martes, 5 de junio de 2018

El álbum

Mientras iba a casa y miraba las fotos de Instagram de su paseo al parque el fin de semana, ella le envió un mensaje a su Whatssap. Estaba muy entusiasmado con su nueva relación; antes de despedirse, lo último que le dijo fue que lo quería, y eso le había llenado de mucha ilusión. Esa misma noche, le volvió a escribir para desearle que soñara con ella, y con alguna manera de estar juntos, pese a vivir él en Guamaní y ella en Calderón. Sin embargo, aquel mensaje no fue el esperado.
Antes de entrar con ella, Armando se había pasado semanas bebiendo, saliendo con varias chicas e intentado escribir sin éxito nuevas canciones para su banda de death metal, puesto que su estado anímico en ese momento le daba más para crear baladas de pop, que para componer gritos guturales. El motivo: su ruptura con Valeria, la profe de Matemáticas que no encajaba para nada con él, pero que sin proponérselo, se había apoderado de su ser. Armando nunca había tenido una novia como Vale, preocupada por asistir a la iglesia, que hubiera trabajado desde pequeña y que deseara una vida casera, como tantas mujeres hoy tachadas a la antigua. El amor a veces es como un día de lluvia inesperada, en que amanece soleado, y el arcoiris aparece de la nada. Armando se sentía tan cómodo debajo de ese arco iris, que por poco estuvo dispuesto a dejar el death metal.
Sin embargo, los arcoiris no suelen durar las 24 horas, y algo con la Vale empezó a fallar. El Armando estaba seguro de no haber hecho las cosas mal: siempre detallista y oportuno, no vaciló en registrar para siempre cada momento juntos en Facebook e Instagram. De haber tenido que escribir una cronología sobre su vida juntos, su archivo habría sido la fuente más fidedigna de todas las historias de la Historia. Pero a la Vale no le bastó aquello, y finalmente sus diferencias fueron más fuertes.
Superado el trauma de la ruptura, como cuando la calle vuelve a estar seca tras la lluvia y el regreso del sol, volvió la noche, y con ella Fernanda, quien le había agregado como amigo en su face alguna vez, aunque ni eran amigos ni se habían visto las caras. Entre chats, acordaron finalmente conocerse, aunque ya sabían el uno del otro, pues Fernanda también tocaba el bajo en otra modesta banda de heavy metal. Llegado el día, en que al fin se vieron cara a cara, una conexión mágica pareció atraerlos, tan mágica que Armando no se lo creía. Fernanda era una especie de ser místico y sensual, todo lo opuesto a la profe de mate. Quizás, el universo había puesto de nuevo las cosas en su lugar. Marcelo, el pana de toda la vida del Armando, se sorprendió mucho al ver las nuevas fotos de Armando con Fernanda. «Qué bacano loco; nada que ver con esas fotos con la Vale.»
Sería ese aparentemente inofensivo comentario en su foto el que desencadenaría la tragedia.
Una noche, en que Fernanda había vuelto de su trabajo, no pudo evitar mirar el comentario de Marcelo, a quien había agregado como amigo en su face antes que a Armando. «Valeria», se repitió Fernanda. De pronto recordó que Armando le había conversado sobre ella, así como ella le había hablado de David, su exnovio. Pero a diferencia de ella, Armando, quien además de cantar con estridente voz tenía una manía por registrar cada momento, se había hecho más de dos mil con Vale, mismas que, quizás por un curiosidad humana, Fernanda no pudo evitar mirar. Armando y Valeria en el Molinuco; Armando y Valeria en Tonsupa; Armando y Valeria en la obra infantil de teatro de la escuela. Valeria y Armando en el cumpleaños de Marcelo; Vale y Armando en el concierto de Juanes, incluso con un video, en el que Armando, el mismo cantante de death metal, regurgitaba una cumbia.

«o»

—Por favor no te lo tomes a mal; comprendo que es parte de tu pasado, y que no lo puedes borrar, pero por favor, deja de poner en vista pública tus fotos con ella.

Armando no supo que pensar. Fue como un baldazo de agua fría; se sentía feliz, hasta el momento del mensaje. «Borrar sus fotos». Confundido, tomó en ese instante la peor decisión posible: consultar con su amigo Marcelo, quien no era precisamente una autoridad en relaciones románticas.

—Mira loco, tienes dos escenarios: dile de plano que no borrarás las fotos, pues borrando tus fotos no podrás borrar tu pasado, o simplemente bórralas y enfócate en el presente con ella. En todo caso, no quedes como un mandarina.

—Qué mierda loco, no sé qué hacer —respondió. Deshacerse de dos mil fotos y pico no sería tarea fácil.

—¿Y por qué no pruebas con alguna opción como te dijo la Fer, para dejar de hacer públicas esas fotos en Instagram? —intentó ayudar Marcelo.

—Chuta loco, el problema es que las tengo casi todas etiquetadas, y no van a desaparecer.

—Chuzo... tendrás que tomar una decisión... en todo caso yaff, lo pasado pisado.

Armando regresó a su casa sintiendo un vacío en la garganta. Quería mucho a la Fernanda, y luego de meditarlo, decidió que borraría todas las fotos con Valeria. Fue entonces que, un sentimiento muy parecido a esa sensación de caminar debajo de un arco iris regresó por él. Vale y él, el día en que se fueron en avión a Cuenca; él y Valeria, el día en que se fueron de karaoke. Todos esos recuerdos tendrían que irse, para que su nuevo presente no se convierta abruptamente en pretérito indefinido. 
«De todos modos nadie me quitará lo vivido», pensó. Pero a medida que lo pensaba, se hacía cada vez más difícil borrar las fotos. Entonces contempló un par de escenarios alternativos: por un lado, encarar a Fernanda y decirle que el borrar sus fotos con Valeria no borraría su pasado, como tampoco sus nuevos sentimientos por ella. Por otro, eliminar de un sopetón todas las fotografías y álbumes, como cuando debes beber de un bocado un vaso de tequila. En medio del silencio, sonó el teléfono. Una parte suya llegó incluso a pensar que se trataría de Valeria, pidiéndole que no borre las fotos y regrese con él. Otra parte, más lógica quizás, supuso que sería Fernanda.

—¡Qué dice, loco! ¿Ya viste la serie de Luis Miguel? —decía el mensaje escrito por el Marcelo en Whatssap.
—Habla serio loco, creí que me estaba escribiendo o llamando la Fer —respondió Armando.
—Chch... ¿y qué fue, ya arreglaste el problema de las fotos?
—No, men.
—Mira, se me ocurre una idea —escribió Marcelo. —¿Por qué no le regalas un portarretrato vacío a la Fer, como símbolo de que lo anterior quedó atrás y que ahora será su foto la de tu vida presente?
Chch, porque me ha de dar con lo mismo en la cabeza —escribió Armando.



«o»                                                                              


Una vez borradas todas las fotos, y entre la noche que había vuelto, alguien tocó el timbre.

—Hola, Armando. Quería pedirte disculpas... es sólo que me sentí triste de ver todas tus fotos con ella. Lo siento. No debí pedírtelo. Por favor, no borres tus fotos —Insistió Fernanda. —Crearemos nuevos recuerdos juntos.

Y en medio de ese abrazo, de paz y oscuridad, deseó por un momento poder estar con todas las mujeres a la vez y al mismo tiempo. Sintió de manera profunda que pese a todo uno no deja de querer lo que quiso, aún si ya no lo quiere. «Ojalá no me sueltes», le dijo en silencio a Fernanda. «Ojalá en el futuro no sufra lo que hoy sufro con la Vale contigo», se siguió repitiendo. Y pasaron la noche juntos, envueltos en ese nuevo amor. Pero por la mañana, junto al aparador de su cama y a un haz de luz de la ventana, Fernanda se encontró una foto.














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