito había ganado por dos a cero. Volvimos a quedar para otra tripa.

        —¿Nos veremos siempre tras una cortina azul de humo? —le dije, intentando una ñoña metáfora del asadero de tripas. Ni siquiera me respondió.
        Meses más tarde, a unos días del año nuevo, compartimos fotos del Almanaque de Murray y Lahmann, suponiendo que éramos los únicos que todavía lo compraban.

        Dónde esté, que la fuerza la acompañe.

Joy

Solía verla casi siempre bajando las escaleras, durante la facultad. Parecía venida del cielo; sus sambos negros eran como lianas de un árbol en alguna nube de lluvia. El apuro habitual me impedía mirar a sus ojos. Un chico, su novio, quien poseía una sonrisa afable, solía acompañarla; por aquellos días yo también tenía una novia, cuyo nombre ya me cansé de pronunciar hace tiempo.
   Los años que no perdonan distancias ni facciones nos apartaron, aunque los artificios tecnológicos humanos volvieron a acercarnos. Ya no somos los mismos, pero sí las canciones. Solía escribirle pequeños textos con letras de temas que suponía desconocidos para ella; intentaba meterme en su cabeza e imaginar los incontables viajes en bus junto a la radio y las miles de personas que habrían transitado por su vida. Un día me animé a cantarle por Whatsapp; hace mucho que ya no le temo al ridículo.
   Hoy, cada vez que conecto con ella, siento que sigue siendo como alguien bajando las escaleras, desde el cielo, como en la facultad.

jueves, 18 de octubre de 2018

Lidia Deetz

Te conocí en un día sin luz,
de esos que extrañas el sol,
pero eras la luna;
ojos tristes lejanos,
deseé ser Beetlejuice u otro fantasma
y envolverme en ti.
Náufragos de la lluvia;
el verte fue como el día en que conocí la nieve,
al filo del camino,
donde aguardaba el halcón.
Me pregunté entonces,
¿qué será de mí?
si un día quizás te encontraré,
si un día quizás me perderé,
entre tus ojos tristes.

Paseamos en el No Mundo,
mirándonos en silencio,
tú, la luna al mediodía y mi risa nerviosa,
en la encrucijada de todas las épocas y espacios.
Te recordaré tal vez,
me recordarás después,
pensando en ti.
Éramos dos fantasmas de ciudad,
náufragos de la lluvia invisible;
te conocí en un día de octubre:
me recordaste a Lidia Deetz;
me imaginé contigo en la orilla gris del mar,
bajo la luna del mediodía.
Un día quizás te encontraré,
te recordaré tal vez,
pensando en mí.
Un día quizás me encontraré,
me recordaré tal vez,
pensando en ti.
Un día quizás te encontraré,
me recordarás tal vez,
pensando en ti.
Me recordarás tal vez,
me recordaré otra vez,
pensando en ti.


jueves, 28 de junio de 2018

Lo que pudo ser

El largo insomnio parece llegar a su fin;
el verano ha dado tregua.
Todo se vuelve gris.
Entre los libros,
que pronto serán basura,
aguardan mil fotos,
con varios rostros desconocidos.
¿Habrán muerto ya?
La radio seguirá en antena aunque apague el receptor,
y la gente seguirá publicando tonterías.
Todo se vuelve gris.
Un viejo balón aguardaba en la bodega,
cuya soledad he interrumpido por accidente.
¿Y sí salimos a correr?
le pregunto,
como sí pudiera responderme.
Y escucho que nos hemos perdido de muchas tardes,
 y días de sol.
Todo se vuelve gris.
Siento sueño,
espero volver a casa,
se hace tarde para dormir;
todo se vuelve gris,
también la tarde.
Todo se ha vuelto gris.
El verano ha dado tregua y el sol se ha resguardado
para otros amaneceres.
Ojalá hubiese acudido a aquel baile,
ojalá me hubiese atrevido a dibujar eso que se me ocurrió un día.
Todo se vuelve gris.
Todo se vuelve negro.

sábado, 2 de junio de 2018

País de nadie

Viajas y estás solo
ningún abrazo es suficiente o real
Ninguna voz te es familiar
Ni la gente o aquello que te gustaba
Todo es distinto ahora
No has abandonado la ciudad,
mas es otro mundo;
Un país de nadie,
al que ya no perteneces,
Al que nunca perteneciste y
dejaste de pertenecer después de cada temblor,
precedido de fuegos artificiales.
Un sitio que sólo le pertenece al nepotismo y a la putrefacta doctrina.
Un basurero desechable,
Un árbol fantasma
Un mundo políticamente correcto que se va a la mierda
De salvadores del planeta que viven en una burbuja
De animaleros que se rindieron con la humanidad
De humanistas que sólo abrazan robots
De libros virtuales
De bárbaros postmodernos que se creen la gran webada,
Que paradójicamente te matarían por pensar distinto de aquellos que piensan distinto.
De días en que desearias apretar aquel botón.

viernes, 2 de marzo de 2018

Laguna

Ella era una grandiosa idea,
apuntada en un papel altamente inflamable:
entre las llamas del infierno.

lunes, 12 de febrero de 2018

Los tocayos

     —Chupa, loco...
     —Gracias, brou, pero tengo que irme manejando.
     —Tranqui, broder; si es el caso le digo a mi ñaño que venga a recogernos, el man es bien nerd respondió a su amigo, al que había hecho esa tarde, en el bar.

     Ambos se llamaban Gabriel; el uno, Gabriel Pérez, productor de televisión, fotógrafo y montañista de afición; era de esos chicos que en Facebook siempre lucía exitoso, guapo y algo arrogante. El otro se llamaba Gabriel López, veterinario, amante desde niño de los animales, y una de las pocas personas que jamás renunció a su vocación desde niño.

     Aquel día, por la mañana, Gabo, el fotógrafo bohemio, había tomado una ducha, desayunado un pedazo de pizza que había quedado de la tarde anterior, cuando por el cumpleaños de un amigo, se habían tomado unas bielas en su departamento. El mismo día, casi a las mismas horas, Gabito, el veterinario, había desayunado pizza también, aquella que sus padres compraron por la noche, y tras disfrutar del recalentado no alcanzó ni a bañarse pues, tuvo que salir a atender un perro, que otro infortunado amante de los animales y de la naturaleza atropelló sin querer con su moto.

     Un amigo en común de los dos Gabos, un tal Pablo, les había comunicado pasado el mediodía que Gaby para el uno y Gabriela para el otro, se casaría con Carlo, un manaba que, a diferencia de ellos, se habría rendido a la idea de matricidiarse. Esa misma tarde, ambos se dirigirían a la plaza Foch, el uno a una disco y el otro a un restaurante, pero terminarían en el Casino beat, un bar bielero con mesas al aire libre, en el que también habían coincidido ambos, ya que otros amigos de ellos también habían resultado en común.

     —No jodas, loco, ¿vos eras el Sambo de la Gaby? qué kague —le diría el montañista al animalero.

     Gabriela era una arquitecta que había salido con Gabo durante cinco años; llevaron un noviazgo que parecía de película rebelde al inicio, de cuento de Disney después y luego de profundo misterio. Casi que llegaba a la casa de la damisela como un miembro más; un día, sus futuros suegros, que ya no lo serían, tuvieron que regañarle para que no ponga las botas en el sillón. Gabriela aseguraba estar muy enamorada; cuando conoció a Carlo, dos años antes del final, prácticamente le despreció. Tras charlar por cuarta vez sobre la importancia del matrimonio, de la familia y de un proyecto en conjunto, y de responder por quinta ocasión que no era el momento ni el lugar todavía, ella le terminó.

     Entró con el Gabito tres meses después; durante un intervalo de ese tiempo, el Carlo le había sugerido salir de vuelta. A Gaby le gustaban los detalles, y Gabito sin saberlo, llegó a su corazón a través de ellos. Mientras tanto, Carlo no volvió a decir nada, o aparentó no decirlo. Hasta que volvió a ocurrir: una tarde, seis meses luego de empezar, Gaby le propuso a Gabito dar el siguiente paso en la relación, idea que Gabito rechazó, ganandose luego su respectivo hasta acá.

     —Chucha loco, yo si le quiero  a la Gaby... cuando te dijo que se casen debiste decirle que sí.
     —Sí chch, sí sé —respondió el amigo, en un momento de alta embriaguez, en que ya no se supo quién era quién.

     Carlo era un chico que vino desde Manta, y que gustó de Gaby casi de inmediato. Sin embargo, no cometió jamás el error de demostrarle aquello desde el primer momento, y supo, por aquella ocasión en que un primo de Gaby —no su novio Gabriel, ni tampoco el otro— le envió una caja de chocolates por su cumpleaños, y que eso le había cambiado la cara en un gran día de estrés. Y aunque Gaby no aceptó salir con él al mes y medio de romper con el primer Gabriel, tampoco se rindió, ni cuando llegó el siguiente, que por suerte, no le duró mucho tiempo.

     —A ese wanabee de Manabí quisiera sacarle la puggta chch —respondió el antes afable Gabito.
     —Yo te acolito, men —respaldó el otro.

     No importa cuan borrachos se pongan los dos Gabos. Seguramente al uno, cuando se le termine el capricho buscará otra pelada y luego otra, hasta que un día quizás, calmadas las ansias y el temor a estar solo, decida sentar cabeza. A Gabito seguro le costará menos tiempo; los chicos que gustan de los animales siempre son tomados por detallistas.

a Vale


miércoles, 7 de febrero de 2018

Creer

Y necesitabas creer en algo o en alguien,
y alguien que creía en algo o en alguien te arropó y abrazó.
Y en el calor de aquel abrazo creciste,
hasta que tu destino no fue el esperado,
y renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste el corazón,
inspirado por videos y canciones.
hasta que el día llegó a tu corazón y no fue como imaginaste,
y con el corazón roto renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste tu mente e inspirado por libros,
saliste a las calles, tiraste piedras,
echaste algunas bombas incendiarias,
expusiste tu corazón y tu mente,
pero el mundo no era como esperabas,
y el poder lo corrompió.
Y necesitaste creer en algo o en alguien,
y te fuiste lejos,
y lavaste tus ropas en el desierto,
mientras el sol quemaba tu espalda.
Y aprendiste otras lenguas y conociste otros pueblos,
pero seguiste solo al fin y el día nunca llegó.
Y continuaste necesitando a algo o alguien,
hasta que dejaste de temer,
y ya no necesitaste ni nada ni de nadie,
pero ya eras viejo para entender.

lunes, 5 de febrero de 2018

Chica nacional

Empieza el día
dejas atrás tus sueños;
en una almohada habita otro mundo.
Los pequeños deambulan por la ciudad,
y los hombres miran tras las ventanas.
Ya no eres esa persona por fuera
aunque no sientes el tiempo por dentro;
las industrias no paran de crear modas, aunque el sistema sigue siendo el mismo.
Chica nacional,
hoy no te vi marchar;
quizás sembrabas una amapola en el campo o corrías alrededor del mundo.
Tus besos que por cotidianos se volvían molestos,
luego echo de menos.
¿Quién entenderá tu mundo de verdad, quién debe entenderte?
Aún te miro a veces por el parque,
entre las voces de los árboles.
Cómo te veía ayer, saltando sobre las flores;
como te miro ahora, con una rama entre tus manos.
El extenso mundo era el sitio
donde soñaba volar a tu lado.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El ovni

«CHCH, ¡HABLA SERIO MEN, NO JODAS, SEGURO ME FUMÉ DE LA BUENA! ¡HIJUEPUTA! ¡EL FIN DEL MUNDO! ¿PERO NO NOS VAS A HACER NADA, CIERTO? ¿VOS ERES BUENA NOTA, VERDAD? ¿Y CÓMO ES QUE ME ENTIENDES, CHCH? ¡JUEPUGGTA!» fue lo único que atinó a decir, luego de cachar que el pana que había conocido en el Instituto, era un extraterrestre, y luego de volver de vomitar por segunda vez.
        Kevin (nombre escogido por el alienígena), nunca fue popular en realidad; tampoco solía hablar demasiado, ni acudir a fiestas o intervenir en foros o marchas. Por nada del mundo alguien llegó a sospechar de su condición; nada más era un chico de Cayambe, que arrendaba un cuarto cerca de la Universidad Central, aparentemente gay (algo que en realidad no le importaba a casi nadie) y que no parecía tener demasiado apetito.
        Ahora que se sabía portador de un terrible secreto, Daniel, el amigo del Kevin, no sabía si decirle a Paulina, la chica que le gustaba —de pronto supuso que empezaría a fijarse en el ovni—, sí llamar a la Senain (consideró que le tildarían de opositor loco del Gobierno), llamar a los periódicos o a la tele, o al cura de la parroquia, al que una vez le robó unos dólares de las limosnas.
        Sabiéndose solo, sintiéndose Juanito de "Juanito y el lobo" y preguntándose de qué chch le servía tener un amigo de otro planeta, descubrió de pronto que quién había llegado en una nave interplanetaria, pero sin ningún poder, era él mismo.

martes, 11 de julio de 2017

Sobre la tienda

Son cada vez menos frecuentes las tiendas de barrio a las que puedes ingresar sin que hayan de por medio unos barrotes, cerca que se volvió frecuente, supongo, ante el evidente aumento de la delincuencia. El auge de los supermercados (a los que les costó muelas consolidarse en Ecuador) e incluso de los almorzaderos (que ahora se encuentran por todos lados), no ha podido de todos modos extinguir esta forma tan tradicional de comercio, en la que muchas veces nos engancharon con la lista del fiado, en donde otras nos vieron feo por traer cosas de la tienda rival, donde nos vendieron descaradamente en más de una ocasión las cosas más caras, o en donde les quedaron viendo feo a nuestras monedas de un centavo, convirtiéndose los tenderos muchas veces sin querer queriendo en cómplices de la especulación e inflación.
     En la tienda encontrábamos de todo: de pequeños íbamos por un chicle, y de grandes por una biela. Cuando el Gobierno nacional decretó la prohibición de la venta dominical de cerveza, muchas tiendas se la jugaron por nuestra sed; a veces también nos pasaron un vuelto demás, otras un vuelto de menos, que de pura pereza, ya no fuimos a reclamar. Me he topado con varias tiendas y anécdotas: en una ocasión, en la calle Honorato Vásquez, una señora me dio de vuelto alrededor de veinte sucres en monedas de a uno, que ya nadie aceptaba por válidas; uno o dos años después, el perro de esa misma señora mordió a mi hermano, costándole alrededor de diez o doce pinchazos alrededor del pupo. Frente a esa tienda, había otra, donde vivía una chica muy simpática a la que siempre me quedaba mirando de reojo, y que jamás me pararía bola. En la Valparaíso había una tienda muy bien surtida, a donde una vez mi tía me envió a comprar un cojín de shampoo (ahora reemplazado por el "sachet"), que por venir jugando con él al malabarista, terminé votando en una alcantarilla. Un vecino, que vivía por ahí cerca pero que nunca se hizo mi amigo, intentó ayudarme a sacarlo con un palo, pero al ver que el esfuerzo era inútil, terminó dándome otros veinte o treinta sucres para que comprara otro. Previo, o posterior a eso, al volver una vez de casa, se me habían caído en la calle 700 sucres de vuelto, de los que nunca supe que destino tuvieron, y que me costaron un buen jalón de orejas. Ojalá me hubiera gastado esa plata. Tremenda sarandeada en vano. En otra ocasión, rompí un huevo en otra tienda. La señora se mostró compasiva: me dio otro, sin cobrarme.
     Alguna vez mis padres tuvieron también una tienda, en la calle Iquique; creo que quebraron por mi culpa, pues me comía varias de las golosinas, en especial los yogures. También me robaba papitas y colas. Un día, me había destapado una cola y abierto una especie de inacake, que tenía una negrita en el diseño del empaque; me enteré entonces que la tienda no era más nuestra, la habían vendido a unos vecinos, ante lo que desde luego se me cayó full la cara de verguenza. Mis abuelos también tuvieron una tienda en Koyagal, donde además horneaban y vendían pan, y mis tíos tienen todavía una en Salinas. En nuestra tienda, los sábados solíamos poner un colchón para vender durante la madrugada del sábado a los borrachos siempre sedientos de biela o Trópico Seco; recuerdo que antes de quedarme dormido solíamos poner en el canal 5, donde pasaban películas de terror y luego el cine Pícaro, que solía acurrucarme, junto al sonido siempre hipnótico del frigorífico...

sábado, 4 de febrero de 2017

El último carnaval


Esa tarde escuchaba la radio plácidamente: vivía solo, la ciudad estaba vacía y me sentía en una especie de éxtasis criollo, que pese a la chirez, era grandioso. De pronto, la pantalla azul de mi celular trajo consigo un mensaje que acabaría con el sosiego: «Vamos a Guaranda, men», texto escrito por mi amigo el Lucho que, tan imprevisto como inesperado, terminó por llevarme en unas pocas horas a un bus.
        —La Paula me cachó tirando con otra man —me contó finalmente el Lucho, cuyo aliento a biela empezaba a incomodarme, a pesar de mi anosmia.
        —Chuta man —respondí. —Algún rato iba a pasar.
        Jamás imaginé que aquel carnaval tendría ese preludio; antes, los viajes a Guaranda solían estar precedidos de muchos globos de agua, de espuma carioca y de uniformes estilados y manchados con picadillo o alguna cosa. Luego, de esos bombazos que como piedrazos efectivos de fancotirador parecián reventarte la espalda y hacerte putear a alguien; luego, de las bazucas improvisados con tubos de PVC, que de terraza en terraza iniciaban la batalla campal en el barrio.
        —Sólo quiero perderme por un rato —interrumpió el Lucho.
        Llegamos aquel sábado casi al anochecer, y un bombazo nos dio la bienvenida. El ahijado de mi abuela, un tipo funesto y de quien la gente murmuraba que era gay porque ya era cucho y nunca se le conoció una moza, nos recibió no con muy buena cara. Al menos teníamos donde llegar.
Salimos de inmediato al centro de Guaranda, y las personas aún se echaban harina, huevos, achiote y carioca. Había música en cada esquina, además de tostado, fritada y pájaro azul.
        —Compremos trago, men —me dijo el Lucho. Encontramos una bodega que parecía sacada de otro mundo: tanques y tanques plásticos azules de cisternas chorreaban el líquido. Mi pana compró dos botellas de un litro, y empezamos a vagabundear con la preciosa ambrosía.
        —Yo le amo a la Paula, men.
        —¿Por qué la reemplazas entonces?
        —Es que también le amo a la Caro. No tengo la culpa, no elegí ser así —concluyó con una risa cínica pero infantil.
        Caminamos y llegamos hasta el coliseo de la ciudad; esa noche se presentaba un grupo de tecnocumbia. El trago empezaba a hacerme efecto.
        No sé cómo, pero terminamos desayunando en la casa de mi abuela, en donde el parco Daniel, a quien heredó la misma antes de morir, nos había ofrecido un plato de tostado y una especie de vainitas sazonadas que no sabían nada mal. En eso, el Lucho salió a vomitar.
        —Ya voy a limpiar Daniel, discúlpanos.
        —No te preocupes hijito —dile a tu pana que mejor se pegue un baño, arriba está la ducha, y luego salgan.
        No supe cómo interpretar ese «luego salgan». Lo único que se me pasó por mi adolorida cabeza del pájaro azul, es salir a mojar un rato.
En la ciudad, se había decretado que hasta las doce del mediodía se cortaba el servicio de agua potable.         Ya no era como en otros años, en donde la gente bombardeaba a los policías destacados en la ciudad para controlar los desmanes. Lo único que había para mojar, era pájaro azul, y el agua de las pocas piletas prendidas, ahora repletas de turistas.
        Cómo nos embarcamos de vuelta a Quito, casi lo he olvidado. Solo sé que me bajé en El Boliche, junto al Cotopaxi, donde una cistitis me obligó a tomar dos buses.
        Semanas más tarde, el Lucho dejó de escribirme. Hasta llegué a pensar que quizás se murió por intoxicación. Supuse era un efecto normal de tanto desmadre, y de tanta frustración. Ya no he salido a los desfiles de carnaval, ni me he disfrazado como en la escuela, ni he metido a alguien en una piedra de lavar. Guaranda se parece cada vez más a Ambato, mientras la gente se lanza huevos entre sí, ignorando que el propósito del Carnaval es el desmadre en sí.
        El Lucho me llamó hace poco. Me dijo que volvió con la Paula, pero que lo dejó dos años después.

sábado, 29 de octubre de 2016

El cine y yo

Soy de una época de transición: casi en nada, de una tele blanco y negro Sanyo de mi madre al videoclub de VHS (nunca tuve Betamax), los DVD's, el BlueRay (que aún no tengo), cable, Youtube, Netflix, y los cines tradicionales y las salas múltiples.
Mi primera vez en un cine es algo nebulosa: supongo que fue algo de Bruce Lee, en el Capitol. En donde ahora hay un edificio de departamentos, junto al Banco Central, había un enorme terreno baldío que hacía de parqueadero: sobre él, solían colocar enormes carteles ilustrados promocionando las películas de las salas de cine del Centro, y supongo que de todo Quito. Las vermouts eran comunes. Ya en la escuela, a fines de los 80s, nos llevaron a la dupla de ET y Cortocircuito, también en el Capitol, en donde también vi alguna de la saga de Locademia de Policía, con mi padrastro. mi tía, quien nos crió por un tiempo con mis ñaños, nos llevó en cambio al Alhambra. Allí recuerdo haber visto dos de la India María: Ni de Aquí ni de Allá y El que no corre vuela. También otra llamada 'La Jorobadita'. Las que más recuerdo sin embargo fueron Maniquí, la última peli que me vi en los 80's, y El Rey León, la última que vi en el Alhambra, en 1994, antes de ser convertido con el Capitol en una Iglesia "Pare de Sufrir". Al Teatro Bolívar sólo fui una vez: mi tío de Salinas nos invitó a ver Mi pobre angelito, peli que vimos ya empezada. Luego fuimos a la pizzería. Años más tarde el incendio.
Mi primera vez en los Multicines fue en El Recreo; las entradas eran más baratas, y la primera película en esas salas fue El talentoso señor Ripley, film que por cierto no he vuelto a ver ni en cable, así como '1001 chicas', la siguiente que vi. Mi primera vez en las salas del CCI fue con mi amiga Johanna Arthos, donde vimos una peli que trataba de unos tipos que buscan el rastro de una escritora en Inglaterra (en la peli sale Gwytneth Palthrow). Cuando mi hermano mayor Hernán Del Pozo Campana nos invitó a mirar todas las de El Señor de los Anillos, fue todo un acontecimiento. Amante de la adrenalina, solía a manera de ritual meter un pollo KFC dentro del canguil (en una ocasión osó mostrarlo sin pudor a la linterna del acomodador).
Algo que adoro de las salas de cine es la facilidad que tengo de quedarme dormido profundamente. Una vez, luego de un chuchaqui seco en que acudí a ver El cuco, me dormí casi de principio a fin. Lo mismo me sucedió con 'Valiente', en una sala de Cumbayá.
La primera peli que vi con esas gafas 3D tampoco la recuerdo bien, no sé si fue Garfield; pero lo que si recuerdo es lo fantástico que me pareció mirar Avatar así, una de las tres únicas cintas que me he repetido en una sala, junto con Snoopy y ET, que volví a mirar en 2002, el año de su vigésimo aniversario, en el Teatro Universitario. El mismo lugar a donde, estando en el Montúfar, nos llevaron a ver Armageddon en 1996. En el Teatro Politécnico en cambio vimos Space Jam, un año antes. La última vez que acudí a mirar una película en una sala tradicional fue en el Colón: Tesis, en 2002. A las pocas semanas el lugar fue demolido para hacer otro KFC: ironías de la vida.
Nunca he entrado en un cine porno; la leyenda cuenta que las personas se masturban dentro. No es que me importe demasiado, es sólo que no he hallado el chance. Una de las fantasías que nunca cumplí de adolescente fue ir con una pelada al cine. De haberlo podido hacer, me habría gustado mirar alguna película muy aburrida, para dar el salto de la ficción a la realidad.

viernes, 1 de julio de 2016

Colgó

Querido Zi:
"Te quiero", fue lo último que dijo al cerrar. Pero en esta ocasión, ya no sentí la fuerza de estas palabras. Hoy me di cuenta de que no importa lo que digas. Puedes pronunciar los más célebres y engorrosos discursos, que sin lo implícito, que si el alma no está presente en cada palabra, pueden ser nada. No han sido días fáciles. He pensado y cedido ante la confusión. En casa las cosas no van bien; mi relación con... cada vez es más distante. No sé a qué estamos esperando para separarnos: supongo que el miedo a no tener o saber dónde ir. Tampoco estoy en casa; vivo en un sitio prestado, que no me pertenece, por el que no pago nada, pero que debo cuidar como si fuese mío. No tengo nada realmente, ni siquiera el silencio o la obscuridad, pues una sirena desde lejos invade mi supuesta paz. Anhelo a los fantasmas, como si tuvieran importancia. Durante este año he acudido solo, sin ser invitado, a una cuerda floja. Me ha gustado tambalearme, ha sido excitante. Pero empiezo a caer. Y la última caída es la que más está doliendo. Supongo que lo tenía merecido en parte. Quizás hasta esperé por este dolor. No entiendo por qué las personas tendemos a ser tan masoquistas. Está bien sentirnos vivos, pero acaso, ¿no hay otras maneras?
Sólo sé que he aprendido que las palabras, por más color con que las pintemos, también pueden ser cascarones vacíos. Como ese "te quiero" sin alma, que escuché de su boca, antes de colgar.
D.

jueves, 23 de junio de 2016

Borges, Ficciones y yo

Tengo cierta maldición con el libro Ficciones de Jorge Luis Borges: siempre se me pierde. 
     ¿Qué cómo lo conocí? Un día que estaba chiro, y que me puse a buscar si había dejado un billete en algún libro, di con uno verde, de pasta bastante gastada. Tras constatar que no había ni un sucre, noté que en la página donde mi padrastro —el dueño de todos esos libros— solía firmar, decía "Jorge Luis Borges: El Aleph". Era poco o nada lo que en ese entonces había escuchado sobre ese señor: lo más parecido era un tal Alberto Borges, periodista fallecido que trabajaba en Ecuavisa y que presentaba Telemundo, el noticiero de musiquilla sacada del año de la chispa, al que le seguía el silencio del off de la tele. Miento: la primera vez que leí ese nombre, fue en un almanaque de editorial Navarrete, de 1999, cuando en una de sus páginas hallé un listado con las supuestas diez novelas más importantes del siglo XX, encabezada por En busca del tiempo perdido, y que tenía a El Aleph (no el de Coelho, el de Borges) en cuarto lugar. Medio curioso, medio aún con la esperanza de encontrar el billete, leí un encabezado que decía "Tlon, Uqbar y Orbis Tertius", que capaz a un guambra de este tiempo le sonaría a un grupo de reguetón. El cuento se me hizo indigerible de entrada. No pude continuar. Decidí seguir buscando plata en otros textos.
     Otro día, en que me las quise dar de lector (había escuchado que existen personas capaces de leer un libro diario), decidí volver a buscarlo, "como un desafío a las fuerzas del mal". Intenté volver a leer el cuento ese, cuyo título parecía el nombre de algún MC reggaetonero, pero la historia me repelió otra vez. Al darme cuenta de vuelta que se trataba de un libro de cuentos, y no de una novela, decidí buscar a ver si había algún otro relato quizás de aspecto más amable (por no decir más corto). Necesitaba sentir que era capaz de leer algo. Y fue entonces que lo encontré, al final: "El Sur". El título se me hacía factible, cercano. Y el cuento me atrapó. A él le siguió "Funes, el memorioso". Los releí, a ambos. Durante un almuerzo, cuando le pregunté a mi padrastro qué le parecía Borges, me confesó que sus libros se le hacían como muy abstractos, y que prefería cosas más vivenciales como Tólstoi o Chéjov, a quienes en cambio admito no leerlos (aún) por lo impronunciables que se me hacen los nombres rusos. Supuse que al dueño de la biblioteca de la casa le pasó algo similar, que se quedó con el cuento de Tlon y Uqbar. Pero decidí desde ese momento apoderarme para siempre de ese ejemplar de Borges, y leer esa narración como el desafío final. Ya había leído las demás. Ya me preguntaba si Judas en verdad traicionó o le fue leal a Yisus, o cómo le había hecho el traidor a la causa irlandesa para llegar ileso a Brasil. Era el momento del cuento abstracto ése, aquel que años más tarde encontraría algo similar a cierto objeto de la película Inception.
     Fue así que me adentré en la obra de Don Jorge Luis. Tiempo después me compré El Aleph, libro que pese a la gran fama que posee no se me hizo más bacán que Ficciones, y que un día presté a un tipo llamado Santiago S., quien no me lo devolvió nunca más, y también adquirí El libro de Arena, cuyo destino se me hace incierto, pues no recuerdo si también se lo presté a S. Sarango, o si me fue robado por Diana S., una chica a quién creí amar alguna vez, y a quien como prueba de mi supuesto amor obsequié el libro Ficciones que robé de mi padrastro. El punto es que, desde entonces, inició una especie de maldición; en 2007, adquirí un nuevo ejemplar del Ficciones, esta vez de editorial Emecé, que llevé para releer mientras viajaba al matrimonio del hermano de un amigo en Ibarra, y que perdí en el centro de esa ciudad, no recuerdo si en el restaurante donde comimos aquella fritada que me hizo mal, o en aquella heladería a la que tuve que entrar porque estaba urgido de un baño. 
      Un tercer ejemplar (similar al primero que tenía), me fue obsequiado por otra chica a quien también creí amar, y que consideré un símbolo de que todo lo bueno que das te es devuelto, a veces incluso de la misma manera. Cuando me lo dio, me hizo saber que lo hacía porque "sabía que era mi libro favorito en el mundo, y que estaba seguro de que lo cuidaría". Tiempo después de nuestra gran pelea, cuando tuve que devolverle varios libros y copias que me había prestado, la duda de sí debía devolver también ese bello ejemplar (que además estaba empastado) asaltó mi cabeza. Empecé a buscarlo por la casa, pero no apareció más. Por un momento, pensé que quizás ella misma lo había sustraído de vuelta. O que quizás, mientras mi carro estaba detenido por violar el pico y placa, algún metropolitano se lo sacó, quizás también con la esperanza de encontrar algún billetín, y olvidó regresarlo. O tal vez D. Simbaña, en una segunda ocasión que volvió a visitarme se lo llevó también.       Lo busqué por todos lados. Simplemente desapareció, como tantas cosas que se desvanecen sin explicación, o las que les salen patas y se van. El único ejemplar de Borges que me queda en casa es El informe de Brodie, mismo que sobrevivió incluso a un viaje entero a la Costa, donde trabajé por varios fines de semana con mis compañeros Carlo y NoF.
     He pensado en volver a comprarme el Ficciones de Jorge Luis Borges, pero no logro evitar pensar si el libro tendrá también destino incierto. Tal vez debí pedirle a mi padrastro que me lo obsequiara. Aunque mejor no. Hoy no habría motivado esta historia.

viernes, 17 de junio de 2016

Los primeros recuerdos de mi vida

Supongo que a la mayoría de ustedes les ocurrirá algo similar: unos recuerdos primarios medio evanescentes, medio nebulosos, quizás con ciertas lagunas. No conozco a demasiadas personas recordar su vida desde que eran espermios u óvulos; tampoco he conocido a nadie que asegure recordar como era su vida en el útero... En fin, aquí vienen los míos (salvo que los haya visto en una película o los haya soñado).
        Una de las primeras escenas, mejor dicho uno de los primeros colores fue el celeste. Creo recordar, no sé si al despertar una mañana o una tarde, que miré a través de una ventaja con reja, un cielo parcialmente nublado. Todos parecían dormir. Debió ser un día de noviembre o diciembre de 1985. Lo sé porque, a poco de ello, recuerdo una noche en que caminando junto a mi madre (es mi primera memoria con ella), me detuve a mirar una vitrina con luces de colores y unas bolitas blancas que luego supe, eran de espuma flex. Al preguntarle a Magui, ella me dijo que eso representaba a la nieve. No le pregunté más. Ignoraba que la nieve se diera en un ambiente frío: creía más bien que era como un juguete... lo mismo que creí cuando vi a mi hermano Urtx, en su programa navideño, recibir unos muñequitos, junto con una funda de caramelos. "Es el niño Dios". ¿Quién es Dios? "Es a quien rezas todas las noches". Diosito. Palabra que escuché a mi padre, un día en que me llevó a una piscina onda a la que le tenía terror, supongo por un instinto animal de conservación. Los mosaicos de aquella piscina eran como amarillos, o celestes. Recuerdo mis pies resbalando sobre ellos, y a la vez la sensación de seguridad que me daban.
        No me acuerdo exactamente de mi primer día en el Jardín de Infantes; sólo que antes de ese momento, me llamaban la atención unos muñecos con camisetas de colores, que venían en el Cola-Cao, un chocolate en polvo español, que mi madre casi nunca nos compraba, ya que prefería al entonces, supuestamente más accesible Milo. Las figuras eran los jugadores de las selecciones del Mundial de México 86. Una vez, llegué a ver en una vitrina la cancha con todos los jugadores. Del Mundial en sí no tengo mucha memoria; según mis tíos, que suelen exagerar, yo solía dibujar a Piqué, la mascota de dicho torneo, casi a la perfección. No recuerdo haberle dibujado, pero sí a la mascota: en la refri de nuestra cocina, que mi padre ganó como premio en una competencia de motocross, había un sticker sobre el congelador, que compartía pantalla junto a otro, con el dibujo de un motociclista. Lo que si recuerdo, y hasta ahora me queda una prueba, es que me encantaba rayar por todos lados, especialmente en los libros y espaldares de esponja de las camas. Solía tener además un sueño recurrente: siempre tenía entre mis manos un lápiz Steadtler rojo y negro, y trataba de despertar lo más pronto posible para que éste no se desvaneciera. Un día creí lograrlo; pero cuando desperté no estaba. Fue entonces en que quizás entendí la diferencia entre el sueño y la vigilia. Dormía en una litera. El primer recuerdo que tengo de mi hermano menor, Israel, es viéndolo llorar sobre la cama, agarrándose la barriga y moviendo las piernas, como pedaleando.
        Alguna vez, supongo que mi padre me llevó en su moto, que tenía un hueco cubierto con masilla, a su trabajo. Era en el edificio de la "licuadora"; el actual Ministerio de Turismo que ayer era Filanbanco. Conocí entonces las computadoras: eran aparatos similares a nuestra tele, pero con letras de colores. Ni siquiera entendía para qué rayos servían, pero me parecían interesantes. Nuestra tele. Era una Sanyo roja, probablemente de 20 pulgadas, en blanco y negro, con perilla para los canales. Siempre me encantó esa cosa. A mi hermano mayor le gustaba He-man; los sábados pasaban un dibujo raro, en cuya escena final aparecía una pequeña corriendo junto a un barco pirata que ¡volaba!. Años más tarde supe que era El Capitán Raymar. De la música: un día, en que mi madre nos llevó seguramente al Ipiales a comprarnos unos disfraces de Superman, Batman y el Hombre Araña (en ese entonces no distinguía entre DC y Marvel), recuerdo que escuchaba de fondo una canción que decía "Mami, el negro está sabroso, vení a jugar conmigo, decíselo a mi papa". También recuerdo escuchar algo que decía "patacón pisao... pisao". Claro, seguro canté Los pollitos dicen y algo de eso, pero esas fueron tal vez mis primeras pinceladas de música comercial. Entre mis primeros recuerdos del rock, en un inglés que hasta ahora no termino de entender, están Jump de Van Halen, y The final countdown, de Europe, según mi ingenuo entendimiento, la canción más emocionante del mundo. Y el recuerdo de nuestro primer viaje, al laberinto de la necrópolis de Tulcán, y a la iglesia de escalones sin fin de Las Lajas. El fútbol llegó algo más tarde, como en 1988. No lo entendía. No recuerdo haberlo jugado con mi padre. Sólo sé, que en el primer partido, ya en primer grado de la escuela Gonzalo Abad, al entrar, lo primero que hice fue agarrar la pelota con la mano. Recuerdo a mis compañeros intentando inútilmente explicarme las reglas del juego. Quizá se debió a que me fijé sólo en los arqueros, o en el árbitro. O quizás tuve una visión: debí jugar rugbi. Ya en el estadio Atahualpa, el tal Álex Aguinaga me parecía un buen tipo, y me gustaban los colores azul y rojo del Deportivo Quito. Aunque, por mucho tiempo, mi hermano mayor, quien había pasado unas vacaciones en Guayaquil donde un tío militar, me convenció por mucho tiempo que el Barcelona SC era el mejor equipo del mundo. Guayaquil. Lo conocí mucho después, y solo de pasada, para contemplar el mar por primera vez, en Salinas, un febrero ya de 1991, un año después del primer Mundial de fútbol que recuerdo de manera nítida, el de Italia 90, el mismo país al que mi madre emigró un noviembre de 1989.
        Y la estrellita de navidad. Y la niña que creía la más linda. Y los besos de telenovelas que me hacían pensar eran la razón de que las mujeres se embarazaran. Y el pueblo de mis abuelos, Koyagal. Y el pueblo de mi nueva familia, Tumbabiro. Y el parque de San Juan, en cualquier tarde remota de 1986, donde jugábamos con un coche verde de plástico prestado, que era muy chévere, y tenía un sticker que decía STP. Y el juguete que una vez mi madre nos regaló, un pato Donald sin cara, atado a sus tres sobrinos, que corría a cuerda y le hacíamos andar sobre la pista de autos de un niño del conjunto al que nos mudamos luego de la muerte de papá, en el mismo lugar donde tras una pelea le clavé un lápiz a mi ñaño mayor. Y el día en que me llevaron a despedirme de mi profesora del Jardín, sin entender porqué. O a mi hermano Fobost ayudándome a lavar mis calzoncillos, en aquel sitio de la Costa donde nos enviaron a pasar vacaciones y una noche nos sacaron para buscar a una vaca perdida. Y a mi hermano Urtx volviendo de Guaranda, a donde mi madre lo envió a vivir por un tiempo. Y Guaranda. Y la casa de la abuela. Y el cuadro del niño llorón. El niño llorón que quizás todos llevamos alguna vez dentro.

martes, 3 de mayo de 2016

El Grupo

¡QUÉ VAMOS A HACER AHORA! —nos gritó, con su histérico tono de voz, el mismo al que recurría cada vez que una mala nota se posaba como una amenaza en su envidiable promedio semestral. Desde luego, al Edgar eso no le importaba más que el próximo partido de Copa Libertadores de Liga, ni a mí, más preocupado de la Paulina que de otra cosa.
     La materia era Análisis de Coyuntura, y el tema de exposición era la Economía de la República Democrática Alemana en la década de los años ochentas. Nuestra histérica líder de grupo, la Danny, alguna vez nos conversó que existieron dos Alemanias, pero quien verdaderamente conocía de ese tema era el Santiago, verdadero conocedor de la geopolítica mundial, y quién sería nuestro salvador del semestre, incluso por encima de la odiosa de la Danny, que se las daba de conocer sobre todo pero que en el fondo no sabía nada, y mucho más de la Estefany, tan despreocupada como el Edgar y yo.
     El día de la asignación del grupo, nuestro plan era juntarnos el Santi, el Edgar, el Juan Carlos (mejor conocido como "Fercho"), la Majo (una man a la que el perro del Edgar le tenía ganas desde propedéutico) y la Estefy, pelada del Diego, a quien habríamos querido tener de compañero también, pero que se retiró el semestre anterior de la universidad. Nuestra profe, la Eugenia, quién gustaba de ser llamada así pero detestaba ser tuteada, sin embargo, decidió que "no habrían grupos por afinidad", y que serían designados a dedo. Así, se formarían cuatro grupos de 5 personas, dado a que éramos 20 en el curso. Por una extraña confusión, el Edgar y yo terminamos en el mismo grupo (en realidad se debió a que la profe no quiso que la Danny y la Pamela, bastante competitivas, quedaran en el mismo, por lo que decidió sacar a la Pame de ese grupo y ponerme junto con el Edgar, mi compañero de farra). Sin embargo, lo mejor fue que nos mandaran al Santi, un chico tímido pero bastante decidido en convertirse en abogado. Él y Danny seguro tomarían las riendas del tema, y no habría nada que temer. Pero tras la muerte del Santi, en aquel accidente en la carretera, y la negativa de la profe a extendernos el plazo por una semana más (vieja insensible), estábamos en un aprieto.
—¡QUÉ VAMOS A HACER AHORA! —nos gritó la Dany, a menos de 24 horas de presentar la exposición.
—Supongo que tendrás alguna cosa —le dije en tono algo cínico. 
—Qué verga de Euge, nos hubiera dado más chance, ni porque se murió el Santi chch 

martes, 9 de febrero de 2016

Te llamaré

Hasta ese día, nunca imaginé que me enamoraría de alguien que conocería en internet. Algunas amigas ya habían tenido experiencias de ese tipo; más por curiosidad que por atrevimiento. También había leído sobre casos así que no terminaron precisamente en un final feliz, como aquel en que una chica de Riobamba, engatusada por un chico de Guayaquil, viajó hasta él solo para encontrar su lecho de muerte. Me pregunto si en realidad cada historia de amor no será precisamente eso: un lecho de muerte.
        No lo negaré, el perfil del Óscar me pareció gracioso en un principio; no todos los chicos pondrían de foto una imagen de Johnny Depp. No es que él y el interprete de Edward, manos de Tijeras se me hicieran parecidos, aunque quisiera creerlo. Sin embargo, y pese a su quizá voluntaria intención de imitar el camaleonismo de Depp con fotos de Enrique Bunbury o Jim Morrison, fueron sus ojos finalmente el televisor donde decidí dejar de cambiar el canal.
        Óscar era, y es aún, el cantante de una banda quiteña de hardcore, música que por cierto jamás me llamó la atención. Una vez, un amigo me contó que cierto escritor decía que todo cuento encierra en realidad dos historias, una explícita y una ímplicita y oculta: su preferencia por temas románticos como los de Rafael y Menudo, su interior ímplicito, fue finalmente la que me logró enganchar.
Pese a su aspecto rudo, Óscar parecía emanar dulzura de cierta tristeza que pretendí abrazar para borrar. Aunque mayor, no podía evitar sentir verlo como un igual. "En todo cuento hay una historia oculta" decía Ricardo Piglia. ¿Más amor, quizás? ¿un horizonte junto al mar, donde la gente se ve cada vez más pequeña?
        Un día, descubrí que en este cuento existían varios pasajes ocultos. Quizás una página entera arrancada a propósito. ¿Cómo leer el libro de tus ojos, Óscar, si le faltan una página que insistes en guardar dentro de tu bolsillo?
        Suponiendo que la mayoría de los libros del mundo tendían a construir narrativas acorde con el lector, como supone Julio Cortazar y su Rayuela, decidí seguir leyendo. Leer con él. Compartir cada palabra y cada letra. Cada signo de puntuación. Pero a veces, cuando buscamos otras cosas, encontramos aquello que suponíamos extraviado. Hallé esa página; hallé esa historia implícita que según Ricardo Piglia marca la esencia de toda historia. Un amor oculto de varios años. No sé si llamarlo amor; quizás una llama. ¿Una llama? ¿No se supone que sería yo esa llama? No sé qué pensar. Ya no sé si soy frío o calor.
        Imaginando que nuestras páginas estaban escritas con un lápiz, y al fuego de mi calor puesto en duda, forjé un borrador. Continuamos leyendo; pero las palabras escritas a lápiz tienden a desvanecerse, a volverse una mancha gris; y los errores en tinta, aunque cubiertos con corrector, no suelen dejar de ser evidentes.
        Quiero a partir de hoy dejar de leer, y empezar a escribir mi propia historia. Quiero entender la historia superficial y oculta; quiero ser frío y calor a la vez, y no una disyuntiva. Siempre amaré a Óscar de alguna forma; quizás le llame un día. Aunque ya no seré la misma.

viernes, 15 de enero de 2016

Si no me llamas, entenderé

Nunca me habían terminado. Nunca supe qué era tener que salir a buscar a alguien. Siempre fui como un galán de barrio. Mucho más que eso: era un rockstar. No con el lujo y el confort de Hollywood, pero sí con el placer de salir con varias mujeres, de respirar su perfume, su sudor, de refrescarme de vez en cuando en unos labios distintos mientras la cerveza lubricaba mis pensamientos. Era el cantante de un grupo modesto llamada Bruma; desde que llegué a la banda la vida cambió para todos. Ellos ganaron un cantante, y yo varios escenarios. Ellos se alimentaron de la música de mi alma, que hoy siento destrozada.
        Durante el colegio solía masturbarme mientras alucinaba con llegar a ser la portada de varios discos, así como los Barón Rojo o los Ángeles del Infierno, mientras mi compañera del colegio y posterior madre de mi hijo, Paola, dibujaba corazones con mi nombre en su cuaderno. Para pesar de mis adversarios, quienes seguro soñaban nada más con pasear durante un feriado, llegué a aparecer en los periódicos, y no en las crónicas policiales como hubiesen querido. No sólo llegué a calar hondo en los corazones de varias personas que jamás conoceré, sino que me alimenté de los corazones de varias mujeres, a quienes jamás volveré a conocer porque sólo tomé de ellas lo que quise, incluida Paola, mi única compañera luego del fervor de la música.
        La fama me revistió de una nueva luz y todas mis alucinaciones adolescentes se hicieron realidad. Con cada piel, con cada sabor de labios había un pacto tácito de irresponsabilidad ulterior, excepto para Juliana, cuya ardiente piel era una hoguera hacia donde volver en cada invierno mientras el sol de la Paola iluminara mis días. Y la vida transcurrió, el invierno y el verano, mientras vivía cada estación entre el éxtasis y la rebeldía. Y la vida no podía ser más perfecta, hasta ese día en que las suspicacias de Paola habían rebasado nuestra copa de vino, que mientras suponíamos añejo, se había vuelto más amargo.
        Pese al fin de mis veranos, la ardiente piel de Juliana jamás dejó de abrazarme. Pero mi alma, que era como la naturaleza misma, debía continuar con su ciclo. Después de todo el invierno no puede ser el verano a la vez. Necesitaba mi primavera. Entonces llegó Anabel. Como una flor entre la mugre de los bares. Como una gota de rocío entre el sudor. Y la amé y me amó, y la amó aún, pero el frío no cesaba en algún lugar de mi piel y Paola era el leño.
        Me gustaría tenerlo todo en la vida. Supongo que quienes sueñan con el paseo de feriado lo desean también. La diferencia es que son unos taimados, que no se atreverán jamás. He vestido en muchas pieles y he retozado entre varias sábanas; me he empapado de varios mares y cascadas. A veces quisiera tenerlas a las tres, A Paola, Juliana y Anabel. No sé vivir solo. Jamás salí de casa. Nunce le rogué a nadie, siempre fui yo quien las terminaba, siempre era a mí a quien venían a buscar. Aún me excito con la ardiente piel de Juliana, pero no sé por qué no la puedo amar. He pensado en volver a buscar a Paola; al menos siempre volveré a verla por Félix, nuestro hijo. Alguna vez alguien insinuó que en realidad soy una persona insegura. Qué equivocados están. No soy inseguro, sólo estoy cansado. Oh, Anabel, si no me llamas entenderé.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La premilitar


Mi hermano mayor, cuando pequeño, soñaba con ser piloto de combate, seguro inspirado por Top Gun o "La incondicional" de Luis Miguel. De mi lado, las primeras nociones que tuve sobre la guerra fueron por una enciclopedia de mi padrastro —que nunca llegó a completar— que incluía fotos en blanco y negro donde aparecían jeeps, tanques y soldados entre alambradas. Tan fan de la tele como era, series como Misión del Deber o Vientos de Guerra no me pasaron desapercibidas. No sé si fue en Misión del Deber u otra película o serie en donde vi una escena que nunca olvidaré: un soldado herido, siendo llevado por uno de sus compañeros, al que se le cae un amuleto o crucifijo, que luego otra pareja de soldados encuentra, mientras el uno le dice al otro «mira, es para la buena suerte» y el otro le responde «ojalá».
    En 1995, la teleserie se convirtió en realidad, cuando en la zona del Cenepa las tropas peruanas se enfrentaron a las nuestras, reviviendo no solo mi miedo a la muerte, sino también el patrioterismo con el que nos habían educado desde primaria. En el colegio, nuestro rector —un vago que solo aparecía para los programas o eventos—, sin consultar con nadie, puso a disposición del Ejército a los alumnos más grandulones de sexto curso como reclutas, en caso de ser requeridos. 
    Terminada la conflagración y tres años después, mientras cursaba quinto, me vi en la encrucijada de tener que escoger para mi nota de participación estudiantil entre Reforestación, Educación Vial y la Premilitar. A los chicos de Químico-Biólogo se les había impuesto Reforestación, por estar más cerca de su área de estudios; la mayoría de Físico-Matemático (y también de Sociales) acudieron a Educación Vial, tras correrse el rumor de que la Policía te entregaba un permiso juvenil para conducir, sin contar con el otro rumor de que las peladas más guapas de Quito acudirían allí. A modo de exorcismo y para quitarme un poco el miedo, decidí escoger la pre, sin imaginar que mi hermano, por esos mismos días, en el colegio al que acudía —coincidimos en quinto debido a que debió repetir cuarto curso y cambiarse de plantel—, escogería lo mismo.
    La jornada de instrucción militar estudiantil era cada sábado, de 7am a 1pm. Al colegio San Fernando, donde estudiaba mi ñaño, y al Montúfar, donde acudía yo, nos asignaron juntos en el cuartel Epiclachima, al sur de la ciudad, junto con otros planteles como el Espejo, el Vida Nueva, el Quito, el UNE y otros pocos que ya no recuerdo. De mi colegio éramos en total cuarenta guambras, por lo que nos reunieron en un solo pelotón. De vez en cuando nos juntaban con el Espejo o con el Vida Nueva, dependiendo de la ocasión. El pelotón de mi hermano estaba conformado por toda su clase de Físico-Matemático, unos treinta gorilas más o menos.
    Al final no nos enseñaron nada del otro mundo, o que no hubiesen enseñado a los boy-scouts: orientación geográfica, atar nudos, ejercicios físicos, trote, ser perseguido por quien llevara la guaraca, generalidades castrenses, marcha. Lo más pleno desde luego fue aprender a disparar. La semana previa, recuerdo que uno de mis compañeros, Édison Yandún, oriundo de Tulcán, me contó que estaba decidido a probarse el año entrante en la Escuela Superior Militar. De alguna manera todos estábamos algo entusiasmados, así como perturbados, antes las negociaciones enredadas sobre el diferendo territorial con Perú y la posibilidad durante aquel 1998 de nuevas escaramuzas bélicas. El instructor a cargo de nuestro pelotón, el soldado raso Toapanta, a quien decíamos de cariño soldado "Pajarito", nos contó en una ocasión que en caso de terminarse las reservas de conscriptos que hayan hecho el Servicio Militar, los brigadistas (como nos llamaban) seríamos tomados en cuenta. Otro compañero, el Washo Ushiña, solía bromear diciendo: «cuidado me hacen cabrear o les saco mi huevólver».
    El fusil automático ligero (FAL), de origen belga, empleado en las Guerras de Vietnam y de las Malvinas,  con un peso aproximado de ocho libras, y con una bala de 7,62 X 51mm, sería el destinado para mi primer disparo. Cada chico tendría la oportunidad de disparar diez balas; por un momento nos sentimos Rambo. Desde luego, solo se nos permitiría ejercitar con las municiones en un polígono de tiro, al que llamábamos de cariño polígono de tire. El Salguero, un man que se las daba de macho en construcción, pero que años más tarde nos enteramos que se había declarado abiertamente gay, se perdió de ese día de gloria: estaba con una fuerte gripe. Según mi hermano, en su pelotón y debido a que eran menos brigadistas, les habían permitido disparar en más de una ocasión; además, para el campamento, supuestamente, les darían a él y a otros chicos diestros en la instrucción militar un uniforme de camuflaje y la potestad de ser «comandantes juveniles». Volviendo a mí, ya en mi turno, la casualidad debió ensañarse conmigo pues, mi fusil, además de golpearme fuertemente con la culata en el hombro (lo había tomado mal), se había encasquillado luego de la quinta bala. Como si fuera poco, el soldado Pajarito, luego de terminado el ejercicio, me dijo que se habría sentido más seguro al ser apuntado por un peruano, tras evaluar mi puntería.
    Previo al final de esos seis meses de coqueteo con la vida castrense, llegó al fin el campamento; a mi ñaño y a sus amigos no les dieron nunca el tal camuflaje. Ese día, como cada sábado, partimos en buses distintos; bueno, hubo una ocasión en la que él, quien tampoco era un villano como he intentado pintarlo hasta aquí, me invitó a una fiesta con sus compañeros del San Fernando, en la inolvidable discoteca Macks. Fue gracioso ver como al hacer fila, con la camiseta negra de instrucción debajo, un grupo de heavies nos llamaron poperos. Las chicas del Espejo eran bastante guapas; mi hermano vaciló con dos o tres de ellas. Había una chica que me gustaba, Lucía; le encantaba el rock. Verla cada sábado, con esa gorra y camiseta negra, hizo algo más interesantes mis sábados. La noche del campamento, a la que llegamos luego de sobrevivir a todo un día de lluvia en el Fuerte Atahualpa de Machachi, al arroz hecho bolas, a las jodas de mi ñaño que frente a mis amigos me sugirió no olvidar mi piyama, al lodo y a los ejercicios —que según nos enteramos luego, no fueron tan rigurosos como los que les hicieron practicar a los del UNE y del Vida Nueva—, los milicos decidieron darnos un par de horas en el coliseo para organizar un minifestival. Cansados, los lecheros no organizamos nada; el San Fernando había hecho un número basado en la coreografía del tema «Thriller» de Michael Jackson. Para su atuendo de baile, mi hermano había roto una camiseta con la que solía irme a los conciertos de rock, excepto uno de Blaze y Barak en la Plaza de Santo Domingo, al que había ido con la camiseta de la pre. Superada la bronca, fuimos conducidos a dormir en unas estrechas carpas, donde nos tocaba de a dos. Varios conscriptos fueron destinados a hacer guardia para evitar que en cada tienda durmiera una pareja con dos sexos diferentes. Me tocó compartir la mía con el Néstor Flores, un nerd que parecía japonés, y que siempre hablaba apurado. No pudimos ducharnos; apenas había un chorro de agua que parecía caer del helado Cotopaxi, que al poco tiempo me provocaría una gripe quizá peor que la del Salguero.
    Tras volver, nadie nos consideró héroes o algo por el estilo. El último sábado que fuimos al cuartel nos pusimos a jugar a la botella con unas chicas del UNE o del Quito; mi compañero el Tavo inmortalizó el destrampe que me di con una de las guambras en una foto que me mostraría varios años después. Volviendo a esa época, en una fiesta que mi hermano hizo en casa para reencontrarnos con las chicas del Espejo, volví a ver a Lucía. Le presté unas cintas de punk y grindcore. Días después, Fujimori y Mahuad firmaron la paz en Brasil; un año después, mi hermano se marchó a Salinas, a la Escuela Militar de Aviación. No he vuelto desde entonces a disparar otro tiro, más que en el puesto de caramelos de La Alameda; tampoco volví a ver a Lucía ni a mis casetes.

jueves, 19 de noviembre de 2015

La caminata

El Omar y yo no éramos muy curuchupas que digamos; a veces hasta nos reíamos de la misa, y aunque mi pana era un poco más temeroso de Dios que yo, le daba lo mismo andar por el mundo con sus camisetas de Satán. 
     Pese a ello, en alguna ocasión decidimos participar al igual que muchos quiteños en la peregrinación de la Virgen de El Quinche, que hasta ahora suele partir de Calderón, en alrededor de (si no me equivoco) 35 o 40 kilómetros de caminos empedrados y chaquiñanes de puro polvo.
     Unos años antes, mientras regresaba con mi familia de Chillogallo y pasábamos por La Marín, mi pa me habló por primera vez de este evento, tras mirar por la ventana del bus a un montón de personas que compraban pilas y linternas. Mis viejos habían participado en una ocasión de la caminata y me contaron que toda esa gente iba en camino. Por un momento se me cruzó la idea de colarme con ellos: caminar entre la oscuridad se me hacía algo nuevo e interesante. Sin embargo, esto no le gustó a mi ma, quien todavía me consideraba pequeño para algo así, además de presentir que mis motivos para la travesía no eran precisamente religiosos.
     Ya en quinto curso del colegio, en noviembre del 97, el Omar y yo decidimos participar. Esa tarde me la pasé viendo televisión, escuchando música pesada y durmiendo. No sé qué carajos estaría haciendo mi pana. Otra de las cosas que recordaba es que los peregrinos iban cargados de enormes grabadoras estéreo. Esperaba que mi amigo, un coleccionista empedernido de música y aparatos de sonido, llevara también una grabadora. En lugar de ello, cada uno llevó su walkman.
     Fui hasta la casa del Omar en Solanda, desde donde salimos a La Marín, para de ahí tomar otro bus hacia Calderón. En secreto, esperaba durante la caminata tener la suerte de conocer a algunas peladas noveleras igual que nosotros, que estuvieran guapas y nos hicieran la conversa. En lugar de ello, solo vimos a una chica (creo la hija del chofer), un poco menos fea que el resto de muchachas que iban en el bus, a la que mi pana intentó coquetear sin éxito.
     Ya en Calderón, el sitio parecía feria de Año Viejo: por todos lados vendedores de estampitas, K-chitos y más golosinas para el viaje. El trago no se hizo esperar como tampoco las grabadoras, que en lugar de emitir heavy sonaban puro punchis-punchis. Para la travesía llevé unos zapatos tipo botines, que meses después también utilicé durante la premilitar.
     La caminata inició con toda la algarabía posible de una nueva aventura. Nos sentíamos un par de pioneros entre tantos patasucias, dispuestos a comernos el mundo. Los primeros kilómetros fuimos de lo más frescos: me pasé hablando de Eli, la chica que me gustaba, como por una hora: le conté al Omar desde cómo la había conocido hasta cuando la vi por última vez, en el Club de Periodismo. Mi amigo me contó en cambio sobre cierta prima que le gustaba... en realidad, era como la tercera o cuarta vez que nos repetíamos las mismas historias. Luego, hablamos sobre Ángeles del Infierno y otras bandas. Había polvo y oscuridad. Pronto, el sueño empezó a invadir mis ojos, mientras el sudor empapaba mi frente y mi pecho.
     Tras cruzar la vía a Guayllabamba, tuvimos que ascender por dos colinas que se volvieron una cordillera impenetrable. Muchos peregrinos —chumados ya— se caían rodando cuál costales de papas. Una chica, que parecía una niña en ese entonces y que ya debe ser abuela, hacía un gesto de desesperación mientras se agarraba de una cinta que su padre, seguramente, ató en un árbol seco. Pese a no estar ebrios ni drogados, el Omar y yo estábamos voladotes. En ese momento me arrepentí con sinceridad de mi novelería. Supongo que los demás tomarían eso como una prueba de fe.
     Al llegar finalmente a la cima de la colina, un puesto de secos de chivo y de gallina me hizo ojos. Tenía mucha hambre y sed, pero al notar que estábamos envueltos en una nube de polvo, el Omar y yo decidimos seguir. Ya sin eje o prisa, agotados los temas de charla y solo deseando que la pinche travesía llegara al final, de repente escuché desde una grabadora la canción "Loving you" de Minnie Riperton. Mi amigo, poco acostumbrado a esa música —según él, además del metal el único grupo suave que había escuchado era Menudo—, no pudo disfrutar igual que yo de esa voz. De pronto, el camino se volvió una monótona ruta empedrada, que no tendría fin jamás.
     Entonces, una chica de cabello corto se acercó al Omar para decirle algo que no entendí bien. Creo que hasta le pasó un trago de su botella. Supuse entonces que el secreto para sobrevivir a la ruta era ir bebiendo. Y el camino siguió y las estrellas brillaban sobre las piedras... y las luces amarillas del pueblo, como telarañas, aparecieron finalmente.
     Al llegar, lo último que quise (al igual que la mayoría de caminantes) fue escuchar misa. La plaza de El Quinche se parecía al cuadro del infierno de la iglesia de La Compañía de Jesús, pero con puros borrachos en lugar de demonios. Pero lo más feo del camino estaba por iniciar: aguardar despierto y de pie por un carro que nos devolviera a Quito.
     A eso de las 6 a.m., bajo la luz del día ya, y tras subirme al bus, juré que jamás volvería. Supuse por unos segundos que quizás fue una especie de castigo divino por burlarme de la fe idólatra de adorar a la imagen de una mujer, depositaria de tantos dolores y angustias. Mi promesa no sirvió de nada. Al año siguiente volvimos a buscar nuevas aventuras con el Omar.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Pol

La última vez que me escribió, me dijo que era un mantenido. Distinto a otras ocasiones, en que sus sarcasmos y humor negro me hicieron reír, y en que otras personas fueron el blanco de nuestras sornas, aquella ocasión me convertí en el tipo al otro lado del espejo. Hacía tiempo que el Paúl y yo nos habíamos distanciado; luego del fin de nuestra revista, intentamos sin demasiado éxito continuar con el proyecto de un nuevo programa humorístico que deseábamos pasar por la radio Universitaria, una estación en AM a quien ni sus propios productores escuchaban, pero por la que teníamos gran expectativa.
El Pol nació en Sangolquí, ciudad cercana a Quito a la que muchas veces llamaba burlónamente el último reducto del Imperio español. Me lo presentó mi amigo Andres, con quien tenían en común un enorme apego por el death y el black metal, y con quien conformarían un grupo al que llamarían Strangeland. Fanático, al igual que el Andrés, de las películas estilo Freddy Krueger y de los ovas japonesas, no fue difícil hacernos amigos. Gracias a su iniciativa y a mi ingenio logramos sacar adelante la revista Ni Más ni Menos, un fanzine de humor en el que no nos fue tan mal. Sin embargo, las diferencias con los otros editores del proyecto, Guillermo e Iván, pronto mermaron nuestras intenciones de conquistar el mundo editorial. Lejos de declinar, el Pol se apartó para crear su propia revista, El Gallinero, en la que incluso nos hizo publicidad, y en la que colaboré alguna vez.
El origami y el dark ambient llenaron de pronto su vida, y de doblar papel pasó a doblar hits, que según él mismo, le llenaban de inspiración.
Cuando Ni más ni menos empezó a menguar, tras la salida de nuestros compañeros, quienes hallaron empleos más provechosos que un fanzine estudiantil, una fuerza invisible hizo que todos nosotros nos apartáramos de nosotros mismos. Aunque pude mantener mi amistad con el Guille y el Iván, el Pol se alejó cada vez más, apoyado en una presunción recubierta de tanta hostilidad que sospecho, en el fondo era un intento por reivindicarse y demostrarse que también podía ser un arquetipo obscuro que resultara vencedor.
Hace semanas, vi que el Pol salió en un programa cultural de televisión comentado sobre un libro de origami que escribió en su soledad. Supongo que existe un mundo de papel para cada uno de nosotros.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Van

La conocí sin querer. Intentaba sin éxito cortejar a Mariu, cuando la vi un día, mejor dicho, una noche: estaba tras la puerta de mi clase, con unos lentes que me recordaban los de Harry Potter. Al principio la creí la típica nerd, definición no muy lejana a la realidad, pues además de estudiosa era full filática. Se llamaba Vanessa, pero en secreto o ante terceros siempre la apodé Chun Li.
     Por coincidencias del destino, por no mencionar de manera eufemística que me jalé varias materias, llegamos a coincidir en clase de Redacción Periodística. Mariu no dejaba aún de gustarme. Pasamos así uno o dos semestres más. Hasta aquella tarde, en la que le escuché tarareando "Chica Ye Ye" de Olé Olé.
     —¿Te gusta el pop ochentero, Van?
     —Sí, jovencito respondió—. De pronto se volvió un ser completamente extracrónico.
Así, la Van solía tararear además temas de merengue house como "Diavolo" y temas de Ricci e Poveri.
     ¿No estás algo joven para estas canciones? le dije alguna vez.
     —Ja, ja, ja respondió con su acostumbrada sorna.

     Toda esa combinación hizo que de repente la Van pasara de ser una típica estudiante nerd a alguien extrañamente sexy. El que se hiciera la rica de vez en cuando también le dotaba de cierto misticismo.
Varias veces fantaseé con ella. No había la más mínima posibilidad de que estuviésemos juntos algún rato, pero su cercanía me excitaba.

     Un día, (también con Mariu) fuimos a una de las típicas discos aledañas a la U Central. El verla bailando me provocaba cierta sensación de culpa, a la vez que de lujuria. Quise abrazar ese cuerpo, sentir ese pecho latiente junto al mío, mientras me susurraba alguna canción de italo-pop.

     Los meses transcurrieron y de a poco nos alejamos. Alguna vez quise robarle un beso. Alguna vez simulé estar enfermo y hambriento, para qué me llevara algo a casa. Cielos, me perdí de tantas cosas…


martes, 21 de julio de 2015

El grado


Siempre imaginé que este día me revolcaría en el estadio del colegio, con una botella de vino, suponiendo que de ahí en adelante viajaría por el mundo como un bohemio errante. Hoy, mientras todos se marchan en sus autos, con sus sudorosos padres empapados de colonia barata y camisas de a dólar, y sus madres emperifolladas cuál bautizo, boda o velorio, pero con una risa de satisfacción, o más bien de pausa por los años que le esperan en la universidad al guagua, deseo quedarme solo. Unos meses atrás, mientras caminábamos por el sector de La Mariscal, decidí por mi cuenta que comería en El Toro Partido para celebrar el haber sobrevivido a seis años de jugar al futuro, repitiendo de manera recargada lo que ya había visto en primaria, recuperándome del acoso escolar de mis acomplejados compañeros y esquivando los puñetes que nunca se hicieron echar de menos.
    Estoy en un chifa. Escucho desde la mesa contigua a un hombre que comenta que vendió su taxi por apenas diez millones de sucres y que está considerando ir a España, mientras un bebé llora unas mesas más adelante. Si al menos estuviese comiendo… Mi chaulafán no llega. ¿Acaso ignoran que es mi día especial? ¿Se estarán tardando para ponerme un camarón de más?
    Mientras mi plato sigue aguardando, mi padrastro me ofrece de su tallarín para de algún modo tamizar el instante incómodo. Supongo que descartó el restaurante que yo quería por considerarlo caro; supongo le habrá dado igual mi incorporación. Como sea, ya nada de eso importa. Luego de rechazar su gesto de paz, y tras la demora de mi suculento almuerzo, doy gracias y decido marcharme a casa. Es la última vez que llevaré la corbata y el uniforme del colegio Montúfar; ya en el barrio no me dirán lechero nunca más. Por cierto… Vivo en un barrio de puros tipos del Mejía, que se acaban de graduar también. Quizás nos veremos en la universidad; aunque lo dudo. Ingresaré a la Católica a estudiar Ciencias Geográficas y Ambientales, y me convertiré dentro de unos años en una especie de nuevo Jacques Costeau o Steve Irwins. 
    Ni siquiera mis amigos han venido a verme. El Luis tuvo que trabajar; se graduará el año entrante. El Andrés, ni idea; seguro mira un video de la WWF o escucha WASP a todo volumen. Mi madre me llamó temprano: dijo que enviará a mi padrastro el dinero para el primer semestre de la universidad y que no olvide hacer el trámite para la pensión diferenciada. Supongo que era una de las razones para no ir al Toro Partido.         
    Es agosto: debimos graduarnos en julio, pero el paro de inicios de año retrasó varios de nuestros planes. Solo hay cinco capas y birretes para doscientos muchachos en su mayoría físico-matemáticos, que han postulado a la Politécnica. Solo dos compañeros nuestros se graduarán en septiembre, un par de losers cuyos nombres olvidaré y dejaré de prestar importancia. Tampoco nos fuimos de paseo. La división ideológica de nuestra clase, aunque risible, es irreconciliable. Quizás fue mejor así. Después de todo a casi nadie le caía bien. Además, qué aburrido salir solo entre varones. Presiento que del curso saldrán al menos uno o dos gays, precisamente aquellos que juraban que yo lo era también. A uno de ellos le molerán a golpes unos años después. Otro compañero, a quien presté un disco que no me devolverá nunca más, se hará famoso por un triste motivo, mientras otro mas se pondrá en pausa indefinidamente. Dos de los demás chicos dicen que optarán por la Policía: uno de ellos, mi gran amigo Ruiz, quien quizás no pueda entrar debido a su medida de vista de casi 2.0; tal vez el Cisneros sí lo logre. Supongo que varios de ellos viajarán a España el año entrante; dicen que el Alfonso ya es papá incluso. Paúl, el más aniñado de la clase será el único en acudir a la San Pancho, tan despreciada por el Lucho, que se declara guevarista a morir y que se irá a estudiar Derecho a la Central —el plan que yo tenía hasta quinto— junto con la mitad del curso. Solo el Guillermo ha tenido el valor de optar por Psicología. Cuando me preguntaron de qué se trataba mi carrera, solo supe decirles que «de dibujar mapas». «Seguro te irá bien brou, vos sí dibujas», me dicen de vez en cuando. El Rueda dice que no tiene para la U y que ingresará al Servicio Militar de manera voluntaria. El Levoyer (quien pensé por mucho tiempo que era venezolano) supuestamente se irá a Estados Unidos. El Tula, cuya voz parece de locutor de AM, seguro estudiará Comunicación y se volverá un locutor famoso. El Danilo tal vez me siga a la Cato. Nadie se atreve a decir que no estudiará: todos harán más o menos algo. Christian Stahli, el chico de intercambio que fue nuestro compañero, nos ha enviado una felicitación por escrito, ya que tuvo que volver a Suiza unos días antes. Los muchachos corean una versión chauvinista de «Al partir» de Nino Bravo. En mi cabeza suena «Run» de Collective Soul.
    Ya no pronunciaré el himno de mi colegio, ni juraré darme de puñetes con un rosca del Mejía si es necesario. Ya no entonaré alguna barra colegial adaptada de Barcelona o de Liga, robadas a su vez de cánticos argentinos. Quizás ya no leeré a Marx: sé que en la Católica no son materialistas dialécticos. No sé si deba fingir ser fiel devoto o algo así. Supongo que habrán muchas chicas bonitas, y que me enamoraré de alguna de ellas. No sé si hago lo correcto. Siempre me gustó escribir. Quizás debería haberme inscrito en la Facultad de Filosofía y Letras, pero qué futuro podría esperarme. Dicen que hay puros chinos tirapiedras y garroteros. 
    Tal vez en la Católica tenga futuro. O tal vez no. Tal vez no exista el futuro. Tal vez conoceré a un tipo de quien solo recordaré que me dijo una vez que «cada persona es un mundo»; por ahí me gustará la chica más alta de la clase, que jamás me hablará hasta 2005, cuando coincidamos en una marcha que busque derrocar al presidente de turno; quizás me citaré con otra chica de aspecto más simple, a quien compraré flores y quedaré de ver en la Plaza Grande, pero finalmente no veré porque no acordaremos la hora jamás, y que me llamará días después a preguntar por qué no volví a clase, ya que me retiraré ni terminado el primer semestre. 
    Quizás me olvidaré de todos ellos y escribiré sobre lo fugaz que es la vida, de vez en cuando.


jueves, 16 de julio de 2015

Koyagal


Nuestros ojos se encontraron
un día sin pensarlo.
El viento soplaba las espigas
a lo lejos.
Una inmensa nube gris nos miraba.
La lluvia dejó un rastro de lodo
donde hundimos nuestros pies.
Sus voces nos hablan pero
no nos importa.
Solo queremos escuchar
nuestro corazón.
La sangre nos reclama,
pero preferimos sentirla
hirviendo.



Desde que papá murió, no he vuelto a Koyagal, su pueblo natal. Recuerdo algunas cosas: que el sitio ni siquiera aparecía en el mapa, que los atardeceres eran como un monstruo de niebla devorando las espigas de trigo; que un rebaño de cabras y cerdos eran a veces las únicas aves en el horizonte; que las únicas flores crecían en las paredes, y no en el suelo, en donde en su lugar crecían diminutas manzanitas; que luego de las cosechas, los abuelos solían armar pequeñas colinas con los tallos que quedaban, donde simulábamos construir iglúes de paja, antes de las llamaradas nocturnas con que solían invocar al dios sol de las antiguas collas (de donde supuestamente deriva el nombre del pueblo). Era un sitio tan frío, que cada noche de vacaciones o feriado que pasaba allí, siempre me orinaba en la cama, de manera tan frecuente que hasta empecé a desarrollar una técnica para secar las sábanas, sin que mis tías, que al día siguiente me jalaban de las orejas o me gritaban, se dieran cuenta.

        Recuerdo los ventarrones en el verano, y con ellos a mis primos Jorge, Vero y Adriana. Adriana, a quien asesiné tres veces, la primera, ese día en que cansado de su llanto, decidí encerrarla en un cartón y arrojarla por una de las quebradas, donde quedaba la escuela; la segunda, cuando harto de su presencia le arrojé tantas piedras, como estrellas en el cielo, y la tercera, en esta ocasión, en que volveré para despedirme de mi abuelo.

        Mis primos, y aquellos que les siguieron después, habían entablado una especie de alianza con ese lugar; no lograba entender su fascinación por ese sitio, ni lograba imaginar la infancia de mi padre, ahora tan distante de mí, ni su adolescencia, cuando dejó la casa de mis abuelos en una de las primeras motocicletas que llegaron hasta ese sitio perdido del país, que sin embargo geográficamente (como descubrí años después) era parte del cantón Quito.

        Tengo ya más de 30, y es enero. El sol y el aspecto lúgubre de varias casas de adobe, ahora abandonadas por varios migrantes que ahora residen en España, pronto me hacen olvidar la visión romántica que tenía de la fogata y el cometa. El abuelo está muriendo; pero mientras muere, la vida florece en mis nuevos primos, unos niños todavía, varios de ellos venidos también de España a vacaciones, unos extraños que hablán una lengua lejana llamada catalán. Y la abuela, preparando colada en el ya cansado fogón, y los estantes descoloridos de la tienda de víveres del otro lado del dormitorio general, que por muchos años fue el único centro de abasto de Koyagal.

        Pronto me aburro, tomo el auto y me dirijo a la colina del pueblo, un sitio conocido como Cochabamba, adornado por una casa de ensueño ubicada en el centro del lugar y bordeada por siete árboles, postal que siempre me hizo suponer que todos los cuadros con una casa en una colina que decoraban las casas, eran una foto de Koyagal. De pronto descubro que Sofía, una de mis primas pequeñas, se ha escondido detrás del auto, y que deberé llevarla de vuelta a casa.

        Hace unos días se celebró la Fiesta del Niño, ocasión en que los nobles habitantes del pueblo juegan ecuavolley, compiten en caballos y cantan. Dicen en mi familia que tía Silvia siempre destacó por su extraordinaria voz; jamás le he escuchado cantar. Sofía empieza a llorar y a decir algo en catalán. Pobre. Debe sentirse como pez fuera del agua. Sin embargo, no parece tener problema para ensuciarse mientras juega con mis otras primas y otras niñas del pueblo; de hecho lleva ahora mismo el vestido y la cara sucia, con esos ojos claros de casi todas las mujeres de la familia, que me recuerdan también a los de Adriana, a quien asesinaré esta tarde, sin que los demás se den cuenta. Espero no haber efectuado un monólogo mientras conducía.

        —Por qué hablabas solo? —dice de pronto Sofía. Resultó bilingüe.

        —Solo cantaba una canción —le respondo de manera un tanto brusca.

        —¿Qué es matar? —continúa.

        —Es agarrarse de las matas de los árboles, como las del árbol lechero de la casa de la abuela- le digo con frialdad.

        Ni los pueblos ni los asesinos son como los pintan. Koyagal es una especie de aldea, en una calle, sobre una quebrada. Hace poco han inaugurado un cementerio cerca. Supongo que de haber existido en el momento en que mi padre murió, le habrían dejado allí. Imagino que el abuelo tampoco descansará en ese sitio, porque seguro le dejarán en la urna familiar del cementerio en Quito. En la cocina, las tías preparan comida, mientras conversan de sus hijos, de sus impresiones de Europa y de los contrastes entre Quito y Madrid. En el patio, los niños corretean y chatean con sus celulares. Los primos más grandes fuman en una de las bancas.

        —¿Por qué no has vuelto al pueblo Davicho?- me dice mi primo mayor Paco.

        No solo no le contesto, sino que me quedo mirando fijamente un auto en donde llega Adriana junto a su esposo. Lleva en su cara los mismos ojos claros de Sofía, y los de la Adriana niña a quien asesiné dos veces en el pasado, cuando la arrojé por la quebrada, y cuando la envolví en una lluvia de piedras. Por alguna extraña razón, siento que es hermosa y que ya no quiero matarla. Ahora quien quisiera morir soy yo.

a Jael

martes, 14 de julio de 2015

Fragmento hallado en un cuaderno

Caminé por una calle vacía,
el aire me recordó la soledad;
el cielo gris a lo lejos reía,
y el tiempo parecía continuar.

Solo la mente sigue jugando
a burlarse del tiempo y el espacio.
Pero no,
no sabes qué hacer;
es solo un día más.

Cuántas horas pasarán,
si alguna en realidad.
Quisiera desdibujar el viento,
y poder sentir de nuevo,
que hay un lugar.

El sueño parece eterno,
la dulzura, la ternura en su lecho.
Y un aire de espejismo incierto,
me hace añorar al dulce viento...
1996

domingo, 14 de junio de 2015

Lore

Se me apareció por primera vez una tarde nebulosa de 1987: llevaba un par de cachos similares a los de la Chilindrina, quizás más grandes. Igual que yo, el primer día de escuela, llevaba un atuendo distinto del uniforme. Sus ojos eran oscuros, como pepas de guaba.

Su madre, quien a la usanza de los ochentas llevaba sombras en los párpados, que no le lucían tan mal, solía ir a retirarla siempre: estudiábamos en la tarde, y al dejar el aula, nos aguardaba el ocaso. Su padre era un longo horrible y carecabreado que, años más tarde, supe que trabajaba como conserje en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central. Sus hermanos estudiaban en una academia militar; a veces también iban a la escuela, con sus pequeños disfraces de asesinos bufones.

Sin responder aún a ningún instinto carnal, decidí, o mi mente decidió por mí, que la Lore era linda. En la navidad de 1988, la profe del grado la eligió como candidata a Estrellita de Navidad de la escuela, al igual que las navidades siguientes. Jamás ganó el certamen, pero cada fin de año, sus pequeñas galas me hacían sentir enamorado de ella. Ese mismo diciembre, su hermano mayor, a quien volví a ver años después en una farra de Año Nuevo en Chillogallo, me dijo que «hay que cuidarse de los besos en la boca, porque pueden traer bichos», como adivinando mis sucias intenciones.

La Lore y yo no éramos los más conversones del grado. Siempre nos tuvimos mutuo recelo, pero pese a ello nuestro compañeros nos molestaban. En cuarto grado, una compañera mayor que nosotros, en una ocasión que debíamos tomar los lápices de colores de la caja comunitaria, nos aguardó el turno para que los tomemos al mismo tiempo. No sé si por todo ello es que me evitaba; fueron muy pocas las cosas que compartimos. Jamás le dije algo como «me gustas», o «creo que me siento atraído por ti» o «haces que mi corazón lata de un modo muy extraño». Obviamente era un niño.

Llegado sexto y al notar que la escuela terminaba, sentí que debía decirle que me gustaba, que fuera mi novia y que me permitiera darle un beso. Con cada día juraba que se lo diría al día siguiente, luego la semana siguiente, luego en Navidad. Alguna vez le vi charlando con mi supuesto mejor amigo, Saúl, a quien años más tarde volví a ver cerca del Hospital Vozandes, para contarme que se acababa de casar y que ahora era miembro del Opus Dei.

No sé si fueron celos, pero no le hablé en mucho tiempo. Durante nuestra última Navidad, la de 1992, no le dije nada. Sin embargo ocurrió algo que ni en sueños imaginé: mi prima Nancy, quien era de Tumbabiro, Imbabura, vino a estudiar el último año a nuestra ciudad, para continuar el colegio. Ella y Lorena se hicieron amigas, y una tarde, sin que yo lo supiera, la Lore entró a mi casa, que solía estar desordenada porque mi tía andaba muy ocupada en su trabajo y porque durante la mañana, a veces los deberes no nos daban tiempo. De haberlo sabido habría limpiado toda la casa. El punto, es que jamás conocí la suya. Y pese a que la Nancy se llevaba con la Lore, o intentó llevarse con ella, jamás me sirvió para hacerme los planes o darme metiendo carpeta.

El 14 de febrero del 93 le compré una tarjeta ridícula con unos muñecos dibujados, en donde le escribí que me gustaba, y que adjunté con una flor que compré en una esquina. Intenté dársela, pero la cobardía me hizo pensar en una alternativa: hacérsela llegar a través de una compañera. Durante el recreo encontré a Silvia, la amiga de la Lore, con mi tarjeta rayoneada.

En primer curso, ya en el colegio Montúfar, y hasta segundo, empecé a ir con unos amigos hasta el Colegio Simón Bolívar supuestamente para conocer amigas. En realidad, lo que quería era volver a ver a Lorena, quien estudiaba allí. Tiempo después, durante un programa de la escuela a la que volví para ver a mi hermano menor, y en donde encontré a otra amiga, Verónica, ella me contó que la mamá de la Lore todavía iba a verla al colegio.

Años más tarde, durante una fiesta en casa de unos primos, la Lore volvió a aparecer. Ya no era la niña de cachos en el pelo: le había crecido mucho el busto, y por primera vez la vi no solo fea, sino que paradójicamente me hizo sentir gran deseo sexual. Bailamos un set de no se qué música tropical, conversamos un par de cosas y después se fue. Años después, nos volvimos a encontrar en facebook, y quedamos en reunirnos con Saúl y ella. Nunca nos pudimos encontrar.

Una tarde, en que intentaba sostener una charla interesante por la red social, la Lore se asomó. Entre canciones de los años ochentas y noventas que puse en el Youtube, finalmente le confesé lo que sentía. Por un momento supuse que me diría que la pasaba igual. Me dijo, simplemente, «éramos tan pequeños».

sábado, 11 de abril de 2015

Volver

Mientras subía las escaleras
el desvanecimiento y la obscuridad
copulaban al ritmo de la música invisible
cadencia de viento y azúcar
intentaba imaginar como habrá sido el mundo
antes de la música
como el hombre fue en ella
como será mañana
en esas canciones que alguien imaginó
alguna vez y no pudieron tocarse
en las historias perdidas
en aquellas comunes a todos los mortales
Recordaba la metáfora del cielo
como una escalera de madera apolillada
seres que sí vuelan
como soñamos con ser antimateria
ser uno con la música y ser eco
ser lluvia para acariciar el viento
Mientras me desvanezco intento pensar
en aquellas charlas sobre un oasis amarillo espumoso
si el planeta fuera en realidad un vaso
en cómo las ciudades se expanden
en la añoranza que inspira a veces la obscuridad
En la oscuridad del mundo,
del ser
de unos ojos cerrados.
En un transplante de alma
en el tiempo que pretendemos robar.
Mientras subía las escaleras
el desvanecimiento y la obscuridad
procreaban el deseo mismo.

sábado, 7 de marzo de 2015

Cántame, Adri

Cántame,
una canción que me provoque reír,
e imaginar que te veré sobre una bici dentro de varios años.
Porque cada vez que te miro
el mundo da un giro total.
El café de aquella tarde ya debe estar frío;
hace mucho que la peña apagó sus luces.
Una columna de humo se sigue mirando desde lejos;
cántame,
como cuando volví a la iglesia para no rezar
como cuando el eco tropezó con el pan de oro para desarmarnos.
Viste de negro para desaparecer una y otra vez
canta y escúchate,
escúchame
mientras los animales corren felices lejos de nuestras fauces.
Canta para vos,
mientras escucho un concierto ajeno
sobre las agujas de un cronógrafo disfrazado de reloj.

jueves, 12 de febrero de 2015

Canción Warever

A quién le importará
que el sol se robe una tarde invernal
o retrate su almuerzo absurdo;
que la paz mundial se revuelque
en una orgía de sábanas,
mientras alguien vende lotería
con una camiseta del Ché;
quien sino,
mientras escucha una canción
para escaparse.
A quien importará
que la luna o la Antártida
se conviertan en propiedad privada
Quién improvisará la vieja
fórmula del amor desamor
en sinrazón.
Quién sino
una canción para escaparse.
Vieja guitarra
óxido en la voz
rugido de musa moribunda
luz de un peñasco
que más da
la hipnosis y el tedio
una canción
para escaparse.