lunes, 18 de mayo de 2015

Pajazo erótico

Nunca le pregunté su edad, ni su apellido; llegó un día, repentinamente. Su esposo era de esos choferes de camiones que aparentan dormir en estacionamientos de gasolineras; tenían dos hijos (más tarde supe que Roxana, la mayor, era de un novio anterior, y que antes de ella tuvo dos más). Mi madre les arrendó la mitad del departamento del segundo piso, que hizo adecuar para arrendarlo por piezas para los estudiantes de Medicina de la Universidad Central, con el fin de pagar lo más pronto posible la hipoteca de la casa. Doña Silvi era de esas mujeres monas que a cualquier serrano le parecían no sólo hermosas, sino fascinantes.

Muy esbelta, y elegante para hablar, no pasó demasiado tiempo para que llegara a conquistarme. Al principio, mi idea adolescente de aquel entonces de que toda madre ya no podría tener nada de sexi, de algún modo me mantuvo encerrado en cierta burbuja pudorosa, alimentada además porque Roxana, su hija, estaba perdidamente enamorada de mi hermano menor, Carlos, a quien acostumbraba meterle cartas por debajo de la puerta de nuestro departamento. Varios años después, me di cuenta de que la Roxana era full guapa. Mi ñaño debió darle una oportunidad, quizás le hubiese resultado mejor que la Isa, su primera novia que se cargaba un carácter de mierda.

Volviendo a mí, Doña Silvi me parecía más hermosa con cada día; al principio me sentía un poco raro; se suponía que debería sentir eso por chicas de mi misma edad o no muy distantes. A veces, mientras divagaba, imaginaba lo bien que debía pasar Don Roberto, su esposo. Qué rico que se lo debían pasar... no es que yo sea muy pintero, pero ese Don Roberto era un longo horrible. Nada que ver con la señora Silvia... me imagino que la habrá conocido durante alguno de sus fletes, supongo que se metió a una tienda o restaurante y entonces la miró, en medio del calor manabita, se acercó hecho el galante simulando ser un caballero, le preguntó si vivía allí y ella le dijo que sí, quedaron en toparse de vuelta en algún otro viaje y lo hicieron, luego él le pidio el número para citarla la próxima vez que entregara su carga, ella le comentó que estaba separada, que tuvo tres hijos y él aprovechó esa situación para asegurarles su protección, ella cayó rendida a sus pies, se hicieron novios, hicieron el amor, lo volvieron a hacer, bebieron más de una cerveza, él la acarició con sus mugrientas manos acostumbradas a abrazar un volante, ella jadeó con su dulce boca mientras ambos sudaban, mientras eran carne viva y fresca para los mosquitos invernales, mientras el dulce aroma de su cuerpo se volvía smog unas horas más tarde en alguna carretera, robado por Don Roberto, quien seguro le comentaba entre copas a sus amigos del gran tesoro que se había encontrado en El Carmen, y de lo sexi que era ella, y de lo rico que lo hacía en la cama.

Había sin embargo una particularidad en Doña Silvi: nunca le vi puesta un jean o pantalón cualquiera: siempre llevaba faldas, largas, con algún tipo de diseño floral. Era como una joya en bruto con un mantel de cocina. Luego de indagar un poco, mi madre me contó que ella acudía a la Iglesia Universal del Reino de Dios, que en aquel entonces tenía una sucursal en el venido a menos Teatro Capitol. En aquel entonces veía eso con demasiada repulsión, puesto que en el colegio me enseñaban puros profesores declarados marxistas. Sin embargo, no podía hacer nada; hoy he comprendido que eso de la fe es un asunto personal.

Las vacaciones de ese año, llegó una sobrina de doña Silvi: Alejandra. Se le parecía mucho; eran casi una copia exacta, salvo que la Alejandra era más alta, más narizona, casi plana y bastante ingenua. En una ocasión en que fui a la terraza, y que las dos estaban lavando y colgando ropa, la Ale se me acercó.

—Vecino, tiene los ohos muy bonitos.
—Tú también eres simpática —le respondí un tanto sorprendido. —Te pareces full a Doña Silvi.
—¿Te parece bonita mi tía?
—Sí, es linda —repliqué.

Durante esos días, que andaba estudiando para los supletorios, concluí que salir con alguien no me vendría mal, además, seguramente pasaría el año. Le pregunté si querría salir a caminar, y me dijo que le pida permiso a Doña Silvi. Por alguna razón, durante ese lapso Doña Silvi me pareció mayor de lo que era; empecé a verla como una especie de mamá. Ahora bien, la Alejandra y yo quedamos en salir, pero con la condición de que me acompañe al culto de la Iglesia de los Pare de Sufrir, al que también acostumbraba acudir.

Ir al Capitol, sede de esa extraña misa, fue la peor idea de mi vida. No solo que estaba lleno de puros monos, sino que, de entrada, un hombre con terno, y el cabello muy corto al estilo de un cadete, me dijo que los hombres y mujeres se sentaban en bloques separados de bancas. Luego, un pastor, brasileño seguramente, empezó a ofrecer el servicio hablando y gritando de una manera que me parecía la de un locutor de fútbol, mientras las personas que habían acudido al escenario en el que alguna vez miré E.T. empezaban a convulsionar. Finalmente no pude más, y cuando intenté salir, el mismo hombre de hace un rato me tomó del brazo para impedir mi salida.
—Perdón, no soy de esta iglesia, déjeme salir por favor —le respondí, antes de salir corriendo.

La Alejandra no me habló durante varios días. Mi hermano mayor, Diego, el típico galán del barrio, no tardó mucho en cortejarla, y finalmente besarla ante mis narices. Incluso mi hermano menor el Carlos, parecía haberle tomado cariño a la Roxana, como lo confirmaron las veces que les vi jugando. Me quedaba solo mi ma, a quien no le tenía mucha onda, y quien vivía diciéndome que repase Física y Química, y quien luego de los supletorios, que solía asegurar que aprobé gracias a que ella supuestamente habló con los profes para que me echen una mano, me contó que Don Roberto tenía una moza.

Al final de las vacaciones, y tras la partida de la Alejandra, Don Roberto desapareció como por arte de magia. Supuse que tal vez no pasaría mucho tiempo para que Doña Silvi se fuera, sin embargo mi má nos contó que le seguían depositando del arriendo en su cuenta. Pasó octubre, noviembre, y en diciembre nada que asomaba. Entonces, una tarde, en que llovía mucho, mis hermanos habían salido a jugar fútbol con unos amigos y mi madre estaba quien sabe en donde, la puerta sonó.

—Buenas tardes, vecino. Mi ducha no sirve, ¿está su mam.... .. .   .     .

Aquellas palabras se desvanecieron en mis oídos; era ella, envuelta en una toalla, con sus cabellos rizados. Parecía incluso que se había puesto brillo en la boca, pues sus labios brillaban como una laguna al atardecer. Deseé entonces ser mayor; o seguir siendo menor, para descocarme con ella. Deseé meterme por debajo de la toalla que la cubría y sentir la humedad de sus cabellos, rozando sus senos que debían estar levemente tibios, y ahogarme en sus labios de atardecer; deseé que me hablara al oído con su dulce acento costeño, que nos encerráramos en la casa aprovechando que nadie estaba; deseé que me abrazará con su boca, desde el cuello hasta mis partes íntimas, deseé que acariciara mi pene con su lengua hasta hacerme explotar, que me volviera a besar y besarla a ella desde su boca hasta su otra boca, hasta recargarme de nuevo y luego penetrar en ella, hasta quedarnos dormidos, hasta sentir algo profundo en la respiración....

—vecino, ¿vecino?
—Perdón, doña Silvi... mi ma salió... ¿tal vez desearía usar la ducha de acá? —luego de decir eso, se me cayó por completo la cara de vergüenza.
—ajaja... disculpe, vecino, no se preocupe, perdón por molestarle, ya pongo a calentar agua. Hasta luego, que esté bien.

Ni bien cerró la puerta, sentí que me mojé todo. De inmediato corrí al cuarto y me masturbé una, dos, tres veces.... la puerta sonó de nuevo; estaba demasiado excitado, y por un momento pensé que sería doña Silvi aceptando meterse a la ducha, conmigo. Abrí la puerta; era mi madre (por suerte no me vio en bolas).

Los días siguieron pasando, y cada vez que veía a Doña Silvia volvía a masturbarme. Ni siquiera me hacía falta verla; me imaginaba con ella día y noche. Un día, la vi acercarse por la esquina con las bolsas del mercado. Corrí a ayudarle; mi ma justo me vio entrando a la casa con ella.

—Claro, pero cuando yo voy a las compras nadie me ayuda —me reclamó mi madre al volver al departamento.

Me estaba volviendo un pajero empedernido. No había día que no lo hiciera. Cuando era ya la última hora de clases, me desesperaba por llegar pronto, ya sea para ver a doña Silvi o para masturbarme imaginándola conmigo en la ducha, en el armario, en su cama, en mi cama, en la lavandería, en El Carmen, en algún río. Me habría gustado tanto hacerle el amor. Ojalá el día de la ducha dañada le hubiese quitado la toalla. No, mejor no; capaz y me pegaba un tremendo chirlazo, le contaba a mi mamá y se iba de la casa. Debía haber alguna manera de decirle por lo menos que me gustaba. Un día, le escribí una carta, que me tomó tres noches; decidí intentar lo que quizás intentaron algún día Pablo Neruda o Mario Benedetti, mientras por dentro andaba hecho carpa. Mas, nunca tuve el valor que tuvo la Roxana cuando le metía cartas a mi hermano.

Un día que llegaba del colegio, al mirar por la ventana al segundo piso vi que estaba vacío. Supuse que doña Silvia ya no pudo pagar más del arriendo y que se volvería con su familia para El Carmen. Sin embargo, mi madre me contó que se había arreglado con Don Roberto, y que se mudarían a un departamento más grande. Dos años más tarde, cuando ya estaba en la U, a mi hermano y a mí nos invitaron a la fiesta de 15 años de la Roxana. Por primera vez vi a doña Silvia sin su típico vestido rústico floreado, con falda hasta los tobillos; llevaba blusa, jeans y maquillaje. Fue la única vez que le pude dar un beso, un beso formal e inocente en su mejilla, que por primera vez noté un pedazo de piel de una mujer ya mayor. Luego de eso, no volvimos a verlas. Mi madre, que aparentemente tenía una vecina que se sabía la vida de Raimundo y medio, me contó que se había separado de Don Roberto y viajado a España. Un día intenté encontrarla en facebook, pero se me olvidó un detalle: nunca le pregunté a mi madre sobre su apellido. Busqué entre los viejos contratos de arriendo, que todavía escribíamos a máquina, pero nada. Ni siquiera alguna referencia sobre el señor Roberto. Me quedo en alguna parte mía con aquella tarde lluviosa, con el aroma de su piel húmeda, de sus cabellos mojados y de sus labios cuyo brillo me recordaba una laguna al atardecer.

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