sábado, 28 de julio de 2018

Yugoslavia

—Vaya que hemos cambiado.
—Jajaja... sí.
—Y dime, ¿ellos son tus hijos?
—Sí, el mayor se llama Mario y la pequeña Alenka. ¿Tienes hijos también, vinieron contigo?
—No, es decir no está acá, tengo una hija, Nadia, pero vive con su madre.
—¿Te has separado?
—Sí, es decir, nunca me casé, sólo fue una relación de un momento, alguien que conocí en Belgrado.
—... ¡Cielos, no sé qué decir!
—Tampoco yo... bueno... qué gusto verte, cuídate mucho...

Se habían conocido en una ciudad llamada Osijek; asistieron al mismo colegio y más de una vez participaron en encuentros de las juventudes socialistas. Se habían jurado amor eterno, como lo hacen los adolescentes cursis de casi todo el mundo una tarde, en que el sol se caía, se cubrían bajo un árbol y se preguntaban en silencio sobre la posibilidad de vivir en algún remoto lugar del mundo.

—El tío de un amigo se irá a trabajar como entrenador en Latinoamérica, ¿sí pudieras, vendrías conmigo?
—Parece un lugar genial, aunque dicen que puedes pescar fiebre amarilla.
—Pero allá no hay ortodoxos... sería quizás el único problema.
—Jajaja... ven acá.

Ella y él hablaban el mismo idioma, creían en el mismo Dios pero acudían a iglesias distintas, y por supuesto venían de familias distintas: los padres de Dragan eran serbios, y los de Nataša, croatas. Sin embargo, vivían en el mismo país. Hasta esa tarde de 1990.

—¿Has visto el partido de la Selección contra Argentina? Qué mala pata con ese arquero Goycochea. Si se lanzaba hacia el lado equivocado nos íbamos fijo a las semifinales. Hasta Maradona erró el penal.
—Mis papás dicen que iremos a vivir en Alemania.
—¿Qué? ¿Y cuándo ibas a decírmelo?
—Pues, ahora.
—Mierda, mierda... ¿y si nos casamos y vamos a la capital?
—No es seguro, tú sabes. Ni siquiera en Zagreb...
—Vamos, no creo que entremos en guerra, somos un mismo país...

Con los años, Nataša fue a un departamento del viejo Berlín Oriental; el alquiler era más barato que del otro lado. Se mudó con una amiga turca y con el tiempo también tuvo un compañero sudamericano, Paúl. Y desde ese desvencijado edificio otrora socialista, pudieron ver por televisión como lo que quedaba de su antiguo y desvencijado país socialista era bombardeado por la OTAN.

—Davor Sucker habría sido un gran capitán... sabes, si llegan a ganar la Copa del Mundo, para mí será como si la ganara Yugoslavia —le dijo alguna vez Dragan en una carta.
—También para mí —le respondió ella mucho tiempo después, dentro de un papel con un sello postal de otro país.




1 comentario:

[R][R][R] dijo...

Muy bueno el relato. Siento especial interés por los países que conforman la ex-Yugoslavia y cada vez que puedo ver una película de Emir Kusturica lo hago. Pero debo reconocer que cuanto más leo sobre las guerras de los balcanes, menos las entiendo. Abrazo.