martes, 3 de junio de 2014

El amanecer de las hormigas

Esa mañana de 2001, desperté soñando que nunca había pasado matemáticas, y que por lo tanto no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace días atrás tenía el mismo sueño. Alguna vez incluso me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo el sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.

Volviendo a esa aburrida mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a ellas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir a un terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando pequeñas hojas hacia el posible sitio de su guarida.

A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se me hizo más notable, luego de aquella aburrida mañana de 2001, cuando empecé a verle hacer eso a diario. Desde luego me parecía un crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba con arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas. Volviendo a las hormigas, estas me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.

Un dia, entendí que ellas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna otra página maltraducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos con el fin de alimentarse de su carne.

Así algo más instruido pero de todos modos perplejo, desperté otra mañana luego de soñar de nuevo que no había aprobado matemáticas y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas ellas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón cuando de pronto, en el piso café pero amarillo por el sol, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la subestimada América. De la comtemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé entonces al humano exterminador. Las hormigas estaban incluso en los sillones. Tuve que salir a un supermercado cercano por un incecticida, que rocié durante al menos media hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Horas más tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos que estaba con candado. Al preguntar al vecino si me podía permitir revisar su habitación, descubrí que tenía en su ventana una lata de Fanta.

Desde entonces no volví a ver a las hormigas, pero sigo soñando que debo volver al colegio por matemáticas. He intentado establecer la relación más lógica posible, pero hasta ahora no puedo.

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