lunes, 31 de octubre de 2011

Kismet

Ya me imaginaba lo que me dirían: que el barco era muy chico, que los maderos estaban mal atados, que no soportaría más de un día en alta mar. En el mejor de los casos, quizás los tiburones sentirían tanta lástima de mi barco, que ni siquiera se molestarían en rodearlo. Bueno, el sol, ese sí que sería un problema. Y es que leer a Mark Twain y su Huckleberry Finn, y Edgar Alan Poe y su Arthur Gordon Pym, me habían creado un trauma a mis diecisiete años: al terminar el colegio tendría que embarcarme en alta mar, cueste lo que cueste.

La historia del Pablo, que desapareció luego de terminar el colegio al internarse en la selva colombiana, lejos de asustarme me parecía formidable. Fuera de todo el susto de la familia, del hecho de que ya le dieron por muerto, de la guerrilla y los paramilitares, siempre creí que el Pablo fue el único de todo nuestro clan que realmente no le temió al destino y decidió darle la cara. Mi tío Alonso, que cuando chico perteneció a los boyscouts y presidía una asociación de origami en su natal Riobamba, pagaba una misa cada mes por el reposo de su alma. Martín, su ñaño más chico, solía contar a sus amigos que al Pablo se lo comieron los cocodrilos; yo, que compartí con él tardes enteras de marihuana y discos de Metallica y Megadeth, supuse que era feliz en alguna aldea, tirándose a las colombianas más ricas de las montañas y fumando tremendos porrazos.

Un día, descubrí por accidente en el internet que el destino no es simplemente algo que está ya escrito o predeterminado, sino que significa fé. Bueno, al menos así me pareció al leer su equivalente en árabe quismah. Fue por todo aquello que decidí llamar a mi barco Kismet, mismo que empecé a construir durante el feriado de finados de 1998, casi ocho meses antes de mi graduación. Así, mientras mis compañeros me hablaban de sus planes para el futuro, de las carreras que estudiarían, de las lindas nenas que conocerían en la universidad y de los países a los que algunos viajarían posiblemente becados, yo solía tenía cabeza para mi barco. La forma como me lo llevaría desde Quito era lo que menos me importaba: con mis ahorros, podría contratar un camión que me lleve hasta Esmeraldas, para disfrutar de unos días de playa antes de zarpar hacia mi destino.

Claro está, no podía irme de la ciudad sin despedirme de la Diana, mi pelada desde quinto curso. A diferencia del mudo del Pablo, que le contó toda su loca aventura a la Dennise, quien a los dos días de la partida de mi primo y luego de jurarle que se iría con él, se terminó yendo a los Estados Unidos, con Diana no compartí un solo detalle. Supuse que luego de mi partida se conseguiría otro pelado, más digno de ella; quizás empezaría a salir con el Beto, el nerd de mi clase que siempre me tuvo envidia por ser el único que podía besarla y tocarla. Me gustaría que salga con el Beto; creo que sería un buen novio para ella.

Tres días después de la tremenda plutera, de reventarle la llanta al carro del hijueputa del cura que me daba matemáticas y que un día me hizo arrodillar para pedir perdón al curso por robarme un examen, de tirar por última vez con la Diana, de visitar ese chongo en Canoa durante el paseo de fin de año y de asegurarnos que al Beto y al Byron les descoquen, dos días después de robarme un millón de sucres del cajón de mi papá y de vender mis discos de Sepultura, alquilé un camión que me condujo hasta Esmeraldas. El tipo que lo manejaba formó parte de la Marina, y ocasionalmente era electricista en mi casa. Se llamaba don Efraín. Era un tipazo. Su hijo mayor, Stalin, estuvo preso varias veces por relajoso y bullanguero en el colegio Mejía. 

¿Y ese barco, es para alguna exhibición? me preguntó.
Sí Don Efra le respondí.-Es para regalárselo a unos pescadores en Limones.

Sabía que el Don Efra me haría más preguntas, sobre todo para presumir sus conocimientos de ingeniería naval. El muy cabrón sabía bastante. Me habló de mástiles, de proas y de no se qué otras cosas que sólo leí en libros. Me habló de la dirección del viento, y de que el mar en Esmeraldas podía ponerse muy severo.

Al llegar a la ciudad, no volví a verle nunca más.
Suerte con el Kismer me gritó. Espero verle para la universidad, no se perderá.

Esa noche, me acobardé a zarpar. Pensé en la Diana, en el Beto, en mis ñaños; pensé en la Dennise, en el Pablo, en el hijueputa del cura, en Don Efraín y su hijo Stalin, con quien una vez nos dimos de kiños luego de un partido de fútbol. Entonces recordé que me quedaban como setecientos mil sucres, y decidí gastármelos en el mejor chongo de Esmeraldas, para luego rematarlos con unos buenos ceviches y cerveza. Sin embargo, mi noche de júbilo no acabó bien: a eso de las dos de la mañana, cuando buscaba un hotel para dormir, una tipa se acercó con un cuchilllo e inmediatamente dos amigos suyos me quitaron lo que me quedaba de plata. En lo borracho que estaba, no pude hacer otra cosa que sonreír.

Chucha tu mar'e, encima estás afrentoso?

Y apenas terminó de decir eso la negra, sentí como por detrás algo muy frío me atravesaba las entrañas.

El ver mi sangre correr, lejos de asustarme, me provocó una gran satisfacción. Cuando miraba que las personas se desangraban en las películas, siempre pensé que se trataba de la ficción más mojigata que podía existir, ya que horas antes u horas después, los noticieros siempre omitían la sangre de verdad. Pero esta vez no fue así. A la Diana la sangre la daba mucho asco. Seguro habría vomitado, si hubiera visto semejante espectáculo. No tardó en llegar un niño acompañado de tres amiguitos similares en llegar para arrebatarme el reloj. Horas después, una ambulancia con dos negros vestidos de celeste me levantaron y llevaron a una camilla.

Maldita sea, Kismet maldita sea, mi barco fueron mis palabras, según le contaron días más tarde los paramédicos a mis papás.

Eres un inútil, no sirves para nada. Encima que te robas la plata dejas que te roben estos negros, miserable pendejo fueron las dulces palabras de mi papá, apenas me recuperé.
Me saco la madre por darles todo a tus hermanos y a vos, y lo único que haces es gastarte en drogas, mierda! fue su conclusión.

Mi papá llevaba varios años trabajando para el Ministerio de Bienestar Social; a finales de los setentas, un primo suyo, que era militar, le había conseguido el puesto, del cual no se quizo separar nunca. Seguramente ese era su destino; seguramente fue el destino que el se creó. Mamá, que aún suele ir a misa, me dice que a veces reza por mí. Meses después me enteré que la Diana entró con un man peor que yo, llamado Edison o algo así; supe que hace poco le visitó en el Centro de Detención Provisional, por manejar drogado una camioneta presuntamente robada. Vaya chamo. Que bien los elijes, Diana...

En cuanto a mi barco, nunca supe lo que le pasó. Supongo que le habrán convertido en leña o le habrán desarmado para construir un improvisado muelle en uno de esos pobre puertos de Esmeraldas. Algún día espero volver. Espero conocer a esas colombianas tan buenas de las que me hablas siempre en tus cartas, Pablo...

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