lunes, 2 de septiembre de 2013

Hornado solidario

Ese sábado, la Kathy y yo pensábamos ir al teleférico con nuestra hija Sofy. La semana fue ardua; el lunes había renunciado, luego de no ser ascendido a community manager en la unidad de comunicación del Municipio, debido a la repentina aparición de una chica que, al igual que yo solo había egresado, pero que a diferencia mía no tenía experiencia en manejar las pinches redes sociales (salvo su facebook personal, en donde sólo mataba el tiempo en Candy Crush), pero sobretodo, tenía la tremenda palancota de la asistente del coordinador, que fue su compañera y amiga en la facultad.  Por su parte, la Kathy tuvo que reemplazar en el trabajo a una compañera suya, una tal Elena, quien se tuvo que licenciar por maternidad, y se la había pasado full estresada. Desde que nos mudamos juntos al pequeño departamento de la casa de los papás de la Kathy, quienes por suerte se habían mudado al Valle y sólo volvían a cobrar arriendos, evitándome los típicos problemas de suegros, nuestra vida marchaba a ritmo regular. No era perfecto, pero tampoco había motivos para quejarnos, salvo cuando nació la Sofy, a quien amo con todo el corazón, pero que no por eso negaré que me causó muchas malas noches, dolores de cabeza y quizás envejecimiento prematuro. Ni la Kathy ni yo quisimos darle el gusto a nuestros taitas de casarnos sólo por la Sofía. Hasta ahora, o mejor dicho hasta ayer, viernes, las insinuaciones de parte de nuestras católicas madres no dejaban de ser frecuentes. Por lo menos, no perdía ninguna de ellas la esperanza de que a los doce años ya, bautizáramos a nuestra hija.

Un poco sin darnos cuenta, la Sofy se nos hizo grande, mientras nosotros no terminábamos de volvernos adultos. Desde que nos mudamos juntos, por algún tiempo nuestros padres nos apoyaron en todo, incluso con nuestra ratona. Con esto quiero aclarar que no tuvimos una existencia tortuosa por un tiempo. Sí, lo admito, fue bastante cómodo, no sé como le hacen otras parejas de padres prematuros que no tienen a nadie más con quien contar.

Un inesperado percance frustró nuestros planes: la matrícula de la Sofía, quien desde el lunes asistiría al octavo de básica, y que nos sacó hasta el último centavo en cuadernos, zapatos, libros y uniformes, nos limitó a un vergonzoso episodio en la luneta del Teleférico en donde me informaron que mi tarjeta no tenía cupo. Un tanto acholados por la tremenda foca, no tuvimos más remedio que volvernos a nuestra casa en Carapungo, luego de volver apretaditos primero en un bus hasta El Condado, y luego en un alimentador de Metrobús.

Luego de hurgar debajo de las camas, y debido a nuestra gran pereza de ponernos a cocinar una olla de arroz, decidimos salir a buscar almuerzo con los siete dólares que el inverosímil ratón de los dientes había dejado en nuestro departamento. Mientras buscábamos un sitio donde poder vacilarnos esas monedas, nos encontramos con un ruido que salía del centro comunitario.
-Gordo, vamos a ver que hay- me dijo la Kathy, entusiasmada por la música andina que nos gustaba tanto.
Medio cabreado, de mala gana acepté ir. En el sitio se organizaba desde la mañana un hornado solidario para ayudar a una persona con una enfermedad catastrófica. Junto a la cabeza de cerdo, el agridulce, la ensalada y las jabas de cerveza se encontraban parlantes, micrófonos, guitarras eléctricas, zampoñas, rondadores, marimbas y hasta un violín eléctrico. El evento era una fiesta; chicos vestidos de negro y cortes punk se cruzaban con niños vestidos de indígenas. El plato de hornado costaba 3 dólares, y cada biela salía a 1,50. Luego de retakear un poco, la Kathy logró que nos vendan dos platos, uno para la Sofy, otro para nosotros y una biela para los viejotes y un vaso de chicha para la guagua. No sé como le hizo. Para ser franco, era pésimo para regatear. Para mi novia eso era pan comido.

Dicen que cuando no hay plata, el trago asoma de debajo de las piedras, y eso no fue la excepción, como tampoco los buitres. La Kathy y la Sofy eran hermosas, y no faltaron los típicos galanes que empezaron a echarles piropos, pese a que gran parte de la gente que vivía allí nos conocía desde hace tiempo. En medio de la algarabía, la borrachera prematura y el sol que se confundía entre nubes que se iban y volvían, la Kathy me presentó a un tipo con facha rocker, cuyo nombre me pareció familar, pero que debido a la música alta, al alcohol que me tenía ligeramente dopado y a una extraña alegría, me pasó desapercibido. La tarde continuaba y seguimos bebiendo; en una banca, la Sofy conversaba con un chico de facha emo, que parecía tener una tuerca y un tornillo en la oreja, y en el otro lado, la Kathy seguía conversando con el alegre chico de nombre familiar. En el sitio, por desgracia, no habían baños, y tuve que salir a buscar alguno. En el mercado, que estaba muy cerca, el metal de las lanfort y las señoras encargadas brillaban por su ausencia. Pensé ir hasta la casa, pero recordé que encargué las llaves en la cartera de mi novia, por si acaso. Las ganas me vencían, por lo que tuve que caminar hasta un sitio medianamente apartado, lleno de yerba y basura, en donde al fin pude desfogarme. La caminata no sólo me sirvió para aflojar la vejiga, sino también para despejar la mente. Y fue entonces cuando lo recordé. Aquel chico tan familiar era Santiago, el virtuoso guitarrista de la banda de heavy metal, del que la Kathy estuvo enamorada cuando chica, y de quien se acordaba de manera tan cariñosa, al punto de admitir que le había escrito más de un par de poemas y de haberle soñado algunas veces, como me pasó alguna vez con... no, mejor no lo digo. Es mejor que no lo sepa nadie. El punto es que, de las ocasiones en que discutimos, muchas veces fue culpa del tal Santiago, de su maravillosa banda a la que la Kathy estoy seguro fue a ver varias veces en secreto, y con quien seguramente vaciló en aquella ocasión que me fui a visitar a España a mis papás. Demonios. Me asaltan los malos pensamientos. Mierda. Ojalá que la Sofy nunca se enamore de un tipo como el Santiago. A veces me pregunto si en el fondo no soñaría con ser él. Después de todo, el weon ese no tocaba nada mal, y uno de mis sueños siempre fue tener una banda de rock. A veces me gustaba imaginar masoquistamente como habría sido la vida si ella y el Santiago se juntaban. A veces gozaba con la idea de que el Santiago, el típico rockstar criollo la enamoraría, pero no tardaría en traicionarla. A veces creía que, de no ser por la Sofy, ella se habría ido con él hace tiempo, y quien sabe, se habrían quedado juntos o incluso casado. A veces... pero hoy tengo miedo de que el Santiago me quite a la Kathy, a la Sofy y a todas las razones de mi envejecimiento prematuro.

Tengo miedo de volver. Me asalta el miedo de encontrarles a la Kathy y al Santiago besándose; no sé cuanto tiempo llevo afuera. Me rehuso a entrar. Es como la primera vez que vine desde la Villa Flora hasta este fin del mundo para invitarle al cine. O como la vez en que fui hasta la clínica con mi "suegris" para conocerle a la Sofy. O como hace una semana, cuando volví a la universidad para pedir un nuevo plazo para mi tesis. No puedo entrar, y para colmo no tengo un centavo para siquiera pegarme un hot dog o una salchipapa y quemar más tiempo. Que más da. Tarde o temprano llegará la noche. No sé cuánto llevo fuera. Debo volver.

Son las siete ya, y solo percibo un montón de siluetas negras bailando alegremente. La Sofy no está. No me ha llamado al celu, ni tampoco tengo saldo para llamarla. Hace rato le mandé un 104, pero no me ha respondido con otro igual. La Kathy tampoco está. Me pregunto si no estará con el Santi en algún rincón besándose. No, es demasiada televisión. No creo que la Kathy le haya dejado botada a la Sofy. Ya es tarde. En la mesa todavía aguarda la cabeza del chanchito, junto a las señoras que servían los platos de hornado. El tipo de la consola empieza a guardar sus aparatos, mientras una camioneta le espera afuera. Me pregunto la Kathy, la Sofy y el Santiago se fueron por ahí. Me decido a volver; supongo que estarán en la casa.

Mientras camino, siento que tengo hambre, que me duele la cabeza y que no hay nada en la refri. Repentinamente una oscuridad total me invade: son unas manos, un poco ásperas pero familiares.
-¿dónde te metiste gordo?- escucho entre el escalofrío. -¡No me digas que estabas celoso del Santi!

a Vale


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