sábado, 8 de octubre de 2011

Augusta


El día en que Augusta murió, recuerdo que previo a enterarme de la noticia me hacía la paja mirando una peli seudoporno; eran alrededor de la dos de la mañana cuando el teléfono sonó, y luego de marcar por tres veces, fue el celular que estaba bajo mi almohada el que se encargó de darme la noticia por sms.

Esa noche ya no pude dormir; la Augusta no era mi mejor amiga: me caía pésimo, vestía muy mal e incluso se me hacía repulsiva. Sin embargo, hubo personas en la facultad que la querían. La única vez que casi entablamos una conversación, fue una tarde en la que más por vanidad que por convicción, llegué a clase con una hermosa camiseta de la Unión Soviética, de algodón rojo y letras doradas que ponían CCCP.

Me gusta tu camiseta Carlos, ¿dónde te conseguiste? fueron las palabras que dijo, ante mi expresión atónita.
Bueno, me la mandó un primo de Italia le respondí.
En una de estas te voy quitando,  jajaja remató.

Las bromas a continuación no se hicieron esperar. "Estás hecho Carlos" "Cuando te quita la camiseta Carlos" "Eres un bagrero Carlos".

Un día intenté hacerme su amigo: Augusta tenía cara de famélica, y por casualidad ese día yo llevaba un poco más de dinero del que acostumbraba. Le compré un sanduche y una botella de jugo.

Ten Augusta, que este día invito yo le dije al volver a clases.

No respondió nada; bebió el agua, y guardó el sanduche en la mochila. Al salir de clases, a eso de las nueve de la noche, mientras esperaba en el patio al Sebas y a la Montse, vi que Augusta le daba el sanduche a Puppi, una perrita que por esos días apareció de la nada. Desde luego sentí rabia.
Mierda, para que me molesté le decía a mi cabeza.

Augusta solía venir de vez en cuando en una bicicleta negra; llevaba el pelo corto y vestía casi siempre de negro, aunque las últimas veces empezó a llegar con una camisa roja de leñador que me parecía espléndida.
Nunca le vi con un chico; los comentarios acerca de su posible homosexualidad no eran pocos. Hasta donde conseguí averiguar, vivía con su papá y dos hermanos en El Tejar; su madre andaba en España. 

La tarde en que Augusta murió, intentaba leer sin éxito un texto de Habermas sobre opinión pública para mi tesis. Por la mañana, pensé por un instante que tal vez la encontraría el domingo en el ciclopaseo. Nunca más existió esa posibilidad. El lunes, dos días después de la noticia, se confirmó que Augusta había chocado con un camión en la avenida Occidental, mientras pedaleaba.

Cada vez que llevo la camiseta roja de la Unión Soviética, suelo pensar un poco en ella.










1 comentario:

Marcelo Dance dijo...

Es notable cómo cambia nuestro punto de vista sobre algunas personas una vez que las tratamos.
Aún hoy intento despegarme de esa actitud de observar a los demás desde cierta distancia. Realmente, no sirve de mucho. Debe haber muchas Augustas por ahí a las que ignoramos por simples prejuicios.
Saludos David.