martes, 12 de enero de 2010

Redención



A veces el miedo a las viejas heridas es como un péndulo que regresa y se marcha, constantemente. Luego de salir del hospital, una vida entera aguardaba, al mismo tiempo que otra quedaba enterrada para siempre; "no será fácil la amnesia", decía el certificado firmado por los médicos. "Costará trabajo".
El asilo al que había sido enviado era un lugar tétrico, con aliento de humedad por todos lados. El smog de los carros había oscurecido a las ventanas, y la música ya no era un privilegio: discos viejos de lp´s se apilaban en una sala oscura, con olor a cera y ante un patio de piedra que mostraba una colina con mala yerba. Ya no era hora de visitas, y aunque el día era soleado, todo parecía gris dentro de esa casona.
"Ojalá derriben esto algún día", pensó, mientras un viejo se prestaba a salir a la calle, con un saco de cartón atado a la espalda.
"No habrá algún día" le respondió el cargador. "Los días ya no existen".
-Entonces que el diablo nos lleve de una vez- respondió la voz de una viejecita al fondo.

Varias semanas después, las visitas tan sugeridas, tan olvidadas pero tan esperadas también, no habían aparecido jamás. Se comentaba en el pasillo que el hombre era el sobreviviente de alguna especie de tragedia, que su familia había desaparecido bajo un deslave de tierra o que simplemente le consideraban un estorbo.

En su vida, nunca había esperado nada. Un día se dijo a sí mismo que no tenía que esperar por la compasión de los demás, ni menos de esos destartalados curas, enfermos mentecatos sin alma que trafican con almas ajenas. Pensó en la imagen de la virgen, tan ajena, tan lejana de sus facciones indígenas, así como de los retratos de los apostoles, de los profetas y de todos los demás santos.

-Mierda- pensó. -Si es el momento por el que tanto esperé, será mejor que arda todo.

Y el día llegó. Bajo el saco que su compañero empleaba para reciclar cartón y papel, escondió un galón de diesel que llevó a la iglesia, lo vació y encendió un fósforo que ocasionó un gran incendio. Las beatas que rezaban a esa hora, al ver que el infierno se hacía realidad, salieron despavoridas. El párroco, quien se hallaba en uno de los confesionarios, no tardó en llamar por celular a la Policía Metropolitana, misma que llegó tarde, mucho más tarde que los bomberos que luego de apagar el sitio encontraron al asfixiado pirómano amnésico, cubierto de hollín en todo su cuerpo, dormido quizás, pero quizás también recuperado del dolor, curado al fin de sus heridas.

domingo, 10 de enero de 2010

Despertar



Se levanta luego de un sueño irregular, prepara una taza de café y regresa a mirar algo en la televisión. El horizonte continúa mostrándose azul, a pesar de la amenaza del celeste, que se aproxima sigilosamente, con la excepción del sonido de algún automotor en una calle cercana.
La programación es pésima; apaga el televisor y cierra las cortinas, para prolongar la oscuridad por unos minutos más. Piensa en lo que la gente de otros paralelos y latitudes estará haciendo ahora, en sí el sol brilla sobre África, piensa en la oscuridad que aún debe reinar sobre el Pacífico. Divaga sobre alguien, sobre cuan lejos debe encontrarse, si lo habrá olvidado, si estará pensando en él; piensa si en algún lugar alguien estará muriendo, precisamente en ese instante, quizás en un barrio no muy lejano; juega con la idea de si en la maternidad ubicada a dos manzanas estarán naciendo juntos una víctima y un victimario, medita sobre lo que sentirá un pájaro al buscar las primeras flores de la mañana para subsistir, casi al mismo tiempo que las señoras que distribuirán los periódicos con las noticias de ayer.

Piensa que debe levantarse, pero que por alguna razón prefiere dormir otro poco...

viernes, 8 de enero de 2010

La nota

-Tengo la leve sospecha de que no volveré a verte- me dijo, casi con una expresión de risa.
-No te creo- le dije. No vas a morirte. No antes que yo.
Jajajá- replicó.

La ventana que estaba junto a nosotros delataba un rayo de sol profundo y asfixiante. Y mientras trataba inútilmente de contar los demás rayos, él dobló un papel y me lo entregó diciendo:
-Guarda por favor esta nota, y ábrela cuando esté bajo tierra.

Me hallaba desconcertada. "Este man está loco, o trata de llamar la atención", concluí.

-No la leeré jamás, por que no vas a morir- le respondí.

Desde ese día no he vuelto a verlo. A veces siento el irresistible deseo de abrir el papel y saber que quería decirme en realidad.

miércoles, 6 de enero de 2010

El guardabosques



Cierta tarde me extravié en el bosque: de pronto vi a un tipo solitario, que cargaba un rifle.
    —¿Qué hace usted aquí? Me preguntó el hombre, cuyas arrugas faciales delataban muchas lunas de experiencia. 
    —Solo estoy paseando.
    —Siga no más. Pero tenga cuidado. Parece que hay un lobo cerca.
    Pese a lo solemne de su voz, la afirmación me pareció inverosímil. «¿Lobos?», pensé. «No lo creo».
    Seguí caminando, despreocupado. Era otro aburrido domingo, de esos en que dan ganas de morirse o de borrarlo del calendario para volver al horrible lunes que otros detestan, pero que yo siento como un respiro. En eso, sentí que algo o alguien me tomaba por la espalda, que hizo nublar mi visión. Supuse que era muy tarde ya y que el sol pronto se ocultaría tras la montaña. Repentinamente, la oscuridad se aceleró.
    Al despertar, el hombre del rifle me apuntaba a la cabeza.
    —¿Qué pasó? —le pregunté, mientras tenía la sospecha de que el guardián no me entendía ni me escuchaba. Al final, antes de dormir, alcancé a escuchar entre la oscuridad:
    «Le dije a ese muchacho que había lobos cerca».

sábado, 2 de enero de 2010

Embriaguez



Brindo porque
es el final.
Brindo por toda
el aura de incertidumbre
que le rodeó;
brindo por estar acá
y poderlo mirar.

La celebración se
extenderá hasta el
otro lado del mar.
Brindo por tu ausencia
y por las palabras de
despedida que el viento
arrastrará.
Brindo por cada
sentir que ahora se
transformará en
olvido,
por cada aliento ajeno
del otro lado del cristal,
por el sol y sus rayos que
nos calcinarán,
por la lluvia que se hace
extrañar pero que luego
nos ahogará.
Brindo por los días,
las noches y
los atardeceres.
Brindo por un nosotros
imposible,
brindo por los otros,
por los demás.

Brindo por tu
copa vacía.
Brindo porque
este es el final.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Libros que nunca terminé de leer



Muchos se jactan de los libros que han leído, o que han escrito; en esta ocasión quiero rendir un homenaje a todos esos textos que un día empecé, pero que por diversas razones no pude, no quise, o no terminé de leer.

Empezaré por una novela titulada "El Tercer Hombre", de Graham Greene. Lo que recuerdo de la historia, es que se desarrolla en la Viena de la postguerra, con una especie de agente o algo así. No le metí muchas ganas; creo que no he intentado terminarla desde hace 5 o 6 años.

Otro libro que inicié a principios de 2008 y quedó pendiente es "El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo". El haber visto las películas de Peter Jackson sobre esta gran trilogía incidió de gran manera en mi desinterés, sin embargo, creo que me faltan (desde hace 8 o 9 meses) algo así como veinte páginas. Tendré que reelerla íntegramente, por la gran cantidad de detalles que ahora se me escapan.

A "Oliver Twist" le ocurrió algo parecido conmigo; he visto tantas versiones en películas, teleseries y hasta dibujos animados sobre esta novela de Dickens, que ya me resulta algo denso intentarlo. Como anécdota, entre las pocas páginas que revisé de esta novela, descubrí una palabra desconocida hasta entonces para mí: Sinecura.

Otro libro, muy corto pero que por desgracia cayó también en mis manos inconstantes, es "Carta al padre" de Franz Kafka. Pese a lo bakán del texto, nunca terminé de leerlo.

"La Peste", de Albert Camus, intenté leerla un día de año nuevo de 2001 o 2002, mientras estaba de visita en la casa de unos tíos. Pero no ha sido el único de Camus: A "El Verano", en cuyas páginas está un sello de la biblioteca de la Escuela Superior de Aviación de mi país, tampoco lo he concluido.

Con "El Coronel no tiene quien le escriba" de García Márquez llevaba un buen ritmo de lectura, hasta el día en que lo extravié. Fue hace como diez años.

A "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry, que me trasladó momentaneamente a una especie de club campestre en medio de la sierra mexicana, solía llevarlo en mi mochila para leerlo en el bus. El libro era tan viejo, que varias de sus páginas creo que ya se han extraviado.

"Nada", de Carmen Laforet, sufrió por causa de una irresponsabilidad mía: debía presentar el resumen para la clase de literatura de cuarto curso, pero un trabajo ajeno que encontré para presentar y cierto apuro desprogramado me hizo desistir de la lectura, pese a que varios años más tarde su argumento me pareció interesante. Creo que terminé regalando ese libro a una amiga mía llamada Joy.

"De la tierra a la luna", de Julio Verne, que un día pedí prestado a mi ex-novia Isabel, tampoco pude seguirla y peor terminarla. Caso parecido con "Tinta Roja", del chileno Alberto Fuguet (en este caso, también me conformé con la película peruana). A otra ex-novia, Diana, le debo también el no haber concluído "Dracula", de Bram Stocker. Una noche, Diana me lo pidió prestado para no regresármelo nunca más.

"Y los dioses se volvieron hombres", del ecuatoriano Carlos de la Torre Reyes, también quedó inconcluso, al igual que "Ciudad sin Ángel", del también compatriota Jorge Enrique Adoum. Al texto de De la Torre lo he visto pasar en mi librero personal día tras día sin pararle bola, en tanto que al de Adoum lo inicié un día que me pereé de clases en la Universidad Católica y que fui a dar casi por accidente en el Centro Cultural Benjamín Carrión de Quito, lo que por razones de tiempo (el lugar ya tenía que cerrar) no le pude terminar. Lo mismo con "Cien Años de Soledad", pero en la Biblioteca de la Casa de la Cultura.

Por ahora, y para tratar de reividincarme, intentaré terminar "A Sangre Fría", de Truman Capote. Me faltan como cincuenta páginas.

jueves, 24 de diciembre de 2009

El presente de Navidad



De haber sabido entonces que ese carro de madera sería el último, quizás no lo hubiera tirado. De enano era bastante ambicioso; la tele hizo que me obsesionara con una pista de autos de control remoto. Dicen que los niños son pura ternura e inocencia; en mi caso, deseaba todos los juguetes caros, habidos y por haber. Así, los trompos y yoyos me parecían poca cosa, al igual que las fundas de caramelos. Quería esa pista, y la Navidad de 1989 no iba a ser perfecta sin ella.

     Eran las doce, y para entonces ya no creía en Santa Claus; sabía perfectamente que eran mis papás, mis tíos y mis abuelos los de los juguetes y todas esas pendejadas. Por entonces mi ma no tenía trabajo, y ya nos había advertido que los únicos regalos que recibiríamos serían de parte del abuelo, que era carpintero y había fabricado un pequeño carrito cuyas ruedas pulió el mismo durante casi medio año, ya que no tenía torno. Al día siguiente de nochebuena, cuando el abuelo regresó a su casa, decidí tirar el carro por una calle empinada. No me gustó el carro. Quería mi pista de autos de control remoto.

     La Navidad siguiente, los abuelos ya no volvieron a visitarnos; para las fiestas subsiguientes la abuela había fallecido, y cuatro meses antes de la Navidad que le seguía, el abuelo se pegó un tiro. Quizás debí conservar el carrito.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Dos palabras


Mientras mirábamos al horizonte, la lluvia empezó a caer, pese a que el sol aún estaba sobre nosotros.
-Siempre quise contemplar la lluvia contigo- le dije, mientras ella miraba hacia algún punto ciego.

Poco después se levantó y se marchó.

Unos minutos más tarde, me di cuenta de que algo no estaba bien, de que faltaba algo, de que algo daba vueltas en mi cabeza.

-¡Aguarda!- le grité.
-¿Qué ocurre?- respondió.
-Olvidé entregarte esto- le dije, mientras depositaba un chicle entre sus manos. En ese instante, desde el vacío, desde algún lugar que desafió al olvido, le escuché decir dos palabras que no esperaba escuchar.


-Yo también- le respondí. Luego la vi partir.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Horizontes lejanos



Por ahora no siento nada, mi cuerpo está dormido, mi mirada amortiguada. No sé a donde fueron mis pensamientos. Es como sí, sólo estuviera esperando algo. Es como sí, no esperara nada en realidad, como pretender agonizar, dúlcemente, con el menor dolor posible, tratando de poner mi mente en blanco. Es como sí quisiera caminar en el bosque, sentir la brisa, caminar sobre hojas secas, vacilar con pequeñas gotas de lluvia. Como si ya no pudiera sentir nada. Como sentir luz. Como un fuego azul dentro del corazón. Como la sensación de un mañana que llegará y me encontrará solo, pero que llegará de todos modos. Como si una larga carretera estuviera aguardando. Y está aguardando. Y estuvo aguardando. Y seguirá aguardando. Pero ya no tanto.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Casi las dos


Hay tantas cosas que qusiera poder
decirte en este momento;
deslizarme hasta tu mente desde
el fondo de mi pensamiento,
abrazar tu respiración con
incierta melancolía.
Hay tantas cosas que quise
decirte un día,
pero ya no queda tiempo.
Las palabras son como ceniza que
esparció el viento;
música en blanco y negro suena
en mi cabeza.
Aquél poste que alumbra solitario
afuera se resiste a dormir,
por un momento quisiera que todo
fuera oscuridad;
aparece,
ven aquí,
te espero con melancolía incierta;
el sueño se rehusa a venir por mí.

martes, 8 de diciembre de 2009

El último tabaco


-¡ME VALE UN RÁBANO QUE ESTA WEBADA MATE!- me dijo eufórica. -CHUCHA, HAY OTRAS TANTAS COSAS PEORES!!!- prosiguió.

        Era mi amiga Lucía, mujer brillante de 56 años, invencible en el ajedrez, conocedora del campo mucho más que cien hombres juntos que se la daban de chagras, implacable con los beatos, sensible como nadie, no con esa sensibilidad llorona de telenovelas, sino más bien sensible con la naturaleza, con los árboles, con el río, con los animales. Esa tarde no lo podía creer; estaba agonizando por causa de un cáncer de útero.

        La conocí hace quince años, mientras yo estudiaba en el colegio; ese día buscaba junto con un amigo que alguna chica del Simón Bolívar nos parara bola. No sólo hicimos un gran ridículo; también les servimos de cargadores a un grupo de chicas que necesitaban llevar jabas de colas para una fiesta que estaban organizando. Luego de un ingenuo gracias, nosotros, viriles adolescentes a punto del acné, nos sentamos en la mesa de una de esas tiendas-bares del centro histórico de Quito, que más que a tradición huelen a humedad.

         —Tengan— dijo la vendedora del local. —Les envían esto.
    El Raymond y yo nos habíamos sentado a tomar una Fruit, refresco de cola nacional en cuya publicidad aparecía un brasileño que más que persona parecía un chango. A nuestra mesa, la señora del local nos había traído un par de moncaibas, una especie de galleta gigante hecha de harina y azúcar.

         —¿Quién nos habrá mandado esto?- le pregunté a mi amigo Raymond Andrade, chico alto y apuesto, pero tan tímido e inseguro como yo, durante el segundo curso del colegio.
—No tengo idea —me respondió.

        Fue entonces cuando imitando a un detective a lo Sherlock Holmes, procuré durante treinta segundos tomar todas las pistas posibles, mismas que apuntaron hacia una señora no muy agraciada pero elegante, que estaba sentada junto a la vitrina con un cigarrillo en la mano.

        —Gracias, señora—le dije, levantando la mano.

Al principio creí que se trataba de alguna tía o de la mamá del Raymond, pero luego de que mi amigo me dijera que no tenía nada que ver, empezamos a suponer que se trataba de una traficante de órganos, corruptora de menores o simplemente una mujer que se quedó fascinada con los cabellos sucos de mi compañero de clase.

        —Oye loco, me da foca, vámonos— me dijo el Raymond, tratando de disimular lo más que pudo.

       —Vamos— le dije. No creo que sea una mala persona; en ese preciso instante procuré no dejarme dominar por la idea de que la moncaiba haya estado envenenada o algo. Mientras me hundía en mi absurda suposición, la señora empezó a hablar.

    —¿Y ustedes, qué hacen por aquí? ¿Acaso están buscando novia?
    —No señora— le respondí de inmediato, procurando mostrar una cara amable. -Lo que pasa es que vivimos cerca de este colegio- seguí.
—¿Sí?—replicó. —No les creo ni una palabra —continuó.

    Ese momento me parecía más una escena de ficción que de realidad. No podía creer que una desconocida, y encima mayor intentara entablar una conversación con nosotros. Pero las cosas se dieron, casi sin darnos cuenta. Al poco rato, nos enteramos de que se llamaba Lucía Hernández, que era profesora de Castellano y Literatura de segundos y terceros cursos del Simón Bolívar, que había estado en España por casi diez años, y que le gustaban las películas dramáticas estilo Braveheart y todo aquello, tema con el que definitivamente nos atrapó.

       A la semana siguiente, habíamos quedado en vernos en el mismo lugar; en esta ocasión el Raymond tuvo miedo de ir, argumentando que Lucía iba a sacarnos las tripas y venderlas en el mercado negro por varios millones de sucres. Yo también tuve gran recelo de ir, sin embargo, algo dentro de mí me incitó a acudir, y desde ese día iniciamos una amistad muy extraña con idas y vueltas, en la que nos vimos aproximadamente un par de veces cada año. Lucía estaba casado con un hombre quince años mayor, quien era rector de otro colegio de la ciudad, y tenía dos hijas hermosas: Gabriela y Lourdes, quienes por cierto, nunca me pararon bola tampoco, y a las que vi casarse durante este tiempo. Eso sí, en todas nuestras conversaciones nunca faltó el humo de sus cigarrillos, mismo que empecé a compartir a partir de los diecisiete años, ya en sexto curso.

        Lo más pleno de conversar con la Lucía eran nuestras charlas sobre libros: Desde escritores locales como Marco Antonio Rodríguez y Joaquín Gallegos Lara hasta Edgar Alan Poe y Stendhal. La tipa era toda una eminencia; le gustaba corregir mis textos, burlarse cariñosamente de mis faltas ortográficas y putear conmigo a toda la verborrea de la politiquería. El día en que le conté que por fin tuve novia, ella se echó a reír:
    —Vas a tener problemas en tu vida sexual —me dijo.
    —¿Y como lo sabes? —le increpé.
    —Por qué puedo leerlo en tu cigarrillo.
    —¿Acaso lees los tabacos? —le pregunté asombrado, casi al borde de la risa.

    Los años pasaron, y por mucho tiempo dejé de ver a Lucía. Un día, mientras caminaba hacia mi casa luego de la facultad, Gabriela, su hijo, alcanzó a reconocerme.

    —Hola —le dije. Ella siempre me gustó en secreto.
    —Hola —respondió, con cara de seria.
    —¿Y cómo está tu mamá? —le pregunté, algo extrañado.
—Ella se está muriendo. Hace seis meses nos contó que tiene un cáncer de útero. Si nos hubiera contado antes… ¡MIERDA! ¡Se pudo haber salvado!

    No lo podía creer. De repente, la Lucía que conocí, la profesora implacable con la ignorancia, cuyos fines de semana los pasaba montando a caballo cerca de Machachi, que dominaba a las vacas, que me enseñó los nombres de varios tipos de árboles, estaba cerca de morir. Supuse ingenuamente que todo eso se debía al tabaco, su pasión de siempre; pero la Gaby me había dicho que era un cáncer de útero.

    Ya en el Hospital, a donde fui con mucha vergüenza debido a la presencia de varios de sus familiares entre los que para mi desgracia no estaba su hermosa hija Gaby, una impresión desconocida me causó tanta incomodidad, a tal punto que decidí irme del lugar.
    Unos días después, una gripe de inofensiva apariencia pero de devastador poder me tendió en la cama durante casi tres días; nadie estuvo cerca para acolitarme. A la semana, me había recuperado, y mientras convalecía, reflexioné acerca de lo difícil que debe ser estar a punto de morir. Pese a que la familia de Lucía era muy numerosa, supuse que no le haría daño que un antiguo adolescente convertido ahora en universitario reestablecido de la gripe volviera a visitarla.
    Luego del fastidioso trámite de preguntar a los parientes, y luego de la desdicha de conocer al novel esposo de la Gaby, ingresé a la habitación exclusiva, que seguramente le había costado mucho dinero a la familia.

—Hola, pasa —me dijo, con su típica expresión amable, pero decorada con las líneas de expresión de su rostro.
—Hola —respondí. Vine a despedirme.

    En ese instante no pude evitar llorar. Ni siquiera lloré cuando mi abuela se murió; lloré un poco cuando mi tercera novia se había ido a estudiar en Canadá.

    —Eres un imbécil —me dijo. ¿Cómo se te ocurre poner los ojos rojos? Deberías estar contento de verme, chucha. Puede que sea la última vez. Y como es la última vez, tengo que decirte algo.
    
    Luego de escuchar que debería estar contento, definitivamente empecé a llorar.

    —Tranquilízate, por favor. O no podré decirte lo que tengo que decirte.
    —Qué quieres decirme. acaso me heredarás varios de tus libros?- le dije en ese instante, triste pero también con cierta codicia insólita.

    —Eso ni lo sueñes —me respondió. —Necesito que me traigas tabacos.

    —¿Qué? —le respondí. —¿Te estás muriendo y sólo piensas en fumar?
    —No me vengas con moralismos, cojudo. Ten, cómprame una cajetilla de Lark.

    En ese instante, la ira me invadió por completo, Tanto dramatismo por una pinche caja de tabacos. Lo primero que pensé por un momento era tomar los cinco dólares que me dio y largarme a pegar una biela con mis compañeros de clase. Sin embargo, y por enésima vez consecutiva, no pude hacerlo. Sentí que estaba en mis manos darle el último placer a esa mujer, y que no podía fallarle.

—Ya vengo —le dije.

    Una llamada a mi celular solicitando mi presencia por una estupidez doméstica que había ocurrido en la casa, me hizo desviarme de la tienda. Me demoré alrededor de cuatro horas. En mi cabeza sólo podía pensar que la Lucía me mataría.

    Llegué a eso de las cuatro, un poco antes de que despacharan a las visitas. Tenía que hacerle llegar esa cajetilla; pero algo extraño ocurrió. Los familiares de la Lucía habían desaparecido. Y en cuanto fui a verla en el cuarto, en un heroico acto de escapismo de las enfermeras, el cuarto estaba vacío también.

    Mierda, me dije a mi mismo. -Esta man ya se murió. Verch, llegué tarde.
La cama de la Lucy estaba vacía; me imaginé que la familia había decidido llevársela de inmediato para iniciar con los servicios fúnebres. Ni siquiera su marido estaba presente en este instante.

    Con una gran impotencia, y sin saber que hacer, decidí salir al patio del hospital y fumarme los cigarrillos de la Lucía. Mientras el tabaco se extinguía con una candela de luciérnaga, pensé mientras miraba como el humo buscaba al cielo, me imaginé al fantasma de la Lucía fundiéndose con él, bailando un vals que de repente fue interrumpido por un abrupto ¡POR QUÉ TE DEMORASTE TANTO IDIOTA! ¿QUÉ NO VES QUE TENGO MUCHAS GANAS DE FUMAR?

—Hola —respondí muy avergonzado (y extrañado a la vez)... Creí que ya te habías ido.
—Cierra la boca y enciéndeme pronto un cigarrillo, fumaremos juntos —continuó.

    Mientras fumábamos juntos por enésima vez, me preguntó que iba a ser al día siguiente, le pregunté porqué toda su familia se había marchado de ahí, me preguntó si era verdad que pensaba escribir una teleserie y me preguntó sobre mi amigo, Raymond, a quien no veíamos desde hace varios años.

    —Hace mucho tiempo que no le he visto al Raymond; he perdido su número telefónico y ya no recuerdo dónde era su casa.

    —Ya veo.

    —Dime algo, ¿Te gustaba mi amigo el Raymond, verdad? Confiésalo.
   —Obvio que sí, tonto —me respondió, con un tono de serenidad. Era muy apuesto, por eso me acerqué a ustedes, por eso les regalé aquellas moncaibas, de hecho se las envié para él, sólo que tampoco podía ser descortés contigo.
—¿Pero llegué a caerte bien, cierto? —proseguí, esta vez con cierta nostalgia pero a la vez con cierta envidia.

—Claro que sí. Aunque me habría gustado que vengas más seguido con el Raymond— continuó, con una leve sonrisa en sus labios.

—Y supongo que también pensaron que si una persona como yo les invitaba a algo, era porque quería robarles el riñón o algo, no es así?

—No lo dudes— le dije, y luego, ambos empezamos a cagarnos de risa.

    Lucía murió casi al mes de esa charla; no asistí a su funeral, pues nadie me invitó. Supuse que la Lucy lo habría preferido así; a pesar de su gusto por el drama ella detestaba esos gestos en la vida real; decía que uno es el mundo real y otro el de la literatura. Respecto a su muerte me informó Gabriela, aquella hija suya, ahora casada, que alguna vez me gustó mucho. El último consuelo que me queda es que ella aceptó tomarse un café conmigo, según ella, por un favor que le había pedido su madre antes de irse.

Elipsis


La lista de cosas que deseo hacer pero que todavía no me atrevo es tan grande que simplemente da miedo. Un día, mientras revisaba un viejo ejemplar de El Verano de Albert Camus, libro que mi hermano se robó de la biblioteca de la Fuerza Aérea, el señor zapatero, quien tiene su pequeño local a la entrada de mi casa, me entregó un paquete de procedencia desconocida, cuya única referencia era mi nombre. La emoción me colmaba; supuse se trataba de algún regalo sorpresa de cumpleaños, o de Navidad. Ni siquiera me importó la ausencia de remitente; imaginé que debía tratarse de alguna compañera de la facultad, o de algún amigo cercano.
    ¿Cómo era la persona que le entregó el paquete? le pregunté a mi vecino.
    No tengo idea, joven. El sobre estaba en la puerta de calle.
    El misterio sobre aquel objeto empezó a tornarse excitante. Decidí luego de meditar por varios segundos que no lo abriría hasta encontrar alguna otra pista.
    Los días pasaban, y no encontraba nada. A la puerta de mi casa lo único que siguieron llegando fueron facturas de la luz, del agua, del teléfono y del cable. De vez en cuando también llegaba publicidad, sobre todo navideña. Los días volvieron a ser tediosos. Por lo tanto, y para escapar de esa horrible rutina, decidí abrir el sobre.
    Por su peso y tamaño, deduje que debía traer alguna revista o folleto. Pese a los regalos, las navidades siempre me parecieron tristes, pues eran el preludio del fin de año, y casi todo final suele significar una despedida. No pude más y decidí abrir el sobre de una maldita vez.
    Los días transcurren a veces sin darme cuenta, y la lista de cosas que deseo hacer pero que todavía no me atrevo es tan grande, que a veces me da miedo. A veces, tampoco me doy cuenta. El sobre contenía una hoja seca de roble, en donde estaban escritas las palabras: «A dónde vayas te encontraré. Jamás olvides este instante. David. 1999».

     Yo mismo me envié el sobre hace diez años.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Perdido en vos

No sé que tan lejos,
o que tan cerca,
no sé si es el momento
indicado.
Si estoy loco por
haberte encontrado
que me encierren en
un manicomio;
si estoy pecando por
amarte que me
hunda en el infierno.
Si estoy agonizando
por mirarte,
que me muera de una vez;
si lo lógico es encontrarme,
prefiero estar perdido en vos.

El cristal


Mientras pasan los días, algo dentro del cuerpo de Ana parece quebrarse a cada momento; es un corazón de cristal que le han implantado hace varios años, luego de aquél terrible accidente que la convirtió en un proandroide.
El día de Ana empieza con una revisión que parece más bien un ritual: media hora de estar conectada a sofisticados aparatos cuya descripción prefiero dejar en manos de un ingeniero biomédico; media hora de una rutina de ejercicios leves conectada también a otros aparatos leves de monitoreo; una dieta de lo más rigurosa, hasta en los más mínimos detalles y una jaula de plástico como habitación.
Los gustos de Ana son de lo más variado: manzanas y duraznos frescos, películas de contenido intelectual de Woody Allen (antes le gustaban los filmes de Tarantino, pero el doctor se los ha prohibido), literatura de Stendhal, de Jorge Luis Borges, de Franz Kafka... por alguna extraña razón no se le ha privado de la literatura, ventana abierta de todas las formas de mundos posibles... la música porspuesto, es toda aquella que no sea en extremo ruidosa.
Un día, Ana estuvo más frágil que de costumbre. El cristal que era su corazón se resquebrajó por alguna razón desconocida. Ella no podía enamorarse; le estaba vedado, al igual que las alteraciones o las malas noticias. Un día Ana, al mirarse al espejo, se dio cuenta de que vivía en una eutanasia prolongada, y decidió arrojarse por una ventana del hospital que no contaba con las seguridades necesarias. El escándalo fue tremendo. Al encontrar su cadáver, sin embargo, econtraron el esbozo de una sonrisa luego de examinar su rostro.

Tu nombre



Inscrito en un mensaje,
inserto en una botella,
alguien lo arrojó y lo encontré
por casualidad un día en
la playa.
Las gaviotas volaban,
las orcas hacían el amor
frente a la costa;
intenté por un momento
nadar hasta el horizonte
con tu nombre.
Un día se perdió después
de una tormenta;
nadé hasta ahogarme,
lo busqué bajo la lluvia;
era como si el cielo hubiese
dado una vuelta y me
hubiese arrojado al abismo.
No recuerdo ya
tu nombre,
no recuerdo lo que había
escrito.
Un día una gaviota trajo
un fragmento de él.
En la playa busco los
demás fragmentos;
en la orilla he dibujado
el mapa de una isla
desierta.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El miedo

Tengo tantas cosas
que contar,
pero no me salen las
palabras,
ayer,
la lluvia cedió,
pero no,
no refleja el mar.
Si pudiera escapar
de todo lo convencional,
y si pudiera desafiar
al mundo,
no sé,
que hacer,
quizás volver.
Necesito un momento para
volar,
y ver al mundo
desde el horizonte,
quisiera ser con la noche,
el extraño viento sobre el mar.
Pero no,
no recuerdo,
si es de noche,
en la ciudad.

Silencio sin poder,
lograr,
que el viento, diga,
donde ir,
y que será,
de los sueños de la
gente,
que vaga,
sin cesar.
Mil páginas se romperán,
pero al fin,
no sé,
estoy,
bordeando el fin.
Dioses, pensamientos,
más temores,
plegarias, ideas,
y nostalgias.
Que será,
no sé,
si el mundo esta vez,
me dará,
otra oportunidad...

Siento que la vida,
es un instante,
pero no refleja el cristal,
el extraño viento sobre
el mar,
y me doy cuenta,
y me doy cuenta,
que ya no está...

jueves, 26 de noviembre de 2009

Estar lejos


Cuando estemos lejos
el mundo no parará de girar;
las aves seguirán su rumbo,
las hojas seguirán cayendo...
cuando mi cuerpo ya no
sea el que sostiene mi alma
probablemente seguiré
pensando,
imaginando una elipsis para
volver una y otra vez;
cuando mi corazón disminuya
sus latidos quizás seguirá
sintiendo emociones,
al contemplar el otoño;
cuando estemos lejos las
carreteras doblarán hacia ninguno
y hacia todos los lugares,
probablemente el sol seguirá siendo
el mismo para todos los confines
del mundo.
Cuando me encuentre lejos te
buscaré en un sueño;
cuando te encuentres lejos intentaré
introducirme en tus sueños.
Cuando nos encontremos lejos buscaré
reencontrarte en nuestro sueño,
cuando estemos cerca tal vez deseemos
no encontrarnos lejos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Short Story


"Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí"
Augusto Monterroso


Caminaba el otro día sin darme cuenta de nada; entonces escuché un grito que venía de muy cerca.
-¿Qué pasaría? pensé en voz alta.

Una mujer desconocida, aparecida de la nada, se acercó entonces y me dijo:
-Alguien se acaba de inmolar.

-Y ésta de donde salió- pensé esta vez en silencio. Luego me animé a preguntar:
-¿Y hay algo que se pueda hacer? y la señora respondió:
-No, ya no hay nada que hacer. Es el final.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Tu voz bajo la lluvia


Tanto tiempo
entre desiertos,
tantos días de
sol.
El viento nos condujo
hacia donde quisimos;
de los huracanes hacías
brisas,
del polvo hicimos
respiración.
¿Dónde estarás
mañana?
me es difícil escuchar.
La lluvia cae fuerte;
debimos aprovechar para
charlar bajo el cielo gris.
Con el agua hasta
los tobillos insisto en
decirte algo,
pero por dentro no sé que hacer.
La pequeña tormenta
ha cesado pero
continúa haciendo estragos.
En silencio,
ahora el cielo dibuja
círculos sobre el asfalto.
Tal vez no exista principio
ni final.
Tal vez los círculos
nos dicen que habrá
otra vez,
aunque mientras se
expanden se vuelven
invisibles.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Ojos tristes


Otro día he perdido la razón,
otra noche me he perdido en vos.
Las horas,
son tan lentas,
y no entienden de ansiedad.
Si pudiera abrazarte,
otra vez...

No sé si
estuviste lejos
hoy,
o cerca tal vez,
no importa no.
Detrás de una nube gris,
te encontré,
imaginándote,
por qué,
Ojos tristes
no sé a donde huir 
cuando te siento cerca de mi.
El no poder hablarte 
me hace una cicatriz,
que no puedes sentir.
Por qué,
no recuerdo
por qué,
ya no siento.
Esta oscura aurora que no está,
que buscamos sin cesar y ya no,
no es,
parte de ti.
Ojos tristes
me he perdido aquí,
no hay nada que hacer,
no hay nada que decir,
no hay nada que sentir.
Por qué.
Para que me perdones y volver,
a ser,
un atardecer,
un amanecer,
aquí.
Ojos tristes,
por qué debo
olvidarte,
no sé mañana
en donde estaré.
Sólo un momento,
sólo un instante,
ojos tristes quiero,
respirar tu aliento
otra vez.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Quemando tus recuerdos


La tarde en que supe de su partida quise irme también. Hacía mucho que no la veía, desde que viajé al sur. Siempre eché de menos el ver juntos un puñado de nieve; en nuestra ciudad el sol siempre era intenso, y ella adoraba el calor. Todas las muertes son inevitables; el problema es que algunas se nos hacen inverosímiles, imposibles de creer. Y no podía creer que se hubiera marchado también.

A veces, cuando miro las pocas fotografías que compartimos juntos todavía me cuesta creerlo. No se trata de un telenovelesco lamento, ni de una pena ajena; se trata de una desaparición interior, por que como diría Hemingway, he sentido desaparecer también, junto con la fotografía, como si un pedazo de mi alma hubiese sido robado.

Alguna tarde, muchos años atrás, me había obsequiado una prenda modesta pero de gran valor: una bufanda. Cuando me enteré de lo sucedido fue lo primero que se me ocurrió hacer: buscar esa prenda y devolvérsela. Sentí que se lo debía: sentí que tenía que llevarse todo el cariño posible que engendró alguna vez. Sin embargo, la prenda había desaparecido. Revolví toda la casa esperando encontrarla; hasta desarmé un sofá entero, creyendo que se había ocultado bajo los cojines. Pregunté a los vecinos, a la seño de la tienda, al carnicero, al hombre de las papas fritas, a los del chifa, a los de La Alameda. Pregunté en varios foros de internet. Nunca obtuve una respuesta.

Mucho tiempo después, había ofrecido una fiesta en mi casa toda la noche, y tuve que ponerme a limpiar. Luego del desastre, varias moscas se quedaron a seguir disfrutando. Hice lo posible por eliminarlas, pero había una que se rehusó a morir, hasta bien entrada la noche. No sabía que hacer; intenté matarla con el periódico, lanzándole el celular, tirando los cojines de la sala. Pero todo fue inútil. Tuve que levantarme de la cama, tan cansado y aburrido como estaba, para tratar de eliminar a la mosca. Entonces decidí seguirla. La mosca caminaba sobre el entablado de la sala, para levantarse de vez en cuando. Sé que las moscas no pueden vivir más que algunas horas, pero quería llevarme el trofeo de asesino esa noche. Mi gato dormía panza arriba sobre el escritorio, por lo que no sería de gran ayuda. Entonces, comencé a imitar a los comandos, y me arrastré debajo de la cama, del escritorio, del bar de la alacena y del piso del cuarto de planchar, cuando de repente sucedió. La bufanda estaba allí, sucia, húmeda, mugrosa, y además, se había convertido en un gran nido de moscas.

A veces me gusta encender la chimenea, por una cuestión de pirotecnia reprimida. Esa noche la bufanda fue el combustible ideal. Mientras saboreo el placer de contemplar como el fuego le devuelve la bufanda en forma de humo a mi amiga, me he puesto a escribir detrás de la foto que alguna vez nos sacamos juntos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Sputnik


Cabalgando
bajo el inmenso sol,
sobre gigantescos desiertos lunares.
No quedó nadie de la tripulación,
Las señales de humo son imposibles.
Por ahora intento marcar una huella
que espero ni una tormenta
galáctica pueda borrar.
Asteroides por doquier;
creí por un instante percibir tu
sonrisa en un cometa.
¿Hacia donde se expandirá nuestro
universo?
¿Nos desvaneceremos al atravesar aquél
agujero negro?
Hasta dónde nos devorará esta oscuridad,
hasta donde...


miércoles, 28 de octubre de 2009

El fin de los sueños


A diferencia del 31 de diciembre, esa tarde Marco no se sentía eufórico. Eran ya pocas las personas que quedaban en la ciudad, a pesar de que no era feriado. Lo poco que los saqueadores habían dejado en los almacenes ya no serviría de nada; no había más comida ni refrescos, y las prendas de ropa china que una vez fueron botín de contrabando ya no servirían para nada. Antes de las seis de la tarde en que iniciaría el conteo (era un día de octubre), el muchacho había hablado por teléfono con su madre, quien unas horas antes había agotado las últimas gestiones para que le otorgaran una visa y poder así escapar del cataclismo que se aproximaba; sin embargo, las autoridades no le habían concedido el documento. Tampoco pudo ser incluido en la lista de personas con méritos que habían abordado los últimos aviones que la Fuerza Aérea había apartado, ni en los camiones del Ejército, que exigían como acceso una módica cuota de 3 mil dólares por persona.

        Ante el aullido de los perros, y ante la balacera que las personas ebrias se lanzaban entre ellas, como una especie de juego del final, Marco decidió esconderse en la última cisterna que quedaba dentro de la casa, con una linterna y una caja de zapatos donde guardaba cartas, fotos, poemas mal escritos y una funda de galletas de sal para las emergencias. El que debajo de una postal en blanco y negro encontrara una vieja cajetilla con un cigarrillo y además un encendedor, fue como ascender al paraíso; lo malo es que también había un reloj, que por desgracia funcionaba.

        —Quisiera construir una cámara para soñar por última vez- se dijo Marco, frío en ese instante, en esa caja oscura, mientras por fuera el inclemente sol empezaba a ceder por última vez y un viento frío penetraba por los agujeros.

        Mientras fumaba con gran placer ese último cigarrillo por el que otros habrían asesinado en ese momento, el chico empezó a recordar su infancia y todas las señales del fin del mundo que le habían dado: desde la canción the final countdown de la agrupación Europe hasta las noches de víspera de navidad en que su tía, después de la novena, gustaba de leer partes del Apocalipsis. A la compañía del humo y de la tenue lucesita amarilla que decoraba la ceniza, se acordó también de todas las series de televisión que le gustaron alguna vez: Misión del Deber, Los años maravillosos, Salvado por la campana, Los estudiantes de Degrassi... y de todas las películas que también trataron el fin del mundo: Armageddon, El fin de los días, El día después de mañana...

        Una vez terminadas las fotos, y de rememorar los sitios donde fueron tomadas, Marco había terminado con el último cigarrillo de este mundo. Fuera de la cisternas empezaron a sonar disparos de metralleta, y mujeres llorando; antes de ingresar a su improvisado escondite, Marco supo que un buen puñado de gente había decidido alojarse en la iglesia de la Basílica, pero la idea del hacinamiento y del eterno sermón del curale hizo vacilar; prefirió vivir el fin del mundo solo. Le tomó dos días acomodar la vieja cisterna; primero tuvo que vaciar toda el agua estancada que entre otras cosas ocultaba el cadáver de una paloma, que había sido devorada hasta los huesos. Luego le hizo un hueco en toda la base y para habilitarla como un cuartito le puso unas tablas. Al principio, Marco pensó llevarse consigo a la gata que vivía en la casa, pero la posibilidad de la asfixia terminó por hacerle decidir abandonarla en el bosque, con la esperanza de que pudiera irse corriendo hacia algún agujero, cazara algunos ratones de campo y sobreviviera. Marco se sintió pésimo, pero ni modo, en el cuartito estaría mucho peor. De los juguetes que le quedaban de la adolescencia, decidió dejar en mitad de la calle su patineta y su pelota de fútbol, para que quizás unos niños pudieran disfrutarlas; lo último que supo es que unos vandalos se las habían llevado para cambiarlas por alcohol.

        De entre todas las cosas mundanas y materiales, de todos los recuerdos intangibles, de todas las memorias pasadas y de todo lo demás, lo que Marco iba a extrañar más era el hecho de soñar. Hacía tiempo que Marco padecía de insomnio; la última vez que durmió placenteramente, había soñado que intercambiaba números telefónicos con una chica que le agradaba mucho pero que se había casado, y que desarrollaban un sistema secreto para poder comunicarse sin que los demás se dieran cuenta. Marco había anotado las claves: consistían en sumar las cifras de los años en que habían nacido, e iniciar con esos números una cuenta de correo electrónico para poderse enviar e-mails. Lastimosamente el sueño duró poco, y luego de unos días supo que la chica que tanto quería había sido elegida junto con su esposo para abordar los aviones de la Fuerza Aérea.

        Otro sueño que era muy recurrente consistía en que ascendía tan alto a las montañas que ya podía acariciar la nieve, quitarle las ruedas a la patineta e improvisar una tabla de snowboard. Además de eso, estaba tan cerca de la cima que ya podía imaginarse el otro lado de la montaña, paisaje que siempre le fue negado ya que justo antes el cuerpo le exigía despertar.

        Cansado ya, y bajo las estrellas que se habían instalado sigilosamente, las sirenas automáticas empezaron a sonar, con un ruido tan grande que parecía tener como intención matar a todos los que quedaban con una tortura acústica. Mientras se tapaba las orejas, Marco recordaba una canción de un tal Silvio Rodríguez, muerto hace varios años ya, (quien fuera) despidiéndose de todos sus recuerdos dentro de sí, deseando que su madre, quien más que aconsejarle le demostró con ejemplos que había que ser valiente, que su hermano y que sus amigos sobrevivientes pudieran continuar con la vida. Frunciendo el ceño, cerrando los ojos, y procurando alentar a su corazón, Marco intentó transportarse con su mente a un mejor lugar, a otro sitio donde no estuviera aconteciendo el fin de los sueños…


martes, 27 de octubre de 2009

Por qué


Le pregunto a la ciudad
en donde estás,
me pregunto por qué,
esta ansiedad confusa.

Le pregunto al calendario
que sentiré mañana,
probablemente un aliento
distinto o el mismo vacío,
por qué,
por qué será que cambiamos
tanto,
¿Quién nos mira desde
adentro?
¿Qué enemigo interior
nos acecha?
Cuéntame,
dentro de tu volátil
fantasía,
cuéntame como es París,
y aquella nube gris,
que pesa sobre ti.
Cuéntame,
por qué,
por qué pienso de esta
absurda manera en ti.

jueves, 22 de octubre de 2009

Péndulo


-¿A dónde diablos vas?- fue la última frase que escuchó antes de abandonar la supuesta cordura que lo enlazaba a la sociedad.
Era de noche, y el ruido de la tormenta dificultaba entender la música de la radio. Con los nervios de punta, manejaba a toda prisa, sin ninguna noción de algún lugar donde llegar. En la guantera aguardaba el revólver que según el abuelo sirvió varias veces para espantar ladrones allá en el páramo de Bolívar, y que se lo había robado junto con un piano de juguete al que le faltaba una pata.

En la parte posterior del auto una especie de bulto golpeaba el chasis con insistencia. Por un momento el nervioso conductor quiso detenerse y acabar con todo, pero por otra parte el miedo le congelaba las manos, y le hacía temblar. La proximidad de una patrulla de policía le exaltaba a tal punto que en lugar de pensar en detenerse aceleró mucho más. Fue entonces que un oficial le obligó a parar.

Licencia y matrícula- dijo el policía, que tenía cara de urgencia bajo el horrible impermeable de poliester.
Tenga- le respondió.
Está yendo muy de prisa, qué se cree, Schumagger?- replicó el chapa.
Tenga, jefe- dijo el conductor, mientras sacaba un billete de veinte dólares, probablemente el último que le quedaba.

Luego de la bochornosa situación, de atravesar dos peajes y de perderse en medio de un monte, finalmente se detuvo.

Qué haré contigo ahora?- se dijo así mismo.

En el barrio y en la casa creyeron siempre que estaba loco, debido a su costumbre de hablar sólo. Fue tan sofisticada su manía que incluso solía sacar el celular, simulando un diálogo. Le gustaba charlar acerca de política, de la necesidad de preservar el ecosistema y de una cierta xenofobia que contradecía todo lo demás. Gustaba además de frecuentar librerías de textos usados y viejos, argumentando que "detrás de cada libro viejo, había una historia", historia que le gustaba simular investigar. Durante las navidades solía caminar buscando nieve (como si en el trópico pudiera encontrarla), llevando consigo un balde y una pala. En una ocasión logró al menos construir un muñeco de granizo. Probablemente fue la única vez que le vieron feliz.

Esa tarde, la última vez que le vieron, no había charlado con nadie, ni siquiera consigo mismo. Según comentaron unos días después, apenas compartió unas palabras con sus padres, los mismos que hacían gestiones con la Policía. Alguien se atrevió a insinuar que escuchó un disparo.

¿Qué haré contigo ahora?- volvió a preguntarse, mientras la radio dejaba de sonar y la carretera parecía borrarse...

sábado, 17 de octubre de 2009

La culpa



Querido Zi:


Es difícil para mi hablar con vos, por eso he preferido escribirte; no me atrevo a verte a los ojos. No sé que haría si estuvieras frente a mí, aunque supongo que de ley me ganarían los nervios y probablemente saldría corriendo.

     Aún siento miedo... la última vez te portaste tan raro... creí por un instante que desaparecerías definitivamente de este mundo, por ti mismo. Has cambiado tanto... tu voz no suena igual, ya no me hablabas como al principio, ya no te sentía dentro de mi, ya empezabas a ser ajeno... Te advertí que no sería fácil, que ibas a resultar lastimado, que no quería verte sufrir, pero insististe tanto... Si me hubieras hecho caso, si solo hubieras aceptado las cosas cómo eran, pero no, lo querías todo, querías el riesgo, querías la emoción de la aventura, ya ni siquiera estoy segura de que era a mí a quien querías, creo que sólo te emocionaba la sensación de lo prohibido, en el fondo pensaba que no era la única, que te gustaban todas, que no eras solo para mí, que debajo de esa aparente inseguridad en realidad eras un conquistador reprimido, un sexópata con ganas, un mochilero abandonado en el medio de la ciudad, un pirómano capaz del siniestro total. No creí jamás que romperías tu promesa, dijiste que no te ibas a involucrar pero no, no solo que sí te entrometiste en mi vida sino que empezaste a hostigarme, no parabas de escribirme mensajes a mi celu, al principio me parecía un bello detalle pero luego ya te excediste, te hiciste meloso, tus detalles en clase me causaban ternura pero se amontonaron tanto que empezaron a hacer de mi bolso un pequeño botadero sin lugar para tantos papeles.

     De cualquier forma eso habría sido lo de menos, pero cuando apareciste en medio de la fiesta de cumpleaños de mi mamá, haciendo la foca borracho, definitivamente supe que había cometido un gran error. Te dije que tenía otro mundo, te advertí que todos ahí actuaban en una especie de obra de teatro, que gustaban de verse lindos ante el qué dirán, de mostrar la familia perfecta, la casa perfecta, la clase perfecta, que no había lugar ahí para lo nuestro, que estábamos muy bien lejos de ahí, en nuestros lugares especiales sin personas, rodeados solo de árboles y neblina, de las canciones que solo los dos conocíamos, del ritmo de nuestra respiración, de nuestros latidos compartidos.

     Te advertí, te advertí que no quería hacerte daño, que te lastimaría, pero tomaste el riesgo y por eso siento que eres especial, pero basta, basta ya, tenía que parar con esto, tenías que darte otro chance, tenías que sentirte completo, y por eso intenté dejarte ir, pero insististe, insististe tanto que te convertiste en una odiosa sombra. Cuando esa chica Lucy empezó a acercarse a ti tuve la esperanza de que encontraras en ella a la otra yo que no podía ser, a la yo que hubiese sido de haberte conocido antes... pensé que la Lucy sería la indicada para ti, que llenaría tu vida, y que ya no tendrías un gran espacio oscuro viviendo dentro tuyo. Sí, fui yo quien arregló las cosas para que en el proyecto de radiodifusión tuvieras que integrarte en su grupo. Pensé que si producían juntos el documental te olvidarías de lo nuestro y te sentirías mucho mejor. No tenías por qué culparle a la Lucy, ella no fue la responsable. Fui yo, fui yo quien desapareció el libreto. Y no solo provocaste que a la Lucy le despidieran, también hiciste que el Esteban se diera zona de que había algo entre nosotros. Tú sabes que lo amo, que no puedo apartarme de él aunque quisiera, y te advertí, te advertí desde el principio que no podría ser tuya. Que hayas roto el parabrisas del Esteban fue algo muy estúpido. Luego de verte estrellar tu celular creí que no vería otra escena de violencia, pero lo del carro ya me asustó. Quise llevarte a terapia, pero sabías, sabías que tenía vergüenza de que el doctor me reconociera y le avisara al Esteban, te dije claramente que él era amigo de sus padres.
Lamento lo de la boleta de captura, pero tuve que hacerlo. Me dabas miedo, Zi, me daba mucho miedo verte. No eras ya el mismo. Ni siquiera el Esteban se portó así en sus momentos más alocados. Alguien me contó en una ocasión que reaccionaste de forma similar hace unos años cuando una novia tuya había terminado contigo. Pensé que era alguien especial para ti. Me decepcionó que me trataras igual.

     Lo siento, Zi, perdóname... La orden de restricción que el juez te impuso me duele mucho, me siento tan culpable... no sé como te sientas ahora, temo que sea igual que hace seis meses... si tan solo te pudieras dar otra oportunidad con alguien, si tan solo pudiera verte sonreír nuevamente, aunque sea desde lejos.

Fernanda

sábado, 10 de octubre de 2009

El número perdido


Le volví a ver hace como tres semanas; era de noche, y la banda argentina Babasónicos estaba por presentarse. Una necesidad fisiológica provocó sin querer el reencuentro: junto con el Roberto, un amigo suyo y el Sebas, nos habíamos acomodado lo más cerca que pudimos del escenario para ver a la banda mexicana Austin TV. Luego de escuchar a tan espléndida agrupación, tuve que abandonar aquella cómoda posición para buscar un baño. El festival Quito Fest que se realiza en septiembre de cada año, siempre convoca a mucha gente; casi tuve que salir pisoteando a unos cuantos adolescentes drogados que ya no podían andar de pies.

Luego de sortear todas las cabezas y piernas que pude, finalmente llegué hasta los servicios higiénicos. Otra enorme fila me aguardaba en aquél lugar, y para colmo, tenía que pagar diez centavos por usar el servicio y ya no me quedaba nada en los bolsillos. Casi desesperado, pues la vejiga parecía reventar, fue cuando se me apareció ese rostro que no veía desde hace una década: era el Manolo, mi compañero del colegio. La espantosa necesidad de orinar me puso en un aprieto en ese momento: definitivamente buscaría un lugar entre los matorrales, pues, la cola estaba larga, no tenía plata y ya no podía aguantarme; sin embargo, quería saludarle al Manolo. Preso de un dilema absurdo, finalmente decidí buscar el arbusto más cercano y regresar lo más pronto posible; después de todo, el Manolo estaba cerca de los baños, por lo que deduje que estaría esperando a alguna amiga o amigo.

Luego de descargarme, tropezarme con una piedra y escuchar a algunos borrachos, regresé a la atestada fila para ver si el Manolo seguía por allí. Afortunadamente no me equivoqué en mis suposiciones, y pude acercarme a él.

-Que dice loco!!- exclamé animado.
-¿Andrés? ¿Andrés Cadena?- que fue ve!!!

Luego del abrazo diplomáticamente cursi pero necesario en ese momento, charlamos por un instante.

-Que curioso- dijo el Manolo. -Ha pasado un poco más de diez años.
-De ley- respondí.

Hace algunas semanas, mientras divagaba por internet, encontré el blog y el facebook del Manolo. Sin embargo, nunca me animé a escribirle por esos medios. En el fondo prefería aún al clásico teléfono, ni siquiera al sofisticado celular sino a ese teléfono fijo que para los chicos de hoy cada vez es más anacrónico.

El día de nuestra graduación, una mañana de agosto de 1999, el coliseo del colegio estaba listo para darnos el último adiós. El Manolo siempre detestó estudiar allí; había llegado al segundo curso en 1994, proveniente de un plantel religioso. No fuimos los mejores amigos; en segundo apenas nos decíamos hola, y fue más bien en 1997, encontrándonos en quinto curso de sociales que decidimos charlar de vez en cuando. El tema de la música fue de las primeras cosas que nos acercó; ahora que recuerdo, en segundo curso el Manolo alardeaba de su gusto por Fito Paez y los Fabulosos Cadillacs, músicos que en ese tiempo no me parecían la gran cosa. Un día, el Manolo había traído un cassette que traía grabado el álbum "Tercer Mundo" de Fito, cuya caja había diseñado el mismo. Acá en Ecuador existe hasta ahora una banda pop llamada Tercer Mundo, lo que me hizo creer que al Manolo le gustaba aquél grupo considerado ñoño y de gays por parte de los chicos del colegio, que para variar era exclusivamente masculino. -No es un cassette de Tercer Mundo, se trata del álbum Tercer Mundo de Fito Paez- me respondió, y fueron las únicas palabras que intercambiamos en 1995. Pese a todo, el Manolo y yo jamás fuimos mutuamente antipáticos, y el toparnos de nuevo en quinto curso (tres años más tarde) fue algo agradable, pese a que cada uno tenía un grupo distinto de amigos.

La influencia política del colegio era fuerte, y por aquél entonces pretendía unirme a la Juventud Comunista del Ecuador, a través de la Federación de Estudiantes Secundarios. Por su parte, el padre del Manolo era afiliado a la Democracia Popular, partido conservador procristiano de derecha, y mi amigo decidió seguir la tradición familiar. Nuestro colegio, laico y nacional, por aquél entonces no podía ocultar su respaldo a todas las tendencias de izquierda, y de repudiar todo lo que sonara a religioso. Desde el primer curso, siempre tuvimos profesores que nos hicieron reflexionar detenidamente sobre la veracidad de los dogmas religiosos y sobre nuestro papel en la construcción de una sociedad de libre pensamiento, despojada de cualquier vicio eclesiástico.

-No creo que las masas sean las que cambien las cosas- solía decir; -personalmente creo que existen individuos capaces de lograr el cambio por sí solos.

-Sí, pero si estás solo, ¿Acaso podrías hacerlo?- le respondí alguna vez. Nuestros debates, por lo general, casi nunca tenían conclusión.

Pese a nuestras contradicciones y diferencias, el Manolo era una persona que me hacía sentir bien, a diferencia del resto de casi todo el curso (que se autoproclamaban revolucionarios, pero que en el fondo eran más curuchupas y prejuiciosos que nadie), quienes gustaban de lanzar piedras dentro y fuera de la clase. Así, y volviendo a recalcar que no éramos los mejores amigos no por una cuestión de frustración, sino más bien por pragmática vital, la fase colegial de nuestras vidas llegó a su fin.

El día de la graduación intenté pedirle el número telefónico de su casa; sin embargo, recordé que unos semanas atrás el Manolo contó en clase que se mudaría a otro sector de la ciudad, por lo que deduje que tal vez no era oportuno hacerlo. Claro, pude pedirle el número actual y luego solicitarle el nuevo, pero algo inexplicable me hizo abstenerme. Un par de años más tarde, cerca de La Marín (un sector con bastante tráfico en Quito), con el pelo más largo y todavía flaco, volví a toparme con él, y esta vez lo primero que hice fue pedirle el número de teléfono de la casa; aún no me había comprado un celular, y no tenía idea de como usarlo.
-Claro loco, toma- me dijo mientras escribía una cifra en una hoja de cuaderno. -Genial_ le dije. Ya podremos debatir, ahi nos vemos-. Soy bastante despistado, y por esos días tampoco fue la excepción: perdí ese papel.



En casi diez años, algunas cosas cambiaron: El Manolo se fue a Argentina, yo me fui a Chile, y dos de nuestros compañeros fallecieron, al igual que dos de nuestros profesores y otras personas. Manolo estudió Negocios Internacionales y yo, luego de egresar de diseño gráfico, decidí darme un segundo aire ingresando a Periodismo; el partido del Manolo, la Democracia Popular se extinguió, y yo me afilié a la socialdemocracia. Él sigue creyendo en Dios, y yo sigo creyendo en el Diablo.

-Nos vemos- le dije. -Están a punto de tocar los Babasónicos.

Esta vez no le pedí ningún número telefónico.


A Danilo Barragán

lunes, 5 de octubre de 2009

Vapor urbano


Mirar a la gente pasar desde
la ventana del autobús,
ya no se puede fumar dentro.
Unas gotas de lluvia detrás,
intento escribir sobre el vapor.
Alguien murmura una historia
común,
mientras la radio trasmite una
canción vulgar.
Ni de aquí,
ni de allá,
ni adentro.
Los chicos juegan a Wall Street
pero sin trajes de Channel.
Las monedas no paran de rodar.
Aquí y afuera la prisa,
aquí y adentro desencuentros.
Varios extraños se aproximan
en una ruta corta,
quien sabe si se volverán a
encontrar.
Quien sabe si las monedas entregadas
al controlador volverán un día
a nuestras manos.