martes, 15 de diciembre de 2009

Bailando con muertos


Por varias razones, siempre detesté las fiestas: odiaba el ruido, odiaba no poder dormir, aparte no podía ingerir alcohol y para colmo, para colmo de los colmos, no sabía bailar. Mis hermanos, primos y amigos siempre conquistaron a las chicas más interesantes de las celebraciones a las que acudíamos, gracias a sus dotes para la salsa, el merengue, el vallenato y todos esos ritmos tropicales caribeños. A medida que fui creciendo y probando el licor, intenté bailar también, según yo, con importantes logros, pero según los demás, haciendo un ridículo inmenso gracias a la docena de copas que solía echarme encima. No obstante, el colegio transcurrió como un alucinógeno en lo que se refería a fiestas, y así pude sobrevivir hasta que llegué a la universidad, en donde además de estudiantes de varios puntos del Ecuador, había toda clase de bailarines, esta vez, con una nueva especialidad en su hoja de vida: el reguetón.

Porsupuesto, la vez que intenté bailar en una fiesta de la facultad, claro, ya con varias cervezas encima, volví a hacer el ridículo. Había una chica que por más que se empeñó, no pudo enseñarme. Hubo otra (a la que sospecho, le gustaba) que terminó completamente desilusionada por mi falta de dotes para la danza, y que se fijó en otro chico menos agraciado pero de una hábil cintura. Esa tarde terminé solo.

Eran aproximadamente las nueve de la noche, y desde las siete, no había parado de beber una biela tras otra. Fue tanta mi preocupación por libar y tanta mi despreocupación por volver a casa, que olvidé guardar unas monedas para el pasaje de bus. Unos chicos, que vivían por San Roque y San Diego, quedaron en caminar juntos hasta sus respectivos barrios; embestido ya por el alcohol, y con la leve esperanza de extorsionar a mis compañeros, resolví acompañarles. Luego de las nueve de la noche, el bosque que queda cerca de la universidad realmente da miedo; pero el encanto de la caña destilada es como un hechizo fulminante contra todas las bestias. Decidimos junto con Pato, Omar, Gaby y Daniel terminarnos otra botella, pero esta vez en medio del bosque. La adrenalina era excitante; claro, el estar con otras cuatro personas me reconfortaba y daba seguridad. Hablamos puras webadas esa noche: empezamos desde las teorías de Nietzsche, pasamos por los números imaginarios y negativos y desembocamos en el asunto tan trivial de sí era mejor Mago de Oz que Ángeles del Infierno. La Gaby el Pato no paraban de besarse; se habían hecho pelados desde quinto curso del colegio, y su amor parecía a prueba de todo; Omar bebía sin control, y sin embargo parecía el más lúcido de todos, y Daniel no paraba de quejarse sobre la política. Yo era el que estaba peor; había vomitado en dos ocasiones, me dolía el estómago y tenía tanto frío, que empecé a temblar. Finalmente, el Omar y el Daniel decidieron proponer lo impensable: irnos al cementerio de San Diego.

Ninguno de nosotros era satanista, aunque nos gustaba mucho escuchar también a bandas como Dimmu Borgir o Mayhem. Mientras caminábamos, el Omar parecía el más osado: insistía en buscar cráneos de alguna bóveda. Porsupuesto, yo creí que estaba orate. Al llegar al lugar, luego de entrar saltando una parede que el más tieso de todos nosotros para beber ya conocía, la atmósfera se tornó aun más excitante. La Gaby el Pato se perdieron, supongo que para besarse o hacer el amor sobre la gélida lápida de mármol de alguien; luego, el Omar y el Daniel se dirigieron a mí:
-Vamos a ver más waro loco, espéranos.
-Fresco- les respondí.

Luego de que ese par de borrachos se fueron, lo primero que pensé fue escapar de ese lugar. Sin embargo, estaba lejos de la casa, tenía miedo, me dolía el estómago y no tenía un centavo. Resignado a la incertidumbre, decidí caminar. Una rata que se pasó entre mis zapatos me hizo asustar, lo que causó que me tropezara. Sentí mucho asco, mucho frío a continuación, y después volví a vomitar. Luego de levantarme, descubrí que estaba temblando y que mis dientes sonaban; lo que más deseaba en ese momento era una cobija y una taza caliente de café o té. Los minutos pasaban y el Omar y el Daniel no volvían; decidí buscar al Pato y a la Gaby, pero ya no los encontré por ningún lado. Supuse que en el cementerio debía haber un guardia, pero tuve miedo de que me denunciara a la Policía por intento de profanación o algo así. Decidí entonces escapar.

Por más que busqué, no encontraba la parte del muro por donde habíamos entrado; de entre la obscuridad, un perro empezó a ladrar muy fuerte.
-Mierda, va a morderme- grité con rabia y con la firme convicción de que no volvería a embriagarme. Volví a buscar otra salida, pero no la encontraba...
El Daniel y el Omar no regresaron jamás; supongo que decidieron regresarse ya para sus casas, al igual que el Pato y la Gaby. Luego de pensar por varios instantes en lo que me había conducido hasta esa situación paradójica, decidí que el asunto que lo inició todo era mi incapacidad para bailar.
-Mierda- volví a decirme, mientras sudaba a pesar del frío.

Decidí entonces, esa noche, que a partir de ese instante me dedicaría a bailar con los muertos.

1 comentario:

Tamia dijo...

buena historia..me encanto la relacion causa-efecto =P jajaja