viernes, 26 de junio de 2015

Andresground

La primera vez que llegué a su casa, una tarde en que quedó en mostrarme los juegos de su compu, fue como viajar dentro de las páginas de un libro cristiano anti-rockero. Su cuarto, que también era el de su ñaño, estaba tapizado de pósters de Slayer, Iron Maiden, Motley Crue, entre otros. Sobresalía entre los afiches un viejo cuadro con un ángel pintado que portaba una espada, como un detalle irónico, como una ventana del bien y el mal. Mientras miraba fascinado su colección, conversábamos de lo buena que se veía Thalía, en la época de su album Love, y de lo excitante que era mirar a Marta Sánchez en su video de "Desesperada". Nadie como él para jugar el Prince of Persia o el Golden Axe; o World Heroes, juego que hasta ahora disfruta en su emulador. Nadie más fan que él de la WWF. A veces pienso que en el fondo aún cree que eso es real.
Durante la década de los años noventas, entre cursos compartidos, recreos y separaciones, mantuvimos una amistad que se vio reforzada a inicios de los 2000 por la música. El Andresground jamás me quiso prestar un sólo disco; muchos años después intenté robarle el If Then Else de The Gathering, pero un cargo de conciencia me hizo devolvérselo. También mirábamos los videoclips de la colección Beauty in Darkness, de la disquera europea Nuclear Blast. Peleamos algunas veces, siempre por tonterías. Intentamos armar un grupo, con el que interpretaríamos doom metal y rodaríamos por Europa, que se llamó Strangeland. Tiempo después, con otros amigos, el Andrés hizo su sueño realidad, girando no por Europa, pero sí al menos por varios lugares de Quito.
Aunque no compartimos jamás los escenarios, que él conoce perfectamente, pues ha sido miembro del Coro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana durante 14 años, acudimos a varios conciertos, entre ellos Obús de España, al que nos colamos gratis, luego de decir en mi casa que iba por unas láminas a la papelería. En Helloween no tuvimos la misma suerte: tuvimos que ocultarnos detrás de un carrito de hot dogs. Fuimos, pagando ahora sí, a mirar a la banda de black metal Inquisition, y también a Angra e Iron Maiden.
En una ocasión, me confesó que durante la infancia, en un confuso incidente durante el recreo, reventó de un pelotazo el ojo a un chico. Para no sentirme inferior, le dije que había matado a mi padre, pero que el momento fue tan impactante que me produjo una gran laguna mental. Siempre me sentí full identificado con él. Aunque el tiempo y las peladas nos han separado, le debo gran parte de la buena música que ahora escucho. A veces pienso que en el fondo, todo esto es real.

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