Seguramente Emilia no pasaba de trece años; su cuerpo pequeño y esbelto destacaba entre el bullicio de las butacas y el motor del vehículo que se encargaba de nivelar la pista de hielo. Llevaba una malla negra y simulaba correr en un espacio muy pequeño. Una vez que el ruido cedió un poco, el parlante emitió la canción de Celine Dion que se hizo tan popular gracias a una película donde Leonardo Di Caprio muere, paradójicamente, congelado.
Por un momento el hombro de la prima de Emilia se convierte en la almohada más cómoda del invierno artificial, y me concentro en los movimientos de aquella artista solitaria, la niña. Recuerdo que el hielo no tardará en derretirse, que la canción de Titanic y la película fueron estrenadas hace tanto tiempo y siento como la barba me provoca comezón. Mientras me acomodo otro poco en el hombro de mi compañera empiezo a pensar que algún día Emilia, la hermosa niña que dentro de unos minutos invadirá la pista, un día romperá varios corazones de adolescentes, provocará el suicidio de alguno, disgustará a sus padres por los múltiples timbrazos en la puerta, será la Lolita platónica de algún profesor, será el tema central del primer y único hit de alguna banda nacional, cuyo cantante intentará superar el dolor de no poder tenerla cerca, y, finalmente, despertará la envidia, la incertidumbre, el cielo y el infierno de quien llegue a compartir sus secretos.
Me he quedado dormido. Es muy probable que nunca más vuelva a ver a Emilia.
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